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viernes, 17 de octubre de 2025

Zanahoria

        Si tuviera los huevos de transcribir las historias que me invento y hacerme cargo de ellas estaría siendo, al menos, un poco reconocido. Porque, ¡hay que tener talento para crear tanto! El ciclo se genera a partir de una estupidez, un futuro hipotético e ínfimo, ingenioso como mi propia mentalidad, que me hace reír. Y me río imaginando que se ríe conmigo. Que reímos juntos como lo hemos hecho tanto, principal motivo de que esa relación sin futuro haya sido relación.

        "Si compra, que compre algo más. Si se quiere probar, que compre. Si le gusta la marca, que se pruebe. Si solo viene a mirar, que le guste la marca. Pero que siempre se lleve algo más que lo que esperaba". Así fue con ella. Ella fue concebida en mi vida como un pique que valía la pena y no era completamente imbécil, entonces fuimos una relación. No estoy enojado con ella porque no haya sido más, ya fue más de lo que debería. Estuvo divertido. Extraño divertirme así.

        Entonces cuando recuerdo las risas quiero recrearlas, no quiero reírme solo. La imagino, porque estoy aburrido y no pasa lo que quiero, escribiéndome este 31/10, el día que nos pusimos de novios pero 365 días antes. La imagino deseándome un feliz halloween, tapando con ese mensaje tan casual una montaña de subtexto, de historia, de vida, de palabras ahogadas. Porque, además, ella es de esas personas que podría desearte feliz halloween como en las películas de Disney, hasta incluso podría decirte "feliz 4 de julio". Y esa posibilidad le daría más subtexto, más ambigüedad, a un mensaje ya de por sí fantástico. 

        En ese hipotético futuro en el que me vuelve a hablar, le agradezco, le pongo su apodo repitiendo tres veces la última vocal para expresar alegría por su mensaje, y en un segundo envío le pregunto si quiere venir a jugar al dulce o truco a casa. Sin intermediaciones, sin cómo estás, sin protocolos: al hueso. Como lo fuimos. 

        Por eso fuimos. 

        Conjugación en pretérico perfecto, suceso perfectamente terminado, pero suceso en fin: ocurrió. Inconscientemente se entiende a ese "fuimos" con énfasis en lo que se acabó, mas lo emito distinto: si no hubiéramos ido al hueso no habría pasado nada. Elijo el haber sido antes que el podría. La elijo en mi vida en esta forma etérea de inspiración infructuosa, de ausencia y presencia, de recuerdo de Schrödinger, en esto que somos ahora. 

        Elijo imaginar que la hago reír con esa respuesta tan rápida y tan mía, tan de confianza, y que me dice que sí (también elijo en este escrito cambiar todas las evocaciones a ella a una tercera persona, porque ya no quiero hablarle si no me va a responder. Pero que conste: sigo, en algún momento de la transcripción, hablándole a ella). Y ubico a esa memoria que elegí, a esa memoria que nunca sucedió,  en la punta de la caña de pescar que me até a la espalda apuntando hacia el frente. Mi zanahoria me llevará con vida y esperanza a ese 31/10 en el que no pasará absolutamente NADA. Y ese día me daré cuenta de que la sigo esperando, aunque mi habitualidad esté bien. Sigo esperando un gesto de ella. Me daré cuenta, como me estoy dando cuenta ahora.

        Qué ridículo es este tipo de desamor.

        Qué ridículo es este tipo.

jueves, 2 de octubre de 2025

el día después


(...), no sé cómo encontrar la fórmula para no querer que esté cuando haga lo que sea que quiera hacer. No entiendo cuántos experimentos tengo que intentar hasta que pueda no ponerle una máscara con su cara a la que esté saliendo conmigo. Y no sé cómo dejar de estudiar escultura para así dejar de crear muñecos de su cuerpo todas las veces que encuentro una explicación nueva. Ya no quiero poner la silla vacía enfrente mío y hablarle a la nada para aliviar mi dolor imaginando que me escucha y que dialogamos. 

Ya no quiero abrazarla, pero no puedo dejarla ir. En algún momento se me ocurrió la idea de que va a venir a buscarme el día después de que deje de esperarla, y entonces cada vez que dejo de pensar en ella determino que este es el momento que definitivamente la superé, y, por ende, el momento en el que me escribe.

Pienso que seré prisionero por siempre del fantasma tatuado, careta, de pelo perfecto y perfume l'Interdit que me persigue.

Entonces entiendo que es un pensamiento apocalíptico. Y que padezco de ansiedad. 

Y recuerdo que todo va a pasar.

Algún día va a pasar.



Sin que vuelva. 

lunes, 29 de septiembre de 2025

Finales

        Anunció con gritos que estaba contento de verme. Gritos camuflados en ladridos, transformados en los ruidos que hacen sus patitas (más precisamente las uñitas de sus patitas) chocando descontroladamente contra el parquet plastificado. Las minúsculas extremidades lo impulsan desenfrenadamente hacia mi pantalón; intenta crecer, besar mi cara. Es un torpísimo monolito de carne con una densidad similar al plomo que pasa todo por arriba, que se desespera con facilidad, que no oculta ninguna emoción, dramático por demás. 

        Y se alegró por verme. 

        Y me va lamer mucho. 

        Y me va a saludar muchas veces en la noche.


        Sin saber que es la última vez que me va a ver.

        Yo lo sé. 

        Ella tampoco lo sabía. Así que puso su amor en esa masa estirada, en el queso arriba de la salsa, en el horno y después en el producto cortado en ocho porciones. En cada charla que esquivaba la pregunta de qué nos pasaba, de qué me pasa, de qué quiero, de cómo estamos, de cómo estoy. 

        De si superé a mi ex. De si necesito estar solo. 

        De si estoy preparado para dar amor.

        De si me gusta lo suficiente como para seguir intentándolo.

        Sus lágrimas no brotaron hasta que se puso en falta. Sé que le hubiese sido más fácil que extrañe a Mili, que me haya enamorado de otra, que sea un pelotudo. Que haya interpretado su preocupación como toxicidad y le haya puesto una red flag. Le habría salvado muchas sesiones de terapia que yo le haga caso a las banderas y huya por precaución.  

        Pero no hay nada. A veces uno desearía que haya más subtexto, que haya caído un meteorito que irrumpa con todo y así decir "claro, fue culpa del espacio exterior". Un agente externo, un deus ex machina que me ahorre todo este dolor de tener que reconocer que no quiero seguir, que no hay solución, que no veo ninguna forma de intentar que se arregle porque realmente ya no puedo elegir esto.

        Quisiera haberte visto sin saber que era la última vez. Quisiera haber acariciado así a Merlí porque me genera ese amor, y no porque ya no lo iba a volver a ver ni iba a escuchar sus uñitas contra el piso una vez más. Adoraría que la vida me haya ahorrado bajar por tu ascensor con un llanto tan grande, quisiera poder esquivar el tener el perfecto conocimiento de que no va a volver a pasar esto. De que ya no voy a caminar por Echesortu con vos.


        Quisiera que la vida me ahorre sus finales. Ese final que no quise ver con Mili y del que recién ahora estoy dejando de sufrir las consecuencias de mi negación. El final de este trayecto que, apenas lo comencé, sabía que iba a llegar, y sin embargo disfruté el camino, y me hubiese encantado que dure más. El final de las amistades que hice en el trabajo y que ahora se juntan sin mí, guardan de mis oídos quién sabe cuántas verdades, cuántas opiniones, cuántas veces sus cuerpos desnudos se encuentran y no pueden contarlo. El final de una confianza que ya venía golpeada por llevar seis meses jugando al ajedrez entre lo que me dicen y lo que es, entre lo que veo y lo que me cuentan, entre lo que pregunto y lo que me ocultan. 


        Quisiera que lo que amo deje de terminarse. Quisiera que algo se quede quieto, que alguna relación humana perdure, o que al menos se transforme. Ya no quiero verme obligado al reemplazo como método de supervivencia en la vida tan frenética que elegí vivir. 

    Sin embargo, todos estos finales están bien. Todo lo que termina tenía que morir. No elijo nada de lo que se fue. 

    Y entonces, la nada.

    El vacío.

    Ignorar qué va a brotar del suelo descampado entre todos los árboles que cayeron y los que talé.

    Sentarme a mirar.

    Y esperar.



    Otra vez solo.

lunes, 25 de agosto de 2025

La luz

    Pánico, anhelo, intriga. Lo de siempre cada vez que enfilo mi trayectoria para acá. A veces, bah, siempre que soy consciente de mi camino, acomodo mi ruta por otras calles; quizá sea un poco más engorroso, ralentice mi llegada, pero comparo esa molestia con el dolor de pasar por acá y termina siendo preferible.
    
    Aunque hay veces en que la posición estratégica de tu casa y las capas de gasa que el tiempo le pone a las heridas hacen que olvide todos los protocolos, y así termino, de distraída que soy, pasando por tu esquina (aunque no seas su poseedor, el venir a verte implicaba naturalmente llegar por acá, así que cuando paso pienso en vos. Al menos en mi mente, esta esquina es tuya).

    Cuando avanzo por la avenida confundo qué tan metafórica es la realidad. Para ver cualquier balcón en específico del centro en una cuadra en perpendicular hay que llegar hasta la encrucijada, porque tristemente las calles de este lugar se sienten como fosas que a cada lado tienen murallas habitables de diez u once pisos de alto. Pero llegando a tu esquina la altura se hace un claro gracias al patio de la facultad, y entre todos los departamentos ubicados frente a él puedo ver tu balcón. El balcón del único ser que prende la luz de afuera cuando se hace de noche. El balcón donde fumábamos, el balcón donde nos abrazábamos fuerte para no sentir el frío, el balcón donde te dejé por primera vez. Mi parte favorita de tu casa.

    Todas las noches que, sin querer, paso por tu esquina, termino mirando para allá, por encima de mi hombro izquierdo, elevando el ángulo que se forma con la reja del patio de la facultad. Pero esta vez la luz estaba apagada. Y tu departamento se perdía entre todos los departamentos, fue un bloque oscuro de cemento más. No lo encontré, y a simple vista incluso me costaba distinguir a tu edificio del cielo convertido en negro.

    Paré la moto y me senté en la vereda del supermercado para encontrar tu lugar. También para encontrarme a mí: ¿cuánto de anhelo hay en estos accidentes? ¿Qué queda de mí si, ahora que está la luz apagada, cotejo la posibilidad de que puedas haberte mudado y de que ese balcón pertenezca a alguien más, un otro que ignora toda nuestra historia y por ignorarla solo ve mugre y colillas de cigarrillo, o tucas de porro, a las que hay que tirar a la basura urgentemente?

    Y así entiendo que no me animo a dejarte ir. No quiero volver normal esto. No quiero que nuestro pasado vuelva todo sepia, que unifique los colores, que relativice cada sentimiento de dolor y de amor ignorando la magnitud que tiene ahora y que es menor que la que tenía hace unos meses.

    IRRUPCIÓN. Se detiene mi soliloquio, mis palabras, mi corazón. 

    El balcón se iluminó. 

    De repente mis ojos apuntan exactamente a la luz cálida en un ángulo a 60° del piso, veo tu maceta deprimente colgando de la baranda. 

    Llegaste a casa. 

    Llegaste más tarde. 

    Seguís vivo. 

    Sin mí. 

    Seguís prendiendo la luz del balcón apenas llegás. 


    No entiendo cómo seguís siendo sin mí.



    No veo la hora de que pongan un edificio en este patio de mierda.

lunes, 9 de junio de 2025

Los perros

        Estar volviendo a casa siempre acarrea la incógnita de enfrentarme al portón. Veo al sol incandescente pegando desde arriba (desde el cielo), desde abajo (desde el hormigón gris claro, ese signo del progreso de barrio que abandonó la calle de tierra y por eso ahora ya no se lo puede recorrer descalzo), desde los costados (las veredas con baldosas, las paredes color claro, los tinglados de zinc). Siempre voy en verano (sólo puedo en esa fecha) y, aunque lo repita mucho, estoy en duda de si realmente es como digo: que sólo quiero ir en esa fecha. 

        Doblo en la esquina y veo la pequeña lomadita más o menos en el cuarto de cuadra, una elevación que no contaría como subida sino fuese porque da el ángulo perfecto para bloquear la visual de mi casa. Si no obstruyera el lugar donde viví tantos años ni me hubiese dado cuenta de que existe. Pero está la subidita y enseguida arranca un descenso bastante empinado que no se detiene hasta que llega al río, cuatro o cinco cuadras más allá. Es como si el río hubiese tenido su cauce hasta casa y la lomadita fuese el borde que se les pone a las piscinas para que los sapos no empollen ahí.

        Doblo en la esquina, ya acostumbrado a la luz intensa que llega desde cuatro puntos distintos y al sol casi en el cénit; ya adaptado, gracias a la caminata que me traslada desde hace 25 minutos, al vapor imperceptible de la humedad ribereña y a la respiración del pasto evaporada. 

        Doblo la esquina, paso la lomada: el barrio se despliega como el plano secuencia de una película épica, como el punto de vista forzado que hacen los videojuegos cuando descubrís una nueva ciudad y tiene que parecer inmensa. Como doblar la curva que rodea la montaña y ver Bariloche por primera vez. Está el río, como siempre. Está el kiosco, como desde hace más de 20 años. Está la pared eterna de lo de Maxi, hecha de ladrillos a la vista, con los colores del ladrillo acusando al tiempo de cambiarles el naranja vívido por un marrón más apagado y de intensificar el gris del cemento que los une. La casa de Nico sigue igual: las rejas de caño pintadas de negro, la parte ampliada de la casa sin pintar pero con la ventana saliente de estilo victoriano (ponele).

        El barrio sigue en su frontera: en la vereda derecha, todas las casas diferenciadas por las refacciones que les hizo cada dueño, pero iguales en su base por ser todas otorgadas por la prefectura a sus empleados. En la vereda izquierda, todas casas impredecibles: lo que fue el taller de chapa y pintura ahora es una carnicería en una parte y en la otra parte es algo, quién sabe qué. Después está la casa más linda, que parece que pertenece a otro barrio, que debería estar en el Lezca: patio delantero, rejita baja, colores claros y azules, ventanas lindas, techo de altura intermedia. Sólo cuando la veo recuerdo que alguna vez quiero vivir en una casa así. Al lado de esa casa está lo de Maxi, al lado mi casa, al lado un rancho que pasó de ser uno a tres como en metástasis, que antes de eso fue incendiado, que durante ese lapso cambió tres veces de dueño pero que siempre, siempre, tuvo gallinas.

        Antes del rancho, mi casa. ¿Qué habrá de nuevo esta vez? Cada año la casa avanza, cada 365 días está más lejos de ser perfecta, más cerca de calmar a mi vieja. Si no es el portón con dibujos de huellas de perro es la reja pintada de negro, o el muro mejorado, o el patio nuevo que se suma desde la izquierda de la construcción. Siempre algo nuevo, nunca lo mismo. 

        Sólo se repite mi predicción: los perros no se van a acordar de mí. Y llego, los dos perros me ladran furiosos, me vienen al cruce, me huelen, dicen "ah sos vos, de una" y se van. Son la misma especie que el que murió de alegría al ver de nuevo a Odiseo, pero yo les chupo un huevo. No importo.

        Los perros son un "la vida sigue" representado. El mundo no se va a detener por mí, soy insignificante. La casa no va a parar, va a seguir agregándose cosas por parte de mamá. Más objetos pasarán a vivir dentro de la casa gris, bajo la chapa que los resguardará, y acapararán resquicios cada vez más fundamentales de cada habitación, y este influjo no se detendrá hasta que no quede ninguna silla libre, ninguna mesa vacía, ninguna baldosa del suelo disponible.

        El mundo sigue girando sin mí. A veces sueño con sentir que mi ausencia cambia algo. Hay días en que quiero dejar de chuparle un huevo a todo el mundo, pero cada vez que voy a casa lo constato: importo, pero me dicen "y bueno, te fuiste, qué le vamo a hace" y siguen viaje. La casa seguirá avanzando, y cada vez que paso la lomadita estoy cruzando los dedos para que, por una vez, mi casa se parezca a las demás y nada cambie, que tenga forma de casa y no esté acopiando objetos de mejora. 

        Cada vez que vuelvo a casa sueño con que los perros se pongan contentos de verme.

        

lunes, 13 de enero de 2025

Sueño y palabra

            La comparación con el inglés es fantástica, el pragma capitalista queda en evidencia: el otro como bien, objetivizado, contra la consideración del otro como sujeto. Dreamed of you o dreamed about you, "soñé de vos" como si fueses un objeto, "soñé sobre vos" como si fueses un tema a tratar.

            Yo soñé con vos, estabas ahí. Y lo peor es que ni siquiera estabas, hice aparecer a tu tutor, al que nunca ví, en un negocio en el que estaba de casualidad porque nunca voy, y le pregunté por vos.

            Le hice decir opa, ¡me voy! cuando me presenté como tu ex, y lo primero (y único) que me dijo a posteriori fue que me pedís perdón.

            
            ¿Saber de vos será como hablar con vos? Dado que te conozco tanto, ¿es mi inconciente capaz de ser tan fiable como para saber que, si me cruzo a Fabián, efectivamente va a ser así?

            Será lo infortuito de ese encuentro, pero duermo con paz desde tu disculpa. Y yo, que te tenía sepultada en fosa común, te desenterré para, en un tiempo, promoverte al panteón que te merecés.

martes, 7 de enero de 2025

A. S.

            Ahora entiendo la locura por ella, por qué te deja "pedaleando en el aire": para imitar lo que le hacen los libros que lee.

            Una simple intervención, ella es la irrupción en persona: siempre aparece inoportuna, su propia belleza la hace impropia de su simpatía, de su interés, de su aparente vulnerabilidad.

            ¿Quién es más fuerte: la que no le hace daño nada o la que se nota que le duele y sin embargo la ves pasar, sonreír, dividirte?

            Por fuera de todo estatuto, lejana a toda prevención, impasible a los pronósticos, ella aparece, sonríe, saluda y se va.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Soy una naranja



                

                Soy una naranja. No sé cuál es mi propósito, no sé a qué se debe la maravilla de mi existencia: simplemente aparecí y, a medida que pasó el tiempo, caí en la cuenta de ello, de que soy una naranja. Veo mi entorno, rodeado de naranjas, exhibidos todos juntos en la bandeja, apilados mirando hacia el pasillo, y confirmo: sí, soy una naranja.


                El tiempo y los procesos que se dieron a su lado no hacen más que confirmar mi identidad: soy una naranja. Al principio no me decían nada, total era un objeto amorfo, no era más que un potencial fruto. Solo me miraban y esperaban, se fijaban en mí y decían "tu trabajo es crecer". Escondieron ahí, tapado por esas palabras como la cáscara que protege mi cuerpo, que cuando madure todo va a tener sentido, pero al mismo tiempo no sé si quería que mi piel abandone el verde por el azafranado. Mi árbol, en tanto, no hacía más que camuflar sus lamentos entre chistes ("yo antes fui una naranja también, si hubiera podido me habría quedado así jaja") mientras no paraba de inyectarme savia y esperanzas.

                Soy una naranja. Por eso maduré lo más rápido posible, porque vi que las reglas eran así. Fui testigo obligado de las felicitaciones a viva voz que hacía el bosque a las frutas que, por esforzarse y dedicarse exclusivamente a hacer el trabajo de crecer, eran elegidas por el zafrero, y soñaba con ser una de ellas. Toda acción y razón, implícita o explícita, se ubicaba apuntando a los ojos del cosechador y a mis oídos percibiendo el vitoreo de los viejos árboles verdes.

                Hasta que un día lo logré, me eligieron. ¡Cómo olvidarlo! Oculté mis lágrimas, escuché las felicitaciones. El mundo me había traído para un propósito, ser cosechado, y yo lo estaba cumpliendo, ¿Cómo no voy a llorar? La incógnita del futuro me era atractiva porque no había chance de que las cosas salgan mal. "Soy  una naranja repleta de jugo y semillas, voy a ser un árbol increíble", me repetía como mantra mientras el miedo de estar entrando en el mercado central se apoderaba cada vez más de mi entera circunferencia.

                "No nos quieren para ser árboles, nos quieren por nuestro jugo", me espetó rápidamente mi nuevo amigo, un poco más flaco que yo pero con la misma genética campestre. "El mundo ya tiene suficientes naranjos, pero cada vez más gente quiere beber sano jugo de fruta". Camuflé mi estupefacción ante el cambio de coordenadas de lo que quería ser. Admití a mi nuevo proyecto: no podré echar raíces, pero al menos sé que mi jugo es riquísimo, soy medio gordito, el que sepa de naranjas me va a valorar.

                Pero o bien nadie sabe de naranjas o mi jugo no es tan deseable, porque todos los verduleros van a la góndola de frutas brillantes, que encandilan, enamoran. Yo no llego a deslumbrar así, mi dueño no para de lustrarme con barnices asquerosos y antinaturales, pero no tengo chance. "Son genéticas distintas", opina mi amigo. "No tienen mucho jugo, y lo que tienen es desabrido. Por allá también están las otras, las que son más gordas que nosotros, pero son pura cáscara y gajos, poca pulpa". Los dos puestos son los más visitados de cítricos. 


                Soy una naranja, y ya no sé si importa qué tan buena naranja soy. Ya no sé si importa el esfuerzo que hice en crecer y tragar todos los nutrientes que me daban, tampoco sé si a alguien le interesa que sea 100% natural. Todo lo que importa es el jugo, lo que tengo adentro, pero compran al más anaranjado, al más gordo, aunque no tengan líquido. 

                Al final no importa la pulpa sino la ilusión de pulpa. Importa la creencia, aunque después corten la fruta, sea un asco, y puteen a todas las naranjas por igual: "estas naranjas nuevas, cada vez con menos gusto, con menos jugo, menos todo". Mientras acá mi amada sangre naranja conformada por grandes partes de glucosa está haciendo efecto en mi cáscara, que pica por los hongos que emulsionan fascinados por mi azúcar. 

                Al menos mi muerte segura, pronta a abordar, me valora por lo que soy: una naranja entera. Deseo esta muerte orgánica aunque sea humillante morir en vano, aunque el repugnante verde pastoso arda cada vez más y me enferme con su olor nauseabundo, porque es esto o ser exprimida por una demanda que no sé qué quiere, no sé cómo satisfacerla y que nunca va a parar. ¡La puta madre, yo ni siquiera quería ser exprimida! A eso me lo dijeron acá, yo crecí pensando que iba a ser un árbol. 


                Pero ya está. Ahora toca abrazar el abandono, la ineptitud, y compartir mi lecho con esos que no queríamos ser bajo ningún precepto: esas naranjas desnutridas que, como no llegan a hacer jugo, se tiran a dormir en la vereda hasta que una vieja, abrumada por el asco, las tire a la basura, esperando no verlas nunca más. 

sábado, 27 de enero de 2024

El oficio de asesino

            Siempre vas a seguir vivo si así te recuerdo. 

            Como somos desconocidos, el ver tus respuestas, el escuchar tu voz te mantendrá en el presente, como si hablaras acá, como ver el "That one night" de Megadeth y decir "así está Mustaine ahora".

            La realidad está creada por nuestra percepción, la negación es nuestra anteojera que oculta de nuestra vista lo que nos mata, lo que nos destruye, y es tan difícil entender que moriste que prefiero entender tu voz como un pedazo tuyo todavía vivo atrapado en una caja, como el locutor encerrado en el parlante de la radio.

            
            La muerte biológica, que entiende de 0 o 1, de vida o muerte; la muerte psicológica, que entiende que alguien está muerto sólo cuando así lo quiere, que considera a alguien vivo solo si su respiración no va a impedirte dormir por la noche.

            
            Me pregunto si asesinar a las caras que me duelen es lo correcto, o si simplemente cada puñalada, cada balazo al corazón ajeno es un ladrillo que me deja solo y atrofiando mis defensas, creyéndome más protegido cuando cada vez estoy más vulnerable. Porque claro, me relajo pensando que moriste porque ya no estás ni sé nada de vos, pero cuando aparecés desintegrás la pared que interpuse y mi neurosis se encarga de imaginar toda tu vida hasta acá a una velocidad supersónica.

            Te mato por mi bien, pero notar que sobreviviste me hace peor. Y no sé si matarte fue lo correcto o si tenía que tolerar tu existencia, dejarte respirar al lado mío o echarte de mi mente a las puteadas en vez de que simplemente me veas esfumarme cuando en realidad me desintegré.

            Es que ya vendí mi dignidad, el tiempo solo me vuelve miserable; en el llano, en la tierra fértil, crecen los recuerdos no superados. Si me quedo mirando la alfombra veo cómo brotan raíces de los recuerdos que tiré abajo de ella.

            Y no puedo hacer más que pensarte, que rendirte culto o resucitarte, en estos momentos en que me pregunto cuán vivo estoy.


lunes, 9 de octubre de 2023

Graniza

            Un granizo tupido, denso, insistente, cae ininterrumpidamente desde el viernes. Cada bloque de hielo tiene su forma única, su velocidad; cada uno venció una resistencia aerodinámica distinta. Algunos impactaron en el pavimento, nadie les prestó atención: sería incomprobable, por su intrascendencia, que alguna vez hayan existido, si no fuese por los cientos de lunares blancos que recubren el suelo junto a ellos. O si no fuese, también, por los perdigones del cielo que destruyen vidrios, que dejan su huella, previo a derretirse, evaporarse, y fingir que nada sucedió.

            

            Desde el viernes que miro el cielo, busco la nube negra. Desde el viernes que siento que me persigue. Está apuntando a mí, y no, no es de narciso, no es de paranoico, no me creo el actor principal de esta, nuestra, existencia. Es sólo que en la calle no puedo disimular mi angustia al ver las piedras caer frente a mí, escucharlas impactar a mis espaldas. La gente podrá ver mi cara de terror, pero en cada rostro que se atraviesa no veo más que normalidad.

            

            ¿Acaso no graniza para ellos? ¿Acaso no padecen la misma lapidación de la que quiero escapar? ¿Cómo es que salen a la calle y pueden hacer su vida sin que un pensamiento les pegue un piedrazo, o le apunte y erre por poco? Porque desde el viernes que los cascotes me persiguen en la vereda, adentro del departamento, o en los descansos en el trabajo. Desde hace cuatro días que esquivo piedras mientras tengo que simular normalidad, porque ya constaté que solo en mi mundo hay precipitaciones, que es mi mundo el que se precipita.

            
            Y hay momentos en los que me harto, me canso de ese desprecio del cielo en el que me convertí, y me dan ganas de devolver una piedra, una sola, aunque la gravedad se me ría en la cara.


    
            Pero la gravedad es otra cosa. La gravedad es ver en cada piedra, revisar una y cada una, y ver en ellas tu nombre.

lunes, 5 de junio de 2023

La próxima


        Está cantado. La práctica hace al maestro, pero nunca te dicen cuándo te entrega el título. ¿Cuánta práctica es necesaria para avanzar? El chico parece estar a merced de la arbitrariedad, o de la crueldad, del viejo Peugeot 405 que quiere aprender a pilotar.  

        Cuando te dicen para aprender a manejar, uno imagina girar el volante, meter cambios en el momento indicado e incorporar la sensibilidad del acelerador, y pasa por alto que, antes que todo eso, el auto tiene que querer salir. Así que ahí está el pobre diablo, girando la llave otra vez y acelerando con el embrague presionado al mismo tiempo. 

        El auto se desliza despacio por el asfalto, toma lentamente el valor de afrontar la empinada subida en la que está, e induce al joven a una renovada galaxia de ilusiones. Porque en este momento, en el que olvidó que la vecina de enfrente puede estar riéndose al otro lado de la ventana, en este horario justo y estudiado en el que la de la esquina, su amor no correspondido, vuelve de handball, y en esta única hora en la que su madre puede enseñarle a manejar y que ya se está por evaporar, su mundo se reduce a que el auto arranque. 

        Pensando en la inconmensurable simultaneidad de eventos se da cuenta de que el Peugeot está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable. Acelera despacio, con suspenso. 

        Un estruendo sacude al piloto hacia adelante, hacia atrás, y a la nueva ilusión hacia el suelo. Abruptamente el bólido se detiene. Por fuera demuestra desilusión, por dentro grita "la puta madre". "Bueno, casi. La próxima seguimos, no te preocupes", le dice su copiloto, que abre la puerta y baja. El novato asiente tímidamente, y sin despegar sus manos del volante exhala de forma sonora. 

        "La próxima me va a salir. Ya estuve cerca cuatro veces, pero la próxima va a salir". Se enoja por los intentos infructuosos, para luego relajarse recordando la tranquilidad con que su madre cerró la clase. Enseguida recae en que ella nunca se puso el cinturón de seguridad: ¿Acaso nunca confió en que iba a arrancar? No tendría que ser tan dramático, lo sabe, falta mucho para que, con él al volante, pueda suceder un accidente a una velocidad considerable, pero en esta ausencia de respuestas y en la incógnita del porvenir cualquier hipótesis, sobre todo las derrotistas, se materializan mientras se apartan de la realidad. Por esta vez, ya cansado, les da un portazo tras cerrar la puerta del auto, y dice en voz alta, con un suspiro mezclado entre su sonoridad, "la próxima será".




        Estamos, tras tanta espera, juntos. Hay oscuridad de noche en las cuadras, hay luces sepias en el barrio, y veinte personas amontonadas alrededor de nosotros, contiguos a la garita de colectivo. Los dos parados, uno al lado del otro, vos contándome de tu día. Te miro hablar, me quedo mirándote los labios, y siento como mi cuerpo se desliza lentamente por el aire, toma el valor de afrontar lentamente la subida en la que está metido, en la que yo lo metí y el me metió, y la parada se transforma en una galaxia lejana, que se desgrana en tanto y en cuanto mi mundo y mi existencia están cerca tuyo. 

        Aunque esté al volante de mi vida, y sea que tome la decisión de intentarlo o que prefiera reservar las energías anímicas, estoy entregado a la arbitrariedad de mi cuerpo, de los hechos, de tu preferencia, para saber si puedo poner primera o no. Y en este preciso instante en el que las subordinadas que invadieron tu diálogo concluyeron, en que el silencio domina este mismo espacio en el que veinte sujetos hablan a la vez, percibo como mi ser está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable.

        El cole ya partió, vos ya te subiste. La llegada del 153 fue un estruendo que me sacudió hacia todas las direcciones menos hacia arriba, justo cuando creí que estaba más cerca que nunca. ¿Habrá sido un delirio? ¿Habré estado equivocado? ¿Acaso estuve cerca, o fue porque sabías lo lejos que estoy de arrancar que no tenías puesto el cinturón de seguridad?

        El celeste característico desapareció un par de cuadras más allá. Las personas reaparecen, ahora son sólo cinco. Miro lo que falta para que pase el próximo colectivo, ahora que decidí no tomarme el mismo que vos aunque me deje a una cuadra de mi casa. Asumo que tendré que estar diez minutos más acá parado, y mirando las hojas que se mezclan en el negro del cielo nocturno, digo en voz baja, con un suspiro mezclado entre la sonoridad de mis palabras, "la próxima será".

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...