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sábado, 27 de enero de 2024

El oficio de asesino

            Siempre vas a seguir vivo si así te recuerdo. 

            Como somos desconocidos, el ver tus respuestas, el escuchar tu voz te mantendrá en el presente, como si hablaras acá, como ver el "That one night" de Megadeth y decir "así está Mustaine ahora".

            La realidad está creada por nuestra percepción, la negación es nuestra anteojera que oculta de nuestra vista lo que nos mata, lo que nos destruye, y es tan difícil entender que moriste que prefiero entender tu voz como un pedazo tuyo todavía vivo atrapado en una caja, como el locutor encerrado en el parlante de la radio.

            
            La muerte biológica, que entiende de 0 o 1, de vida o muerte; la muerte psicológica, que entiende que alguien está muerto sólo cuando así lo quiere, que considera a alguien vivo solo si su respiración no va a impedirte dormir por la noche.

            
            Me pregunto si asesinar a las caras que me duelen es lo correcto, o si simplemente cada puñalada, cada balazo al corazón ajeno es un ladrillo que me deja solo y atrofiando mis defensas, creyéndome más protegido cuando cada vez estoy más vulnerable. Porque claro, me relajo pensando que moriste porque ya no estás ni sé nada de vos, pero cuando aparecés desintegrás la pared que interpuse y mi neurosis se encarga de imaginar toda tu vida hasta acá a una velocidad supersónica.

            Te mato por mi bien, pero notar que sobreviviste me hace peor. Y no sé si matarte fue lo correcto o si tenía que tolerar tu existencia, dejarte respirar al lado mío o echarte de mi mente a las puteadas en vez de que simplemente me veas esfumarme cuando en realidad me desintegré.

            Es que ya vendí mi dignidad, el tiempo solo me vuelve miserable; en el llano, en la tierra fértil, crecen los recuerdos no superados. Si me quedo mirando la alfombra veo cómo brotan raíces de los recuerdos que tiré abajo de ella.

            Y no puedo hacer más que pensarte, que rendirte culto o resucitarte, en estos momentos en que me pregunto cuán vivo estoy.


miércoles, 5 de abril de 2023

Santuario

             No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.



            No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.



            No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.



            No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.

            Para creerlo.

jueves, 30 de marzo de 2023

El éxito

            ¿Podés creer?  Estoy acostado mirando el techo de mi casa.


            Que no es casa. No es nuestra casa. 


            Es mi casa.


            Escuchar música tranquilo (porque ya tengo abono en el celular), mirar por las ventanas (porque tanto en el balcón como en la ventana de la pieza tengo una vista preciosa), pensar en música, escribir, salir con amigos...


            Todo se transformó, se agrandó, ocupó dinámicamente, como un globo que se expande por todo el espacio que las paredes le dejan, mi vida y mi tiempo.


            Y me va re bien en el laburo. Y siento que me merezco lo que tengo. Y no me conformo. Y amo. Y río, sin obedecer al kitsch del momento.


            Estoy bien.


            Estoy tan bien, tan en paz, que a veces me doy, me puedo dar, el lujo de acostarme a mirar el techo y escuchar música. Y entonces, en paz, sin tener urgencias que cubrir, sin tener nada que me quite el sueño, te pienso y digo que no puedo creer que nos hayamos separado.

sábado, 21 de enero de 2023

La de enfrente/2


    
            



                Desde que volví, es decir, recién comenzado el 2023, la persiana no volvió a abrirse. Y su ausencia me demostró mi ausencia propia, la falta de propósito en mis cosas que se acrecentó cuando me quedé sin laburo. De la nada, todos los días era mirar enfrente, al otro lado de la calle, para ver si ella volvió. Y nunca volvía.


        Me preguntaba todos los días si se habría mudado, y enseguida me respondía que no, que los sillones todavía estaban, se los hubiera llevado. "¿Y si se fue y quedaron como propiedad del departamento? Ya van tres semanas sin verla", y en esa incógnita imposible de resolver se quedaba mi intriga total por la ventana de enfrente, la habitante que me entretenía todos los días, la seducción de lo desconocido que se apoderaba de mi ahora intrascendente vida.


        No registré mi obsesión por ella hasta que vi, al fin, la ventana abierta. La persiana levantada, tras semanas de estar velando el interior del departamento de dos ambientes, ese departamento cuyo living/cocina se observa con totalidad desde el mío, y cuyo pasillo de ingreso a su pieza me mostró de pura casualidad su cuerpo desnudo saliendo de la ducha. Porque eso fue lo último que vi de ella: su cuerpo delgado, su presencia imponente, su cabello oscuro enhebrado entre sí con la típica consistencia del pelo largo mojado, y su cola desnuda, todo marchando hacia su pieza sin ninguna toalla, sin interrupciones, sin vergüenza. Y la vi girar hacia la derecha, noté sus pezones pequeños, erectos, noté que no supo que la vi, entendí que se metió a su pieza a vestirse, y eso fue la única vez en los próximos 21 días que encontré su color. 


        Y recién ahora recuerdo cómo, las tres semanas de larga incógnita, mi mente se debatió ininterrumpidamente si lo hizo a propósito, queriendo que por alguna de las grandes casualidades la vea o si, al ver que en el departamento de enfrente parecía no haber nadie, se sintió segura de no complicarse la salida del baño. Y ella, sin saberlo, cruzó de la ducha a la pieza en el preciso instante (lo juro) que atiné a juntar la ropa que estaba colgada en el tender del balcón. Tampoco supo ella que, si bien se habrá apartado de Rosario las tres semanas siguientes, no salió en ningún momento de la mente de su vecino, que la traía a la ciudad cada vez que un minuto parecía muerto. 


        Pero ya volvió. Ya está acá. Cuando me aburría durante su ausencia, me sentaba a desafiar la incógnita que tuve desde que se estableció en su nuevo hogar, a mirar, fija, larga y tendidamente la estructura de su departamento y pensar en lo que ella estaría haciendo. Pero volvió, y ahora no puedo parar de mirar enfrente. No puedo parar de incomodarla. No puedo notar su presencia y no intentar mostrarme, aparecer para ella, sacarme de la cabeza la tentación de mirarla y las ganas de, al fin, poder admirarla entera, conocerla de vista, saber cómo es. 


Sé que lo nota. Porque las mujeres notan todo, y porque entre lo evidentes que somos los hombres soy el hombre más obvio que existe. Al ritmo que cae la persiana cada vez que la cierra, una apisonadora me aplasta el corazón acompañando el movimiento del plástico color marfil, y me paso las próximas jornadas sintiéndome un acosador y luchando conmigo para convencerme de que no la cerró por mí, que no todo pasa por mí. Pero sé, estoy seguro, de que lo nota.


Yo me mato pensando todos los días. Ella se apronta, cierra la persiana y se va a trabajar.

lunes, 2 de enero de 2023

Más allá de las nubes


    




    Una imagen escrita se aparece en nuestra conversación. Fondo blanco, escritos organizados en semántica pero sueltos en frases, apartados de las normas de la prosa, de lo normal, de lo estructurado. Son los versos que me dedica, ella, en un arranque de fascinación, en esa sonrisa que se dibuja como una erupción cuando la belleza te agarra desprevenido, y no queda más que dibujar comisuras y menear la cabeza.

    Busca lo mismo en mí, por eso me lo envía. Me pasa lo mismo, pero la impresión está tergiversada: creo haberla visto. Bah, estoy seguro de que la leí. Pero eso no importa: lo dado con amor resignifica todo, asciende el mensaje y lo transfigura, lo porta de milagros, de magia, le pone provisión de sueños a la mochila del que lo recibe. 

    Pero ya lo leí. No, no es solo que ya lo leí. Se aparece una impresión que debería haberse borrado, que creí haber olvidado: ya me lo dedicaron. La que amé, la primera, me lo dedicó. En ese momento formé comisuras, meneé la cabeza, quise (y logré) abrazarme a los renglones salteados, sentir su suavidad como un peluche gigantesco, que cabe en una hoja pero que es más grande que el sol, y reposé en él, descansé, y la encontré al mezclar su cara, sus besos, su sonrisa, en cada vuelta de cada letra.

    Ya lo leí. Epifanía misteriosa es el recuerdo de amor, la memoria que es imborrable porque se cubre de cemento, se prolonga, se protege a sí misma. Se legitima como lo verdadero, como el placer que buscamos, y en desamor caemos tan en la tierra que olvidamos que allá arriba, superando las nubes, quedó escondido uno de tantos recuerdos de plenitud.

    Me asusté. Maldije. Y me desdije: bienvenida la sorpresa errónea, lo escondido, lo no sabido, el riesgo. Tropezar inesperadamente con ese pasado tan alto me hizo darme cuenta de que también voy adornando el suelo con vivaces hechos nuevos, que todavía hay plenitud de espacio para más, y que estoy, de nuevo, más allá de las nubes.

sábado, 10 de diciembre de 2022

La de enfrente


    
    



        Como la personificación del ánima microscópica que se posa sobre el hombro izquierdo, como quien posee la perversión de abusarse de su superioridad, como quien no tiene nada mejor que hacer, ella se aparece. Se aparece siempre en el peor momento, en el más vulnerable: o fumándose un puchito, o tomando sol, o justo cuando su principal enemiga se va, ella irrumpe. 

Ella es la testigo privilegiada de cómo una convivencia se está yendo al carajo. Tiene las evidencias enfrente, los ventanales de mi departamento ocupan toda la pared, no la privan de nada, y compartimos en altura el mismo piso 5. Así que sólo tiene que salir al balcón para tener, al otro lado de la calle, la peli de todos los días. Y cuando no hay emisión, se hace dueña con su presencia de mis pensamientos. ¿Me ve? ¿Lo hace a propósito? ¿Por qué espera a mi soledad, o a mi flaqueza, para mostrarse? ¿Por qué, si no le doy atención, desaparece tan rápido como abrir y cerrar la persiana? 

Ella captura toda mi atención con el solo hecho de que sé que existe. Ahora mi balcón se asocia a ella, tiene su nombre, posee latente el misterio de la relajada presencia de sus cabellos azabache, de su figura incógnita, porque hasta ahora no me animé a mirarla. Aunque el plástico blanco tape todo su ventanal, si salgo al balcón mi cabeza se vuelve una pared que sufre a cada instante un pelotazo nuevo desde el departamento de enfrente, porque ahí vive ella, y no sé sus horarios, no sé cómo es, no sé cuándo va a aparecer, no sé si va a salir, no sé si le importo. Y despedazado por este infierno neurótico, secuestrado y a merced de lo que sea que pase, todos los días me pregunto qué me pasa, si ya no estoy enamorado, si salgo al balcón porque necesito sentir que corre aire o si es porque quiero verla, si me quiero sentir deseado o si me rompe las pelotas que no se pueda hacer invisible, abstraerse, tener respeto por una pareja que se está desarmando. Todo eso, esté o no esté afuera, salga o no a la calle, me siente a escribir o a llorar.

En tanto, ella abre el ventanal, sale afuera, se fuma un pucho y se vuelve a su pieza.

lunes, 22 de octubre de 2018

Pavos Reales

        La suma de tus ojos verdes, de tu pelo castaño claro y de la perfección de tu cutis me hicieron olvidar que hablaste exclusivamente para echarme la culpa. Cuando las pupilas dejan de dilatarse, cuando hacen foco en la boca y no en la forma imaginaria de tu voz, me concentro en el mensaje y vuelvo a enojarme, y automáticamente vuelve a haber más pupilas que iris. Asiento sin saber qué, refriego mis dedos entre sí, pierdo mis pensamientos entre las líneas de las baldosas que indefectiblemente terminan en tus zapatillas rojas, tus soquetes blancos, tus piernas depiladas, tu short de jean. La luz rebota en la heladera sobre la que me recuesto y es ignorada como las ondas sonoras que rebotan en mis oídos.


        No sé ni qué hice, no entiendo qué pasó, hago memoria pero no descifro lo que nos tiene así, peleando. Trato de comprenderte pero sólo escucho el discurso furioso de quien hizo todo a la perfección y que habría sido así si no se hubiese entrometido un simple mortal como yo. Y tengo miedo de que mis dedos golpeen el codo al son de un reloj invisible y que así demuestren lo mucho que te estoy ignorando. Eso me haría un favor y me salvaría de este monólogo horrible, pero me gustas tanto que no quiero verte enojada.


        "¿Me estás escuchando?" Que sea la segunda vez que me preguntas creo que ya lo responde. Estoy al filo de la cachetada por decirte que no. Miro tus ojos y los veo sacudirse en milímetros, respondiendo a la tensión del momento. Y no puedo decirte que sos hermosa. Tampoco puedo exponer mi punto de vista porque sé que no lo vas a escuchar. Y menos defender lo mucho que me molesta que me hables para echarme la culpa. Así que en las dos letras cerramos mi respuesta, en tu "ah bueno" concluye el conflicto, te das media vuelta y te vas a la pieza. 


        Escucho el portazo. ¿Ahora qué me va a embobar la vista? Leo y releo las letras incomprensibles que dibujé en las paredes, las autopistas que hay en el suelo, pero ya nada me lleva a tu cara. Quiero dejar una gigantografía tuya que te capture así apasionada, viva. Ponerla donde estabas hace nada y, cuando deje de mirarla, decirle todo lo que pienso sobre esto. Suena poco práctico, porque aunque se lo explique con lujos y detalles no va a responderme porque no puede abrir la boca. Vos dirás que no tiene oídos para escucharme, pero vos que tenés no los usás así que en ese sentido un pedazo de cartón te reemplaza bastante bien. 


        Y acá me ves, de brazos cruzados mirando tu foto imaginaria, pensando todo, amasando posibilidades a unos pasitos de donde horneaste las pizzas. Escucho el parlante de tu celular sonando desde la pieza y me pregunto tanto cuál es la necesidad de poner el volumen tan fuerte como cuántas maravillas haría de mi vida si tuviese tu capacidad de que no te importe cómo está el otro. Podrías decirme que no me pasa nada y que me da lo mismo todo esto; podría conducirme al baño, mirarme en el espejo, compararme con el rostro que tengo todos los días desde hace un mes y entender por qué lo decís. Podrías argumentarlo, pero la verdad siento que ni te enteraste. Me pasa algo, creo que sé qué es pero no lo pienso admitir. Voy a resolver lo que me sucede cuando podamos sentarnos a hablar como dos personas que se interesan por el otro, y voy contarte lo que me pasa el día que deje de sentir que para vos va a ser una estupidez.


        Cansa buscarte, cansa tanto que ya me tiré en el sofá a mirar el techo. No quiero prender la tele, quiero que el silencio invada la habitación cuando te canses de llamar la atención con el celular. Fatiga fijar la vista en las manchas de humedad esperando el milagro de que vulneres tu orgullo y camines por el pasillo de la muerte para preguntarme cómo estoy. Y si venís y me preguntas y te respondo "y...",  ¿qué vas a hacer? ¿Decirme "bue ni sabés qué te pasa"? Ni siquiera quiero que me preguntes cómo estoy, hasta desearía que desde la pieza me digas "no seas bobo, ya fue, vení".


        Es que sí, quizá lo que me hace enojarme así es una estupidez, pero es mí estupidez. Y de tantas cosas que me señalas que hago mal no hago más que preguntarme qué es lo que te ata a este departamento, deseando firmemente que el alquiler, la vida independiente y el bardo que es cortar una relación de años no fuesen una respuesta tan lógica y espontánea. De hecho, creo que tenés razón en muchas de las cosas que me señalas siempre, aunque ahora no las recuerde. Me es indefectible sentirme culpable por todas las veces que te hago enojar, me aislo de vos para no molestar, me pongo cómodo en el sofá, giro, apoyo los pies sobre el borde, miro la mesita de café y me tientan los pedazos de napolitana que sobraron, pensando en que va a ser una noche larga.


        Aún así no me muevo de donde estoy. Sigo tirado deseando que aparezcas. ¿No entendés que te estoy pidiendo que vengas? A los gritos lo estoy haciendo. Cómo me encantaría que vengas y me calles toda la mente de un beso. Pero no, ya no suena el celular, están apagadas las luces. Ya escuché a la puerta abrirse y casi caigo en la tentación de mirar hacia ella a causa de la desesperación que me invade, supe aguantar la intriga hasta que escuché la tecla de la luz del baño sonar con el mismo "click" que hizo mi esperanza de sentirme importante para vos. Cómo me encantaría que te importe algo, qué bronca que me da que hayas vuelto a meterte a la pieza. Y no quiero ir allá, me cansé de perder contra vos, quiero ver si sos capaz de dejarme toda la noche durmiendo en el living.


        Ya pasó media hora que se sintió como una eternidad, y espero que el ruido del agua cayendo de la ducha al menos te haya hecho enojar. Suena estúpido pero me siento una nueva persona, estoy decidido a ir directo hacia el sofá y no moverme de allí, a encontrarte mañana a la mañana con la cara de culpa por dejar en evidencia que te quedaste con toda la cama y no te importó. Pero a la altura de la puerta el propio inconsciente me movió a buscarte en la pieza. La habías dejado abierta así que te vi mirando el celular, buscando agua entre las piedras, y por un momento olvidé todo. Entré, me acosté y te abracé. "¿Qué hacés?", me preguntaste. "No rompas las bolas Eugenia", te respondí. 


        Tu risa fue el penúltimo sonido. Enseguida el beso de las buenas noches selló el conflicto, y cerramos los ojos como hicimos con nuestras plumas. 

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...