lunes, 25 de agosto de 2025
La luz
jueves, 1 de mayo de 2025
No estás
martes, 7 de enero de 2025
A. S.
miércoles, 25 de diciembre de 2024
Soy una naranja
jueves, 23 de mayo de 2024
Ahora que estoy borracho
sábado, 27 de enero de 2024
El oficio de asesino
lunes, 9 de octubre de 2023
Graniza
lunes, 5 de junio de 2023
La próxima
martes, 25 de abril de 2023
Orgánico
¿Será por su encanto? ¿O porque todavía no me di cuenta de que no me gusta? ¿O es que me encanta y me da pánico pensar en el más allá, en el cómo?
No sé el motivo, pero no puedo imaginarla eróticamente. Sólo quiero abrazarla, toda la noche si es posible, y quiero tener su pelo debajo de mi nariz, escucharla respirar encima de mi pecho, y acariciarle la cabeza para que duerma en paz. Quiero abrazarla fuerte y cagar a piñas al que la quiera molestar.
Todo mientras seguimos siendo amigos, todo mientras desconozco el sabor de su boca.
Quizá si expreso mi atracción por otra enfrente de ella le llamo la atención y se la juega, quizá así origino un lance, o quizá mejor invento alguna excusa para verla de nuevo... Pero ya no tengo ganas, no quiero idear estrategias: la única forma de que salga algo bueno con ella (amistad u onda) es que lo que sea sea genuino, orgánico.
Quiero dormir con vos de nuevo. Quiero enamorarme otra vez de vos, como cuando estabas acostada al lado mío, arreglando la cama, y yo estaba mirando el tornillo fijamente, entendiendo lo cerca que estaba el peligro de embobarme mirándote.
Quiero abrazarte toda la noche. Es lo único que sé.
miércoles, 5 de abril de 2023
Santuario
No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.
No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.
No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.
No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.
Para creerlo.
viernes, 31 de marzo de 2023
Ilusión (o espera)
jueves, 30 de marzo de 2023
El éxito
¿Podés creer? Estoy acostado mirando el techo de mi casa.
Que no es casa. No es nuestra casa.
Es mi casa.
Escuchar música tranquilo (porque ya tengo abono en el celular), mirar por las ventanas (porque tanto en el balcón como en la ventana de la pieza tengo una vista preciosa), pensar en música, escribir, salir con amigos...
Todo se transformó, se agrandó, ocupó dinámicamente, como un globo que se expande por todo el espacio que las paredes le dejan, mi vida y mi tiempo.
Y me va re bien en el laburo. Y siento que me merezco lo que tengo. Y no me conformo. Y amo. Y río, sin obedecer al kitsch del momento.
Estoy bien.
Estoy tan bien, tan en paz, que a veces me doy, me puedo dar, el lujo de acostarme a mirar el techo y escuchar música. Y entonces, en paz, sin tener urgencias que cubrir, sin tener nada que me quite el sueño, te pienso y digo que no puedo creer que nos hayamos separado.
lunes, 6 de marzo de 2023
La lanza
(...) te podría haber hecho reír. Te podría dar un amor gigante. Podríamos haber hablado de psicoanálisis, ponele. Te habría escuchado con fascinación en lo que sea que cuentes, ese misterio que guardas y que desconozco. Hubiera sido genial.
Porque los dos nos gustamos.
No me habría cansado nunca de decirte lo hermosa que sos.
Estaba dispuesto a morir por esto. Hasta me imaginé enganchados, y vos preguntándome cuánta seriedad puede tener mi amor si recién me separé. Y me imaginé diciéndote que sí, que en algún momento iba a sufrir un lanzazo que me atraviese la espalda y el corazón, pero que estoy dispuesto a comérmelo por vos, si es que querés quedarte, y que si te vas lo entendería, y si sigo vivo después del lanzazo te amaría por siempre.
Y bueno... Si el lanzazo me mata, mi muerte habrá valido la pena. Porque definitivamente me muero por vos.
Pero me descartaste. Cómo duele, taladra, aniquila.
domingo, 5 de marzo de 2023
Campanazo
Sonó una campana y me sobrevino verte feliz.
La noche.
Las noches volviendo de El Cairo, esas en las que la iglesia, abruptamente, señalaba una nueva hora y daba inicio a la magia de la fantasía, a la hora de los cuentos.
Todas las calles duelen el doble. A las obvias las tolero, estoy preparado para pasar por donde viví y fingir que la cuadra me da lo mismo. pero hoy doblé en Sarmiento y mi interior quedó vacío de voluntad, se redujo a cenizas escuchándote contarme que esa era tu calle favorita.
Este campanazo me hizo recordar que no estoy preparado para olvidarte, para enamorarme, para buscar a alguien. Que es impredecible lo mucho que te amo, que todavía me encantaría que haya sido distinto, que todavía me duele la neurosis de verte feliz. Odio la necesidad de hacer de tipo duro sabiendo que tu percepción atraviesa toda máscara y que mis neuronas, mis ganas y mi tracción están anudados a tus mañas, a tu belleza, a tus palabras.
Me muero de ganas de ir más allá de vos. Pero no puedo, no es momento tampoco.
Nunca será momento. Simplemente ocurrirá.
Hasta ese entonces, juego a imaginarme que sos fácil de reemplazar, en esos momentos en que mi ansiedad por ver a Liza resuena en todo el barrio y, sin embargo, solo queda la frialdad de la leve existencia.
domingo, 12 de febrero de 2023
Sobre Brunellesco
Madera, qué material más noble. La observo con profundidad, me embobo como siempre. La madera no admite mentiras: si está pintada es porque es mala, sino ella por sí misma, en la naturalidad de sus dibujos y su brillo, se luce. También es la antítesis de la ley femenina: se enorgullece contando, mediante el desgaste de sus bordes y la suavización de sus texturas, su edad verdadera.
La madera de la barra confiesa, en el color oscuro, profundo del algarrobo, que lleva más de 50 años exhibiendo medialunas. O eso imagino, bah, porque apenas llevo un año viniendo acá. Suelo imaginarme cosas cuando entro: su presencia me reconforta, me ordena, sus curvas me hipnotizan. Un sorbo de café, otro, y la mirada ahora se concentra en la mermelada patagónica, en la bufanda de Ireland, en la transmisión alemana mostrando en silencio un documental de Rammstein.
Adoro viajar mentalmente, ahora que mi vida es un viaje interminable. Todo se mueve y yo estoy quieto, tomando café doble con dos medialunas dulces, escuchando jazz en un bar europeo iluminado en sepia y pensando qué historia me invento hoy.
Ruido, casi estruendo atravesando mis oídos. No suele percibirse, pero este móvil fue particularmente ruidoso. Sin pensarlo, por acto reflejo, miro al 35/9 parando afuera, al otro lado del vidrio, ahí donde la luz y la paleta de colores está dominada por el gris del hormigón, el blanco de las fachadas, el metal de la pescadería. En ese solo asomo, un sueño se derrumba, y en la trágica defunción solo una frase lapidaria se me escapa: "cierto, estoy en Rosario".
viernes, 27 de enero de 2023
Luces
Ahora se ve. Ahora no. Ahora se ve. Ahora no. Hasta que el ojo se acostumbre, la habitación muestra por intermitencias su desorden y la disposición del mobiliario. Pero no se entiende: se intuye, porque el brevísimo lapso de iluminación no da tiempo a apreciar, a evaluar lo que está ahí, a entender que las bolsas cuelgan de la cuna despintada y convertida en sofá, que el árbol de navidad tiene una sobrecarga de adornos, que la alfombra está exageradamente sucia. Y el color tenue, ese policíaco azul, disfraza la realidad, cambia las reglas cromáticas del panorama, y ofrece un misterio que, por entenderse tan poco, seduce.
Si me hubieras visto en esos años y en esa situación, podrías haber dicho que no lo disfrutaba, que estaba muy inmerso en la compu. De a ratos sí, la verdad. Pero eran esos respiros en las extendidas sesiones de vicio, esas en las que permanecía hasta el amanecer, donde sentía plenitud. Claro, fácil sensación si estás de vacaciones, pero ahí estaba la noche calurosa, la vista al patio, la compu cargando el próximo partido de Liga Máster. Y la luz azul parpadeando.
Ver otras luces, blancas o amarillas, intermitentes o estables, pero siempre decorativas, me retrotrae a esa época, a esa sensación. Me aborda la nostalgia, después me desborda y siento que quiero volver. ¿Será por eso que tengo una proactividad tan baja en mi soledad? Confundo esas noches de paz, considero que sucedieron porque pude olvidar todo, cuando en realidad esa paz era porque no tenía ninguna responsabilidad. Hoy por hoy la ganancia es mayor, las cosas que quiero hacer me enorgullecen más y, aunque no las hago, sé que el tiempo que reposo buscando las luces azules no me es placentero. Hay todo un mundo que sigue girando, y si me quedo quieto me quedo atrás.
Por eso, cada vez que veo una luz intermitente me detengo a apreciarla. Admiro el lugar que la rodea, a los haces de luz que rebotan en las paredes, los objetos mostrándose y ocultándose al son de un ritmo inaudible. Y sonrío.
sábado, 21 de enero de 2023
La de enfrente/2
Desde que volví, es decir, recién comenzado el 2023, la persiana no volvió a abrirse. Y su ausencia me demostró mi ausencia propia, la falta de propósito en mis cosas que se acrecentó cuando me quedé sin laburo. De la nada, todos los días era mirar enfrente, al otro lado de la calle, para ver si ella volvió. Y nunca volvía.
Me preguntaba todos los días si se habría mudado, y enseguida me respondía que no, que los sillones todavía estaban, se los hubiera llevado. "¿Y si se fue y quedaron como propiedad del departamento? Ya van tres semanas sin verla", y en esa incógnita imposible de resolver se quedaba mi intriga total por la ventana de enfrente, la habitante que me entretenía todos los días, la seducción de lo desconocido que se apoderaba de mi ahora intrascendente vida.
No registré mi obsesión por ella hasta que vi, al fin, la ventana abierta. La persiana levantada, tras semanas de estar velando el interior del departamento de dos ambientes, ese departamento cuyo living/cocina se observa con totalidad desde el mío, y cuyo pasillo de ingreso a su pieza me mostró de pura casualidad su cuerpo desnudo saliendo de la ducha. Porque eso fue lo último que vi de ella: su cuerpo delgado, su presencia imponente, su cabello oscuro enhebrado entre sí con la típica consistencia del pelo largo mojado, y su cola desnuda, todo marchando hacia su pieza sin ninguna toalla, sin interrupciones, sin vergüenza. Y la vi girar hacia la derecha, noté sus pezones pequeños, erectos, noté que no supo que la vi, entendí que se metió a su pieza a vestirse, y eso fue la única vez en los próximos 21 días que encontré su color.
Y recién ahora recuerdo cómo, las tres semanas de larga incógnita, mi mente se debatió ininterrumpidamente si lo hizo a propósito, queriendo que por alguna de las grandes casualidades la vea o si, al ver que en el departamento de enfrente parecía no haber nadie, se sintió segura de no complicarse la salida del baño. Y ella, sin saberlo, cruzó de la ducha a la pieza en el preciso instante (lo juro) que atiné a juntar la ropa que estaba colgada en el tender del balcón. Tampoco supo ella que, si bien se habrá apartado de Rosario las tres semanas siguientes, no salió en ningún momento de la mente de su vecino, que la traía a la ciudad cada vez que un minuto parecía muerto.
Pero ya volvió. Ya está acá. Cuando me aburría durante su ausencia, me sentaba a desafiar la incógnita que tuve desde que se estableció en su nuevo hogar, a mirar, fija, larga y tendidamente la estructura de su departamento y pensar en lo que ella estaría haciendo. Pero volvió, y ahora no puedo parar de mirar enfrente. No puedo parar de incomodarla. No puedo notar su presencia y no intentar mostrarme, aparecer para ella, sacarme de la cabeza la tentación de mirarla y las ganas de, al fin, poder admirarla entera, conocerla de vista, saber cómo es.
Sé que lo nota. Porque las mujeres notan todo, y porque entre lo evidentes que somos los hombres soy el hombre más obvio que existe. Al ritmo que cae la persiana cada vez que la cierra, una apisonadora me aplasta el corazón acompañando el movimiento del plástico color marfil, y me paso las próximas jornadas sintiéndome un acosador y luchando conmigo para convencerme de que no la cerró por mí, que no todo pasa por mí. Pero sé, estoy seguro, de que lo nota.
Yo me mato pensando todos los días. Ella se apronta, cierra la persiana y se va a trabajar.
lunes, 2 de enero de 2023
Más allá de las nubes
Una imagen escrita se aparece en nuestra conversación. Fondo blanco, escritos organizados en semántica pero sueltos en frases, apartados de las normas de la prosa, de lo normal, de lo estructurado. Son los versos que me dedica, ella, en un arranque de fascinación, en esa sonrisa que se dibuja como una erupción cuando la belleza te agarra desprevenido, y no queda más que dibujar comisuras y menear la cabeza.
Busca lo mismo en mí, por eso me lo envía. Me pasa lo mismo, pero la impresión está tergiversada: creo haberla visto. Bah, estoy seguro de que la leí. Pero eso no importa: lo dado con amor resignifica todo, asciende el mensaje y lo transfigura, lo porta de milagros, de magia, le pone provisión de sueños a la mochila del que lo recibe.
Pero ya lo leí. No, no es solo que ya lo leí. Se aparece una impresión que debería haberse borrado, que creí haber olvidado: ya me lo dedicaron. La que amé, la primera, me lo dedicó. En ese momento formé comisuras, meneé la cabeza, quise (y logré) abrazarme a los renglones salteados, sentir su suavidad como un peluche gigantesco, que cabe en una hoja pero que es más grande que el sol, y reposé en él, descansé, y la encontré al mezclar su cara, sus besos, su sonrisa, en cada vuelta de cada letra.
Ya lo leí. Epifanía misteriosa es el recuerdo de amor, la memoria que es imborrable porque se cubre de cemento, se prolonga, se protege a sí misma. Se legitima como lo verdadero, como el placer que buscamos, y en desamor caemos tan en la tierra que olvidamos que allá arriba, superando las nubes, quedó escondido uno de tantos recuerdos de plenitud.
Me asusté. Maldije. Y me desdije: bienvenida la sorpresa errónea, lo escondido, lo no sabido, el riesgo. Tropezar inesperadamente con ese pasado tan alto me hizo darme cuenta de que también voy adornando el suelo con vivaces hechos nuevos, que todavía hay plenitud de espacio para más, y que estoy, de nuevo, más allá de las nubes.
lunes, 26 de diciembre de 2022
Aglutinación
Por suerte estaba sentado. Mi mirada se debatía entre algún punto fijo en la imagen del líder o la visión difuminada que arrojaba un conjunto de grises y amarillos. Escuchaba la mitad de las palabras, a la otra mitad la interrumpían pinchazos en el estómago. Al principio los atribuí al café de hacía un momento, pero luego entendí que en la digestión había más palabras que alimento.
Sentí dentro mío (ahí, justo arriba del ombligo, justo abajo del esternón) cómo las palabras se agrupaban como podían. Estuvieron juntas, pero desde hace media hora que el oído no paraba de agregar a ese menjunje mensajes mezclados en mayúscula, minúscula, negritas, vocablos positivos, neutros, negativos, que golpean como un rayo o que tienen cable a tierra. Y todo va a parar al mismo lado. Ahora hay tanto ahí que no se distingue nada: siquiera se entienden las letras, deformadas por la masa amorfa, por la violencia con la que se une el contenido, por la desesperación con la que se apelmazan en busca de tener algún sentido. Se le desprenden las patas a la A, las P no se sabe si son P o son R a las que se les desprendió la pierna... y hace rato que las palabras se separaron.
Me llaman. Me invitan en la mesa. Dejo aparte el estómago, y desde arriba sólo digo "sí, es una mala racha, en este tiempito va a cambiar, lo voy a conseguir". Es mentira. En este tiempito me voy a desesperar más. Si cambia es para mal, y ni siquiera es necesario un cambio: empeorar es el curso natural de las cosas, con cómo están planteadas.
Termino de hablar. Quiero creer que ya pasó, pero la bola por dentro no da más, en el estómago no hay capacidad para ningún agregado. Siento a la bola subir hasta la garganta. La quiero vomitar. Y solo sale, porque tengo que cuidar las formas en la realidad compartida y porque las palabras no cuidaron su forma en mi realidad interna, un vocablo despedazado, ininteligible, que solo lo entiende el interior. Un grito de puro volumen interno, que quiere decir algo, que quiere decir tanto que no puede hablar nada.
La reunión termina. Me voy de la oficina. Llueve. Ya en la calle, me pregunto cuánto más.
sábado, 10 de diciembre de 2022
La de enfrente
Como la personificación del ánima microscópica que se posa sobre el hombro izquierdo, como quien posee la perversión de abusarse de su superioridad, como quien no tiene nada mejor que hacer, ella se aparece. Se aparece siempre en el peor momento, en el más vulnerable: o fumándose un puchito, o tomando sol, o justo cuando su principal enemiga se va, ella irrumpe.
Ella es la testigo privilegiada de cómo una convivencia se está yendo al carajo. Tiene las evidencias enfrente, los ventanales de mi departamento ocupan toda la pared, no la privan de nada, y compartimos en altura el mismo piso 5. Así que sólo tiene que salir al balcón para tener, al otro lado de la calle, la peli de todos los días. Y cuando no hay emisión, se hace dueña con su presencia de mis pensamientos. ¿Me ve? ¿Lo hace a propósito? ¿Por qué espera a mi soledad, o a mi flaqueza, para mostrarse? ¿Por qué, si no le doy atención, desaparece tan rápido como abrir y cerrar la persiana?
Ella captura toda mi atención con el solo hecho de que sé que existe. Ahora mi balcón se asocia a ella, tiene su nombre, posee latente el misterio de la relajada presencia de sus cabellos azabache, de su figura incógnita, porque hasta ahora no me animé a mirarla. Aunque el plástico blanco tape todo su ventanal, si salgo al balcón mi cabeza se vuelve una pared que sufre a cada instante un pelotazo nuevo desde el departamento de enfrente, porque ahí vive ella, y no sé sus horarios, no sé cómo es, no sé cuándo va a aparecer, no sé si va a salir, no sé si le importo. Y despedazado por este infierno neurótico, secuestrado y a merced de lo que sea que pase, todos los días me pregunto qué me pasa, si ya no estoy enamorado, si salgo al balcón porque necesito sentir que corre aire o si es porque quiero verla, si me quiero sentir deseado o si me rompe las pelotas que no se pueda hacer invisible, abstraerse, tener respeto por una pareja que se está desarmando. Todo eso, esté o no esté afuera, salga o no a la calle, me siente a escribir o a llorar.
En tanto, ella abre el ventanal, sale afuera, se fuma un pucho y se vuelve a su pieza.
La habitación de al lado
Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante. Había quedado con su amiga en que, cuando se ...
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Estar volviendo a casa siempre acarrea la incógnita de enfrentarme al portón. Veo al sol incandescente pegando desde arriba (desde ...
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No es que no sepa cómo atravesarlo, es justamente lo contrario. Envidio a Odiseo, porque aunque tuvo que soportar el canto hipnóti...
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Algunas inspiraciones gritan por ser usadas. Yo las encierro en una caja, hasta que no escuche salir del cubo nada más ...




