jueves, 21 de mayo de 2026

La habitación de al lado




        Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante. 

Había quedado con su amiga en que, cuando se suicide, iba a dejar abierta la puerta de su pieza. No sabía cuándo lo iba a hacer, cuánto iba a tardar en tomar valor; es más, siempre hubo cierta amenaza de arrepentimiento, una esperanza de volver atrás que se cobijaba en la amargura de su habla. Pero esa ilusión se desgranó en el piso al ver la señal hecha real.

Pensó que podía ser mentira, pero fue verdad. Revisó la pieza con la poca visibilidad que le permitían sus lágrimas y con la escasa cordura que le guardaba la desazón, pero no encontró a su amiga en ningún lado. ¿Habrá decidido morir en el bosque que estaba al otro lado del rudimentario camino? Alquiló esa casa apartada de la ciudad para morir en paz, quizá decidió llevar sus ultimos minutos escuchando a los pájaros... Bajó las escaleras envuelta en llantos, revisó los rincones como pudo: no hay rastro del cadáver. Entonces salió, se acostó en uno de los sillones que daban al bosque, y se limitó a llorar. Lo que temía, lo que sabía que iba a pasar, eso por lo que ella estaba ahí, pasó.

Pero era mentira. Su amiga apareció desde detrás de la casa, se acostó junto a ella y le dijo que seguía ahí, a su lado. Luego le preguntó por qué lloraba, como si no supiera que se iba a morir. El enojo, la protesta, el sentimiento de traición; emociones de furia en Ingrid, quien disparó todo un cargador de palabras mientras su amiga soportaba impasible los ataques.

Solo entendió la necesidad de ese trauma cuando su amiga Michelle dió nuevamente la señal, esta vez para morirse en serio. Michelle dejó la abertura sin cerrar y decidió, por la madrugada, que la cicuta la fulmine en el mismo sillón que su amiga eligió para llorar por ella. Porque, evidentemente, ese era el mejor espacio para el duelo, el lugar que Ingrid, un poco por instinto, eligió para llorar en paz. Ahora solo vivía una persona en la casa.

Otra vez la puerta abierta, y quizá la serenó la posibilidad de que la señal sea otra vez mentira. Ingrid ingresó nuevamente en la pieza, otra vez bajó las escaleras haciendo búsqueda visual... El mismo resultado, pero sin las lágrimas, alejada del pánico. Es una cuestión de lenguaje: ya no había lugar para la desesperación porque ahora lo que podía pasar era, efectivamente, lo esperado. Ya sabía que lo que sentía fue lo mismo que sintió la última vez, y en la comodidad del camino recorrido hacía unos días regresó al sillón de los llantos y la vio inerte. 


Sigo sin saber por qué voy a ver películas random a El Cairo, si cuando las veo me siento un gordo tryhard. Un gordo quizá incapacitado de disfrutar, quizá alumno de la escuela de drama, anotando las nuevas dimensiones de miseria humana que las pelis tienen para enseñarme. Ni siquiera voy a divertirme: las pelis de ahí muchas veces son, digamos, muy lejanas del pochoclo... creo que simplemente voy a tomar apuntes de esas escenas de ficción, que transformo en pedacitos de conocimiento para una improbable próxima vez.

Nunca imaginé que iba a usar los apuntes que tomé cuando ví La habitación de al lado (Almodóvar, 2024), pero acá estoy, buscándole un sentido a esta desesperación por absolutamente nada, por algo que fue una muestra y se esfumó. Algo que no duró más que el tiempo estrictamente necesario para que las ilusiones se pongan de pie, solo para castigarlas con la tabla apenas sus rodillas se estiren. 

Hoy no entiendo para qué estuvo esto. Qué injusta se siente la desilusión cuando se aparece antojadiza, o en esas veces en que quien pincha el globo es también quien lo infló y no le importa, es suyo, puede hacer lo que quiera. "¿Para qué apareciste? ¿Por qué jugás conmigo?". La protesta, el otro impasible frente a mi, ese otro que pareciera no escuchar pero que, curiosamente, no me está ignorando.

Creo que hoy vi la puerta abierta. Creo que bajé llorando y te extrañé por nada, por algo que ni siquiera fue. Al final estabas ahí, era joda.

Creo que me estás preparando para cuando sea verdad.

viernes, 8 de mayo de 2026

Marchito

        Algunas inspiraciones gritan por ser usadas. 

        Yo las encierro en una caja, hasta que no escuche salir del cubo nada más que el silencio cuadruplicado del entorno ingresando en ella, para luego rebotar intrascendente hacia afuera. Y entonces dejo la caja cerrada unas horas más, para asegurarme.

        La inspiración es súbita y, la mayoría de las veces, inoportuna. Hay veces que simplemente no puedo atenderla, no puedo cuidarla (esas veces se dan casi siempre). Y las veces que podría atenderla sus alaridos me agarran deprimido, como mi gata pidiéndome para jugar cuando me ve tirado en el sillón.

        Lo único que puedo hacer es, en el poco tiempo que tengo y quiero, abrir la caja y ver lo que queda adentro. Sentir el aire a osamenta, ver el cadáver marchito de una idea fantástica cuyo último hálito se fue en una palabra a todas luces ignorada. Sólo puedo escribir sobre su cuerpo o lo que queda de él tras cinco días de abandono, imaginar lo que gritaba, recorrer con mis ojos su faringe desfigurada, y fingir que estoy escribiendo lo que exigía, lo que sugería, con lo que insistía.

        Entonces en cada historia hay dos historias: la que me contó el cadáver, que secretamente escuché, pegando mi oído a la caja mientras fingía que no quería saber nada; y la de la desazón, porque el inventor del truco ya no está acá para explicarme cómo hacerlo.

domingo, 19 de abril de 2026

Es eso

No quiero dialectizar el querer verte. Si lo hago se abre una compuerta de angustias que tengo que acotar para poder laburar en paz.

Pero es eso. Este revoltijo, esta laringe estrujada, cerrada, negada a dejar pasar más que un hilo de aire, es eso. Es extrañarte.

Quiero puntualizar, quiero explicar más el echarte de menos, perderme en las especificaciones para dejar(me) en claro que lo que me invade es imposible de definir, pero no tengo tiempo; ya tengo que fichar.

A eso se reduce mi vida.

Por eso también te extraño.

martes, 23 de diciembre de 2025

My fake plastic love

If I could be
Who you wanted
If I could be
Who you wanted 
All the time
All the time

     Cómo me gustaría ser lo que querés. Renunciaría a lo que me hace porque me hicieras. Me correría hacia el costado así pasas por donde estoy, te dejo mi silla para que no toques el suelo. 
     
      Me gustaría que lo que me configura no me hubiera alejado tanto de tu maquinaria, me gustaría que en algún momento me satisficiera un poco lo que sea que me haga más común y gustable, en vez de este envés bohemio encamisado y disonante que soy y que no te hace elegirme, desearme, interesarte.

     No tengo cruceros, no tengo lancha, no tengo bote, no tengo contacto con el río, ni el lago, ni el mar, ni el caribe. No tengo contacto con la ostentación, me quiero ir del kitsch, echo a patadas a mis fantasmas cada vez que puedo. No disfruto de lo simple, más bien disfruto de la complejidad que lo sostiene, entonces me vuelvo más intrincado que lo que pueda ser un snob. Soy dificilísimo, y no te gusto.

     No puedo gustarte.



     - Siempre que idealizás es para suplir una ausencia de ella, algo que no te gusta. Pero no te animás a decirlo, no te animás a romper ese amor, ese hechizo, a decirle que al final no vale tanto la pena: no te animás a decirle que no te gusta tanto. Entonces te ponés en falta para no insultarla , para no rebajar a tamaña mujer que todos ven como un minón y vos tenés el atrevimiento de que no te guste.

     Que ella aparezca ya no tiene el valor de un amor sino de un miramiento, de una validación, de ver si esta vez te tira onda así existís, así decís que podés gustarle a una chica con foto de perfil en un yate. No te gusta tanto. Simplemente significa mucho, pero no significa cosas parecidas al amor




Igual me la re cojería.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Blackout

        No es que no sepa cómo atravesarlo, es justamente lo contrario. Envidio a Odiseo, porque aunque tuvo que soportar el canto hipnótico de las sirenas tuvo un barco que lo llevaba y marinos que hubieran dado la vida por él. En mi caso no solo tengo que pasar por este camino de horrores que gritan desde todas las direcciones y abrirme paso a machetazos entre las angustias, sino que soy el que pone el movimiento, el que a cada paso le pone una decisión. A mí nadie me lleva.

        Somos mis pies y yo atravesando el dolor. Ambos servidos solamente de mis ojos, que no encuentran nada más que horror a la vuelta, y un único atisbo de armonía en el camino que dejé atrás, ese al que ya no se puede volver. Mi añoranza atestigua cómo esta selva de despojos vuelve violeta, azul marino, negro, las imágenes a medida que las voy dejando atrás. Mi memoria quiere poner ojos en la nuca, pero todo lo que había atrás se vuelve difuso, la proporción armónica se deforma, los brazos que me ayudaban languidecen, las piernas se encojen, al torso le crece la panza y solo la panza de forma absurda. Solo me valgo de mi conciencia que ignora, bah, quiere ignorar, el miedo que entra en todos los sentidos y a través de todos los sentidos. Y lo único que, a veces, se impone a los gritos infernales es mi mente, que repite en un mantra que todo es mentira. "Seguí caminando, sólo tenés que caminar, este laberinto envenenado termina en algún momento".

        Entre las lianas púrpuras de los márgenes veo a las amistades deglutidas por la perversión. Sus ojos ya no están, solo son una órbita blanca mirando fijo hacia mi posición. La sangre cae desde el párpado superior, y sus bocas expresan palabras inaudibles con movimientos que dejan a la vista sus caninos afilados. Se forman comisuras en sus sonrisas diabólicas, los tatuajes de formas ilógicas congenian con sus intenciones. Me hablan en una voz que exhibe tres octavas al mismo tiempo. Veo sus manos tendidas hacia mí permaneciendo en la misma posición, pero ennegreciéndose progresivamente, como la solución que encuentra el que se arrepiente de todos los tatuajes de su brazo.

        Los que me acompañaban se escapan y no piden por mí. Nadie de ellos me pide ayuda, sus piernas ni siquiera giran queriendo volver a la claridad. Entran a la selva por motu proprio. Los seduce lo que mierda sea que los haga tener más miedo de perder a mi ex que a mí: o la comodidad, o la diversión, o la facilidad de juicio que se cae en forma de martillo gigante desde el cielo, con tanta violencia que penetra las eternas raíces de esta galería y ahora ya nadie lo puede sacar de ahí.

        El martillo ya forma parte del paisaje. El abandono a mi derecha, mis errores quedan atrás pero, de alguna forma, quienes ahora viven en la selva los siguen trayendo a mi altura. Las risas de mi ex sonorizan el camino inmundo; primero fueron risas de alegría, ahora, desde hace varios meses, son de mofa, de maldad, como si no quisiera parar hasta que logre quitarme todo. Como si se muriera de ganas de que de una vez por todas tire el machete al piso y me meta en las enredaderas, y así ella pueda, al fin, teñirme de blackout.

        Ya no sé qué queda de esto. Ya no sé qué queda de mí. No entiendo cuál es el sentido del camino que hago, simplemente estoy sufriendo haberme reencontrado con mis amigos de siempre y haber notado ese lugar al que pertenezco, mas ahora verme forzado a volver a esta realidad de mierda en la que nadie defiende a nadie.

        Padezco el dolor de notar que soy el único que cuenta con un machete.

viernes, 17 de octubre de 2025

Zanahoria

        Si tuviera los huevos de transcribir las historias que me invento y hacerme cargo de ellas estaría siendo, al menos, un poco reconocido. Porque, ¡hay que tener talento para crear tanto! El ciclo se genera a partir de una estupidez, un futuro hipotético e ínfimo, ingenioso como mi propia mentalidad, que me hace reír. Y me río imaginando que se ríe conmigo. Que reímos juntos como lo hemos hecho tanto, principal motivo de que esa relación sin futuro haya sido relación.

        "Si compra, que compre algo más. Si se quiere probar, que compre. Si le gusta la marca, que se pruebe. Si solo viene a mirar, que le guste la marca. Pero que siempre se lleve algo más que lo que esperaba". Así fue con ella. Ella fue concebida en mi vida como un pique que valía la pena y no era completamente imbécil, entonces fuimos una relación. No estoy enojado con ella porque no haya sido más, ya fue más de lo que debería. Estuvo divertido. Extraño divertirme así.

        Entonces cuando recuerdo las risas quiero recrearlas, no quiero reírme solo. La imagino, porque estoy aburrido y no pasa lo que quiero, escribiéndome este 31/10, el día que nos pusimos de novios pero 365 días antes. La imagino deseándome un feliz halloween, tapando con ese mensaje tan casual una montaña de subtexto, de historia, de vida, de palabras ahogadas. Porque, además, ella es de esas personas que podría desearte feliz halloween como en las películas de Disney, hasta incluso podría decirte "feliz 4 de julio". Y esa posibilidad le daría más subtexto, más ambigüedad, a un mensaje ya de por sí fantástico. 

        En ese hipotético futuro en el que me vuelve a hablar, le agradezco, le pongo su apodo repitiendo tres veces la última vocal para expresar alegría por su mensaje, y en un segundo envío le pregunto si quiere venir a jugar al dulce o truco a casa. Sin intermediaciones, sin cómo estás, sin protocolos: al hueso. Como lo fuimos. 

        Por eso fuimos. 

        Conjugación en pretérico perfecto, suceso perfectamente terminado, pero suceso en fin: ocurrió. Inconscientemente se entiende a ese "fuimos" con énfasis en lo que se acabó, mas lo emito distinto: si no hubiéramos ido al hueso no habría pasado nada. Elijo el haber sido antes que el podría. La elijo en mi vida en esta forma etérea de inspiración infructuosa, de ausencia y presencia, de recuerdo de Schrödinger, en esto que somos ahora. 

        Elijo imaginar que la hago reír con esa respuesta tan rápida y tan mía, tan de confianza, y que me dice que sí (también elijo en este escrito cambiar todas las evocaciones a ella a una tercera persona, porque ya no quiero hablarle si no me va a responder. Pero que conste: sigo, en algún momento de la transcripción, hablándole a ella). Y ubico a esa memoria que elegí, a esa memoria que nunca sucedió,  en la punta de la caña de pescar que me até a la espalda apuntando hacia el frente. Mi zanahoria me llevará con vida y esperanza a ese 31/10 en el que no pasará absolutamente NADA. Y ese día me daré cuenta de que la sigo esperando, aunque mi habitualidad esté bien. Sigo esperando un gesto de ella. Me daré cuenta, como me estoy dando cuenta ahora.

        Qué ridículo es este tipo de desamor.

        Qué ridículo es este tipo.

jueves, 2 de octubre de 2025

el día después


(...), no sé cómo encontrar la fórmula para no querer que esté cuando haga lo que sea que quiera hacer. No entiendo cuántos experimentos tengo que intentar hasta que pueda no ponerle una máscara con su cara a la que esté saliendo conmigo. Y no sé cómo dejar de estudiar escultura para así dejar de crear muñecos de su cuerpo todas las veces que encuentro una explicación nueva. Ya no quiero poner la silla vacía enfrente mío y hablarle a la nada para aliviar mi dolor imaginando que me escucha y que dialogamos. 

Ya no quiero abrazarla, pero no puedo dejarla ir. En algún momento se me ocurrió la idea de que va a venir a buscarme el día después de que deje de esperarla, y entonces cada vez que dejo de pensar en ella determino que este es el momento que definitivamente la superé, y, por ende, el momento en el que me escribe.

Pienso que seré prisionero por siempre del fantasma tatuado, careta, de pelo perfecto y perfume l'Interdit que me persigue.

Entonces entiendo que es un pensamiento apocalíptico. Y que padezco de ansiedad. 

Y recuerdo que todo va a pasar.

Algún día va a pasar.



Sin que vuelva. 

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...