lunes, 25 de agosto de 2025
La luz
jueves, 16 de enero de 2025
Defensa de la admiración
lunes, 13 de enero de 2025
Sueño y palabra
martes, 7 de enero de 2025
A. S.
miércoles, 25 de diciembre de 2024
Soy una naranja
miércoles, 5 de abril de 2023
Santuario
No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.
No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.
No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.
No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.
Para creerlo.
viernes, 31 de marzo de 2023
Ilusión (o espera)
lunes, 6 de marzo de 2023
La lanza
(...) te podría haber hecho reír. Te podría dar un amor gigante. Podríamos haber hablado de psicoanálisis, ponele. Te habría escuchado con fascinación en lo que sea que cuentes, ese misterio que guardas y que desconozco. Hubiera sido genial.
Porque los dos nos gustamos.
No me habría cansado nunca de decirte lo hermosa que sos.
Estaba dispuesto a morir por esto. Hasta me imaginé enganchados, y vos preguntándome cuánta seriedad puede tener mi amor si recién me separé. Y me imaginé diciéndote que sí, que en algún momento iba a sufrir un lanzazo que me atraviese la espalda y el corazón, pero que estoy dispuesto a comérmelo por vos, si es que querés quedarte, y que si te vas lo entendería, y si sigo vivo después del lanzazo te amaría por siempre.
Y bueno... Si el lanzazo me mata, mi muerte habrá valido la pena. Porque definitivamente me muero por vos.
Pero me descartaste. Cómo duele, taladra, aniquila.
domingo, 12 de febrero de 2023
Sobre Brunellesco
Madera, qué material más noble. La observo con profundidad, me embobo como siempre. La madera no admite mentiras: si está pintada es porque es mala, sino ella por sí misma, en la naturalidad de sus dibujos y su brillo, se luce. También es la antítesis de la ley femenina: se enorgullece contando, mediante el desgaste de sus bordes y la suavización de sus texturas, su edad verdadera.
La madera de la barra confiesa, en el color oscuro, profundo del algarrobo, que lleva más de 50 años exhibiendo medialunas. O eso imagino, bah, porque apenas llevo un año viniendo acá. Suelo imaginarme cosas cuando entro: su presencia me reconforta, me ordena, sus curvas me hipnotizan. Un sorbo de café, otro, y la mirada ahora se concentra en la mermelada patagónica, en la bufanda de Ireland, en la transmisión alemana mostrando en silencio un documental de Rammstein.
Adoro viajar mentalmente, ahora que mi vida es un viaje interminable. Todo se mueve y yo estoy quieto, tomando café doble con dos medialunas dulces, escuchando jazz en un bar europeo iluminado en sepia y pensando qué historia me invento hoy.
Ruido, casi estruendo atravesando mis oídos. No suele percibirse, pero este móvil fue particularmente ruidoso. Sin pensarlo, por acto reflejo, miro al 35/9 parando afuera, al otro lado del vidrio, ahí donde la luz y la paleta de colores está dominada por el gris del hormigón, el blanco de las fachadas, el metal de la pescadería. En ese solo asomo, un sueño se derrumba, y en la trágica defunción solo una frase lapidaria se me escapa: "cierto, estoy en Rosario".
sábado, 21 de enero de 2023
La de enfrente/2
Desde que volví, es decir, recién comenzado el 2023, la persiana no volvió a abrirse. Y su ausencia me demostró mi ausencia propia, la falta de propósito en mis cosas que se acrecentó cuando me quedé sin laburo. De la nada, todos los días era mirar enfrente, al otro lado de la calle, para ver si ella volvió. Y nunca volvía.
Me preguntaba todos los días si se habría mudado, y enseguida me respondía que no, que los sillones todavía estaban, se los hubiera llevado. "¿Y si se fue y quedaron como propiedad del departamento? Ya van tres semanas sin verla", y en esa incógnita imposible de resolver se quedaba mi intriga total por la ventana de enfrente, la habitante que me entretenía todos los días, la seducción de lo desconocido que se apoderaba de mi ahora intrascendente vida.
No registré mi obsesión por ella hasta que vi, al fin, la ventana abierta. La persiana levantada, tras semanas de estar velando el interior del departamento de dos ambientes, ese departamento cuyo living/cocina se observa con totalidad desde el mío, y cuyo pasillo de ingreso a su pieza me mostró de pura casualidad su cuerpo desnudo saliendo de la ducha. Porque eso fue lo último que vi de ella: su cuerpo delgado, su presencia imponente, su cabello oscuro enhebrado entre sí con la típica consistencia del pelo largo mojado, y su cola desnuda, todo marchando hacia su pieza sin ninguna toalla, sin interrupciones, sin vergüenza. Y la vi girar hacia la derecha, noté sus pezones pequeños, erectos, noté que no supo que la vi, entendí que se metió a su pieza a vestirse, y eso fue la única vez en los próximos 21 días que encontré su color.
Y recién ahora recuerdo cómo, las tres semanas de larga incógnita, mi mente se debatió ininterrumpidamente si lo hizo a propósito, queriendo que por alguna de las grandes casualidades la vea o si, al ver que en el departamento de enfrente parecía no haber nadie, se sintió segura de no complicarse la salida del baño. Y ella, sin saberlo, cruzó de la ducha a la pieza en el preciso instante (lo juro) que atiné a juntar la ropa que estaba colgada en el tender del balcón. Tampoco supo ella que, si bien se habrá apartado de Rosario las tres semanas siguientes, no salió en ningún momento de la mente de su vecino, que la traía a la ciudad cada vez que un minuto parecía muerto.
Pero ya volvió. Ya está acá. Cuando me aburría durante su ausencia, me sentaba a desafiar la incógnita que tuve desde que se estableció en su nuevo hogar, a mirar, fija, larga y tendidamente la estructura de su departamento y pensar en lo que ella estaría haciendo. Pero volvió, y ahora no puedo parar de mirar enfrente. No puedo parar de incomodarla. No puedo notar su presencia y no intentar mostrarme, aparecer para ella, sacarme de la cabeza la tentación de mirarla y las ganas de, al fin, poder admirarla entera, conocerla de vista, saber cómo es.
Sé que lo nota. Porque las mujeres notan todo, y porque entre lo evidentes que somos los hombres soy el hombre más obvio que existe. Al ritmo que cae la persiana cada vez que la cierra, una apisonadora me aplasta el corazón acompañando el movimiento del plástico color marfil, y me paso las próximas jornadas sintiéndome un acosador y luchando conmigo para convencerme de que no la cerró por mí, que no todo pasa por mí. Pero sé, estoy seguro, de que lo nota.
Yo me mato pensando todos los días. Ella se apronta, cierra la persiana y se va a trabajar.
sábado, 10 de diciembre de 2022
La de enfrente
Como la personificación del ánima microscópica que se posa sobre el hombro izquierdo, como quien posee la perversión de abusarse de su superioridad, como quien no tiene nada mejor que hacer, ella se aparece. Se aparece siempre en el peor momento, en el más vulnerable: o fumándose un puchito, o tomando sol, o justo cuando su principal enemiga se va, ella irrumpe.
Ella es la testigo privilegiada de cómo una convivencia se está yendo al carajo. Tiene las evidencias enfrente, los ventanales de mi departamento ocupan toda la pared, no la privan de nada, y compartimos en altura el mismo piso 5. Así que sólo tiene que salir al balcón para tener, al otro lado de la calle, la peli de todos los días. Y cuando no hay emisión, se hace dueña con su presencia de mis pensamientos. ¿Me ve? ¿Lo hace a propósito? ¿Por qué espera a mi soledad, o a mi flaqueza, para mostrarse? ¿Por qué, si no le doy atención, desaparece tan rápido como abrir y cerrar la persiana?
Ella captura toda mi atención con el solo hecho de que sé que existe. Ahora mi balcón se asocia a ella, tiene su nombre, posee latente el misterio de la relajada presencia de sus cabellos azabache, de su figura incógnita, porque hasta ahora no me animé a mirarla. Aunque el plástico blanco tape todo su ventanal, si salgo al balcón mi cabeza se vuelve una pared que sufre a cada instante un pelotazo nuevo desde el departamento de enfrente, porque ahí vive ella, y no sé sus horarios, no sé cómo es, no sé cuándo va a aparecer, no sé si va a salir, no sé si le importo. Y despedazado por este infierno neurótico, secuestrado y a merced de lo que sea que pase, todos los días me pregunto qué me pasa, si ya no estoy enamorado, si salgo al balcón porque necesito sentir que corre aire o si es porque quiero verla, si me quiero sentir deseado o si me rompe las pelotas que no se pueda hacer invisible, abstraerse, tener respeto por una pareja que se está desarmando. Todo eso, esté o no esté afuera, salga o no a la calle, me siente a escribir o a llorar.
En tanto, ella abre el ventanal, sale afuera, se fuma un pucho y se vuelve a su pieza.
jueves, 15 de septiembre de 2022
Sobre la responsabilidad
- ¿Alguien más investigó? - preguntó Magda, y un esbozo de optimismo se entreveía en su sonrisa tenue, agazapada. El silencio sepulcral, la timidez del alumno en falta, las cabezas mirando para abajo, sin embargo, le aducen otra vez que hizo mal en creer. Sus ojos de repente miran hacia abajo, protegidos por un par de cristales hexagonales con trasluz violeta, y la alegría se desvanece tras sus labios. Anota algo, quién sabe qué.
Miro a mi alrededor. El silencio se multiplica, la ausencia del aula ocupa todos los lugares. Veo que Magda no sabe cómo continuar la clase ni cómo continuar con el curso, con su trabajo, que está triste, y me dan ganas de gritarles a mis compañeros "pónganle voluntad, la concha de su madre". Pero me reservo todo tipo de respuesta, solo camuflo mi frustración compartida tras mi mano derecha soportando mi mentón, y mis dedos abrazando mi boca y mi nariz. Mi frustración porque avancé en la investigación que me tocaba justamente para que esto no suceda, y porque mis compañeros no hacen una goma. Solo hay silencio. Silencio que condensa el aire con la tensión que arroja el estar en evidencia.
Al lenguaje escarchado y obturado lo rompe la segunda profesora, que toma la batuta de la clase contando casos pedagógicos relacionados a los escenarios educativos no formales. La clase hace como si nada, pero la acción está en otro lado. Magda ya no anota. Creo que quiere llorar, aunque sé que no lo va a hacer. Sabe pasar desapercibida, es una gran profesional, y solo escucha de pasada, mirando para abajo con sus piernas cruzadas, las palabras de su colega. Lanza un suspiro, sigue con la mirada fija.
Creo que, de la nada, percibe el mundo alrededor nuevamente. Magda levanta la vista, observa el escenario, corrobora que los ánimos no cambiaron, que todo va a seguir igual por los próximos 60 minutos, que le queda una hora de sacar agua de las piedras, y toma aire. Inspira y exhala disimuladamente, pero con la fuerza de quien necesita tomar impulso. Interpreta algo del espacio de lo que agarrarse: hace calor en la sala, y está con buzo y campera. Así que, desde la silla libre en la que está, donde no tiene mesa ni escritorio, se quita el abrigo oscuro, con vivos grises, que estuvo abierto desde que llegó, y lo deja apartado.
Creí que ya estaba cómoda. Pero imagino que prefirió cómo le queda la campera, que ve al buzo negro liso como soso, o incluso incómodo, así que se lo quitó, tomando con los brazos cruzados la parte de la cintura y elevándolo. Se quitó el suéter en un movimiento con gracia, automático, así que sin darme cuenta estaba ella ahí, de musculosa negra, con su cabellera enrulada de color castaño claro cayendo en sus hombros desnudos, con la cintura estilizada por el corte de la remera, con su busto protagonizando el look de las prendas de verano.
Pero recordó, quiero imaginar, que el código de etiqueta de los profesorados, de los colegios, no permite prendas con hombros descubiertos, así que tomó la campera que había apartado y se la puso de nuevo. O quizá su plan fue siempre estar de campera y remera, y el quitarse el buzo y quedar de musculosa por un instante era una instancia lógica de ello. No sé si importa la causa por lo que se deformaron el tiempo, los roles, la percepción de esa manera. Solo sé que, a partir de esos instantes inesperados, de esos cinco segundos en los que Magda fue más mujer que profesora, entendí que no investigué para la clase de hoy por ser responsable, sino por estar enamorado.
viernes, 16 de agosto de 2019
Dos minutos
A veces, cuando veo que el reloj está a dos minutos de gritar y yo estoy a dos minutos de volver a la rutina, me pongo a pensar en ella. Y me paso horas viéndola embobado, observando cómo se peina, tomando su cintura, acariciando su pelo, sintiendo su perfume. El reloj, que poco entiende de flexibilidades, avisa a viva voz que llegó a 120, pero en ese lapso yo soñé toda una noche.
martes, 25 de septiembre de 2018
Agua Marfil
"Ei, ¿estás vivo?". Los píxeles formaban letras negras sobre los demás iluminados en blanco y dejaban leer el mensaje enviado por Laura pero, a pesar de que el celular vibró sobre la madera hueca y el ruido se asemejó al de una revolución de abejorros, nadie estuvo ahí para revisar lo que quería comunicar. El Samsung se había hecho lugar entre el velador, el reloj que era despertador pero lo hacía a cualquier hora, las servilletas y pañuelos para el invierno y los llantos y los papeles y recibos que tenían más importancia del que se dignaba a admitir. De hecho, estuvo a punto de ponerle una estampita porque era un fenómeno sobrenatural que el celular nunca se haya caído de ahí. Algunos de los papeles hacían equilibrio, con su centro de gravedad a centímetros de volcarse sobre la cama contigua.
Las sábanas y frazadas lucían revueltas por la decisión de quien se abrigó con ellas y de un salto decisivo se las sacó de encima. El pliegue formaba una línea oblicua que apuntaba casi directamente, a través del pequeño pasillo de la habitación, a la silla en la que Gena estaba sentado desde hace dos o tres horas. La pantalla de la computadora le alumbraba el rostro (que lucía un bigote incipiente) con el pulcro blanco de las páginas del Word, y sólo el ruido de las teclas y el tenue sonido del ventilador de la PC rompía el silencio sepulcral de la noche.
Gena escuchó el celular vibrar, pero sólo atisbó a cerrar los ojos y esperar cinco segundos para saber si percibía el golpe del teléfono contra el suelo. "Le tengo que comprar una funda", dijo en voz alta, aprovechando que podía decir lo que quería porque estaba solo, antes de seguir con lo suyo. Sabía que estaba hablando con ella, intuía que lo que rompía la atención era un mensaje escrito desde su celular, pero ya estaba harto de perder el hilo y la inspiración por desatenderse cinco minutos que después se extendían a diez, a 30 y a desistir de la prosa. Esta vez se había decidido a escribir y nada más, a terminar el texto, a lograr, con los consejos obtenidos, el relato que lo haga merecedor de la recompensa final.
El celular vibró unas veces más hasta que, entrada la madrugada, no volvió a sacudirse. Pasados unos cuantos minutos Gena puso el punto final, se tomó media hora más para releer la historia y corregirla hasta que se permitió lanzar un "listo, ya está". Sus pupilas apuntaron a la esquina inferior derecha y notó que el reloj señalaba las 02:43. Guardó el proyecto, apagó la compu y se dejó caer en la cama al tiempo que desbloqueaba el celular. "Bueno me voy a dormir nomás ya que no querés ni clavarme el visto. Hasta mañana, besitos". No eran nada, la sentía como todo, y entre el egoísmo del soltero y la empatía del enamorado se debatía su accionar. Desplegó el chat y pensó en que se iba a enojar, pero la pensó como la chica inteligente que le gusta y se respondió con un "va a entenderlo" antes de contestarle con unas leves y vagas explicaciones.
No le gustaba reconocerlo, pero el misterio que se generó en torno a la noche que se quedó escribiendo despertó más interés en Laura. El mes que siguió comenzó con su amor imposible preguntándole qué estaba redactando, para qué tanta emoción, por qué se había ido a Chajarí ese domingo, y ante las respuestas simpáticas, divertidas pero terminantemente negativas la chica de pelo castaño necesitaba sacar pistas de algún lado. Asimismo, la enigmática felicidad del joven le despertaba más ganas de informarse de cosas que quizá no tendrían importancia si no estuviesen relacionadas con él. Las noches que se pasaba tirada entre las frazadas rojas junto al póster de Usted Señalemelo sin más propósito que pasar las horas hablando con Gena se repetían una tras otra y con una necesidad que no había ni siquiera imaginado. Las citas como amigos se repetían de a dos o tres por semana, y ninguno de los dos llegaba a creer que a la sombra del lapacho, sobre la alfombra de flores rosas mezcladas con el césped verde del paseo, había cuatro brazos que ansiaban cruzarse.
Tres semanas después ya todo era obvio para el mundo pero no para ellos dos. Gena no se animaba a dar el paso porque creía que la mujer que estaba al lado suyo, hablando todo el tiempo con él y diciéndole que sí a todo plan tenía otro pretendiente mejor, y Laura no tiraba el beso porque de tantos hombres que le tiraron onda ninguno fue tan lento y hasta casi desinteresado como quien llenaba su chat. Quizá por cosa del destino o porque las mentes correspondidas se conectan a una frecuencia especial, el miércoles ambos abrieron la ventana de su pieza y al ver el sol anunciando un día perfecto se dijeron, sin saberlo pero al unísono, "hoy, sí o sí". Abrieron el chat de la noche anterior y se encontraron con que estaban escribiendo al mismo tiempo incluso antes de saludarse. "Tengo algo re copado para mostrarte" le dijo Gena, sin saber que ni siquiera tenía que ser algo bueno como para que Laura le diga que sí.
Coordinaron y a las 16 ya estaban en la costanera, sentados entre las flores rosas y con el tronco protegiéndolos de la vista de los runners. Los nervios los movían a cortar con los dedos las hojas de césped a su alcance, las piernas cruzadas reflejaban los nervios y la tensión de ambos, el silencio no fue así ni cuando se conocieron. Pensaban en algo que preguntarse pero recordaban que ya habían hablado todo por celular, y no volverían a preguntarlo por miedo a que se lo tome como una falta de atención. Las hojas de los árboles cedían ante la fuerza del viento y algunos pétalos se separaban en el cielo, justo encima de ambos. Gena no sabía ni por qué había estado mirando hacia arriba, pero pudo ver como cuatro pedacitos de flor descendían bailando un vals y se depositaban sobre el pelo de la hermosa chica que lo acompañaba. "Es ahora, es el momento", pensó, justo cuando el rostro de la joven se puso de frente a él.
"Ah, te dije que te traía algo". Interrumpió y revisó su mochila, tan concentrado en buscar el regalo que no percibió el suspiro de la castaña. Sacó de ahí el libro y se lo entregó. "Mirá, salvo mi familia no lo sabe nadie porque me acaba de llegar y quería que lo veas". La tapa no contaba mucho, Laura no entendía por qué le interesarían unas páginas tituladas "Clínica Literaria: Antología", pero dio un stand by a la decepción que la invadía y decidió abrirlo. Se distraía con todo con tal de no pensar, con el logo de La Luna y el Gato, con el nombre del editor del libro... Hojeó sin parar, dándole un vistazo muy por arriba, hasta que un título la detuvo en seco.
"Agua Marfil". "Autor: Genaro Bianchi". No atinó a leer la primera oración, esa que contaba cómo se conocieron, no quiso fijarse cuánto se extendía la historia, sólo lo miró y supo que era el momento de inmortalizar todo. Varios kilómetros hacia el norte, bebiéndose un café en su taza de Rosario Central, quien dictó la clínica sonreía apaciblemente sin saber que su clínica literaria había hecho mucho más que enseñar a escribir cuentos.
(escrito para promocionar la clínica literaria de un amigo editor)
La habitación de al lado
Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante. Había quedado con su amiga en que, cuando se ...
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Estar volviendo a casa siempre acarrea la incógnita de enfrentarme al portón. Veo al sol incandescente pegando desde arriba (desde ...
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No es que no sepa cómo atravesarlo, es justamente lo contrario. Envidio a Odiseo, porque aunque tuvo que soportar el canto hipnóti...
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