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lunes, 25 de agosto de 2025

La luz

    Pánico, anhelo, intriga. Lo de siempre cada vez que enfilo mi trayectoria para acá. A veces, bah, siempre que soy consciente de mi camino, acomodo mi ruta por otras calles; quizá sea un poco más engorroso, ralentice mi llegada, pero comparo esa molestia con el dolor de pasar por acá y termina siendo preferible.
    
    Aunque hay veces en que la posición estratégica de tu casa y las capas de gasa que el tiempo le pone a las heridas hacen que olvide todos los protocolos, y así termino, de distraída que soy, pasando por tu esquina (aunque no seas su poseedor, el venir a verte implicaba naturalmente llegar por acá, así que cuando paso pienso en vos. Al menos en mi mente, esta esquina es tuya).

    Cuando avanzo por la avenida confundo qué tan metafórica es la realidad. Para ver cualquier balcón en específico del centro en una cuadra en perpendicular hay que llegar hasta la encrucijada, porque tristemente las calles de este lugar se sienten como fosas que a cada lado tienen murallas habitables de diez u once pisos de alto. Pero llegando a tu esquina la altura se hace un claro gracias al patio de la facultad, y entre todos los departamentos ubicados frente a él puedo ver tu balcón. El balcón del único ser que prende la luz de afuera cuando se hace de noche. El balcón donde fumábamos, el balcón donde nos abrazábamos fuerte para no sentir el frío, el balcón donde te dejé por primera vez. Mi parte favorita de tu casa.

    Todas las noches que, sin querer, paso por tu esquina, termino mirando para allá, por encima de mi hombro izquierdo, elevando el ángulo que se forma con la reja del patio de la facultad. Pero esta vez la luz estaba apagada. Y tu departamento se perdía entre todos los departamentos, fue un bloque oscuro de cemento más. No lo encontré, y a simple vista incluso me costaba distinguir a tu edificio del cielo convertido en negro.

    Paré la moto y me senté en la vereda del supermercado para encontrar tu lugar. También para encontrarme a mí: ¿cuánto de anhelo hay en estos accidentes? ¿Qué queda de mí si, ahora que está la luz apagada, cotejo la posibilidad de que puedas haberte mudado y de que ese balcón pertenezca a alguien más, un otro que ignora toda nuestra historia y por ignorarla solo ve mugre y colillas de cigarrillo, o tucas de porro, a las que hay que tirar a la basura urgentemente?

    Y así entiendo que no me animo a dejarte ir. No quiero volver normal esto. No quiero que nuestro pasado vuelva todo sepia, que unifique los colores, que relativice cada sentimiento de dolor y de amor ignorando la magnitud que tiene ahora y que es menor que la que tenía hace unos meses.

    IRRUPCIÓN. Se detiene mi soliloquio, mis palabras, mi corazón. 

    El balcón se iluminó. 

    De repente mis ojos apuntan exactamente a la luz cálida en un ángulo a 60° del piso, veo tu maceta deprimente colgando de la baranda. 

    Llegaste a casa. 

    Llegaste más tarde. 

    Seguís vivo. 

    Sin mí. 

    Seguís prendiendo la luz del balcón apenas llegás. 


    No entiendo cómo seguís siendo sin mí.



    No veo la hora de que pongan un edificio en este patio de mierda.

jueves, 1 de mayo de 2025

No estás

        ¿Cómo hago para llorar? Tengo una mujer atravesada en mi garganta, que no es una mujer sino mi novia, que no es mi novia sino alguien a quien pertenezco y que no me tiene. No hay canción que alcance, todas tienen ocupado su cupo de llanto, tienen a su identificación marcada con el sello de la tristeza curada, y ahora el arte me deja solo con este dolor que no conozco. 

Necesito que estés acá para llorar, para llorar con vos, pero justamente quiero llorar porque no estás. Nunca estás. No te puedo pedir nada, no te puedo ofrecer nada, no necesitás nada de mi, no me das nada. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que te moleste la obligación de ser novios? ¿Cuánta tolerancia te va a rebalsar para que ya no quieras salir de tu rutina para visitarme en mi asilo? ¿Qué va a ser lo que tapie la única ventana que te queda para verme? Porque entraste muchas cosas nuevas a tu casa y tu casa no puede crecer, el espacio es el mismo, y a las cosas nuevas las necesitás. Y un día voy a ir a visitarte y voy a encontrar mi ropa en el marco de la ventana porque no me vas a tirar a la calle pero te urge tener más lugar en el ropero. 

Te vi hacer tu camino, fuimos dos pavimentando tu calle, ese lugar al que odiabas llegar. ¿Te acordás de que no tenías ni un espejo en tu casa porque odiabas verte? Yo estaba ahí. Y estuve cuando te animaste a tener uno. Y me puse feliz por verte así. Te quisiste hacer un tatuaje que llegaba hasta tu mano, sabías que iba a quedar bien pero no sabías si el mundo te iba a cerrar la puerta, y me aseguré de que sepas que pase lo que pase al menos yo iba a estar ahí. Y te encantó el resultado. Y me puse feliz por verte así. Quisiste arrancar la carrera que querías estudiar, darte otra oportunidad de encontrarte, pero no sabías si te iba a dar el tiempo para todo, y me aseguré de que puedas contar conmigo. Y ahora amás ese espacio nuevo, amás lo que estudias, y estoy recontra feliz por vos. 

Ahora estás radiante, hermosísima, completamente feliz, y sin mí en ningún lado. ¿Y qué iba a hacer yo? ¿Ponerme como protagonista de algo en tu vida para asegurarme de que no me desplaces? ¿Pedirte que me hagas una gruta en la vereda para que me reces todos los días? Quise hacer cosas por mí porque hay vida más allá de vos, es cierto, y ahora hago deporte, tengo amigos de nuevo, escribo, hago música, pero seguís sin aparecer. Yo soy más feliz, pero sigo sin vos. Creí que así no iba a pensar tanto en vos, pero confundí el problema. El problema no es pensar mucho en vos, el problema es que ya no estás. Y encima no puedo llorar.

Ya no tengo lugar en tu vida, ¿y ahora qué mierda hago?

martes, 7 de enero de 2025

A. S.

            Ahora entiendo la locura por ella, por qué te deja "pedaleando en el aire": para imitar lo que le hacen los libros que lee.

            Una simple intervención, ella es la irrupción en persona: siempre aparece inoportuna, su propia belleza la hace impropia de su simpatía, de su interés, de su aparente vulnerabilidad.

            ¿Quién es más fuerte: la que no le hace daño nada o la que se nota que le duele y sin embargo la ves pasar, sonreír, dividirte?

            Por fuera de todo estatuto, lejana a toda prevención, impasible a los pronósticos, ella aparece, sonríe, saluda y se va.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Soy una naranja



                

                Soy una naranja. No sé cuál es mi propósito, no sé a qué se debe la maravilla de mi existencia: simplemente aparecí y, a medida que pasó el tiempo, caí en la cuenta de ello, de que soy una naranja. Veo mi entorno, rodeado de naranjas, exhibidos todos juntos en la bandeja, apilados mirando hacia el pasillo, y confirmo: sí, soy una naranja.


                El tiempo y los procesos que se dieron a su lado no hacen más que confirmar mi identidad: soy una naranja. Al principio no me decían nada, total era un objeto amorfo, no era más que un potencial fruto. Solo me miraban y esperaban, se fijaban en mí y decían "tu trabajo es crecer". Escondieron ahí, tapado por esas palabras como la cáscara que protege mi cuerpo, que cuando madure todo va a tener sentido, pero al mismo tiempo no sé si quería que mi piel abandone el verde por el azafranado. Mi árbol, en tanto, no hacía más que camuflar sus lamentos entre chistes ("yo antes fui una naranja también, si hubiera podido me habría quedado así jaja") mientras no paraba de inyectarme savia y esperanzas.

                Soy una naranja. Por eso maduré lo más rápido posible, porque vi que las reglas eran así. Fui testigo obligado de las felicitaciones a viva voz que hacía el bosque a las frutas que, por esforzarse y dedicarse exclusivamente a hacer el trabajo de crecer, eran elegidas por el zafrero, y soñaba con ser una de ellas. Toda acción y razón, implícita o explícita, se ubicaba apuntando a los ojos del cosechador y a mis oídos percibiendo el vitoreo de los viejos árboles verdes.

                Hasta que un día lo logré, me eligieron. ¡Cómo olvidarlo! Oculté mis lágrimas, escuché las felicitaciones. El mundo me había traído para un propósito, ser cosechado, y yo lo estaba cumpliendo, ¿Cómo no voy a llorar? La incógnita del futuro me era atractiva porque no había chance de que las cosas salgan mal. "Soy  una naranja repleta de jugo y semillas, voy a ser un árbol increíble", me repetía como mantra mientras el miedo de estar entrando en el mercado central se apoderaba cada vez más de mi entera circunferencia.

                "No nos quieren para ser árboles, nos quieren por nuestro jugo", me espetó rápidamente mi nuevo amigo, un poco más flaco que yo pero con la misma genética campestre. "El mundo ya tiene suficientes naranjos, pero cada vez más gente quiere beber sano jugo de fruta". Camuflé mi estupefacción ante el cambio de coordenadas de lo que quería ser. Admití a mi nuevo proyecto: no podré echar raíces, pero al menos sé que mi jugo es riquísimo, soy medio gordito, el que sepa de naranjas me va a valorar.

                Pero o bien nadie sabe de naranjas o mi jugo no es tan deseable, porque todos los verduleros van a la góndola de frutas brillantes, que encandilan, enamoran. Yo no llego a deslumbrar así, mi dueño no para de lustrarme con barnices asquerosos y antinaturales, pero no tengo chance. "Son genéticas distintas", opina mi amigo. "No tienen mucho jugo, y lo que tienen es desabrido. Por allá también están las otras, las que son más gordas que nosotros, pero son pura cáscara y gajos, poca pulpa". Los dos puestos son los más visitados de cítricos. 


                Soy una naranja, y ya no sé si importa qué tan buena naranja soy. Ya no sé si importa el esfuerzo que hice en crecer y tragar todos los nutrientes que me daban, tampoco sé si a alguien le interesa que sea 100% natural. Todo lo que importa es el jugo, lo que tengo adentro, pero compran al más anaranjado, al más gordo, aunque no tengan líquido. 

                Al final no importa la pulpa sino la ilusión de pulpa. Importa la creencia, aunque después corten la fruta, sea un asco, y puteen a todas las naranjas por igual: "estas naranjas nuevas, cada vez con menos gusto, con menos jugo, menos todo". Mientras acá mi amada sangre naranja conformada por grandes partes de glucosa está haciendo efecto en mi cáscara, que pica por los hongos que emulsionan fascinados por mi azúcar. 

                Al menos mi muerte segura, pronta a abordar, me valora por lo que soy: una naranja entera. Deseo esta muerte orgánica aunque sea humillante morir en vano, aunque el repugnante verde pastoso arda cada vez más y me enferme con su olor nauseabundo, porque es esto o ser exprimida por una demanda que no sé qué quiere, no sé cómo satisfacerla y que nunca va a parar. ¡La puta madre, yo ni siquiera quería ser exprimida! A eso me lo dijeron acá, yo crecí pensando que iba a ser un árbol. 


                Pero ya está. Ahora toca abrazar el abandono, la ineptitud, y compartir mi lecho con esos que no queríamos ser bajo ningún precepto: esas naranjas desnutridas que, como no llegan a hacer jugo, se tiran a dormir en la vereda hasta que una vieja, abrumada por el asco, las tire a la basura, esperando no verlas nunca más. 

jueves, 23 de mayo de 2024

Ahora que estoy borracho

"Cuando tomo alcohol siento que lo que hago no está tan mal
                                                        Pero a lo mejor es mi estado real"

           Después de una botella de vino no quiero viciar. Ni quiero dormir. Ni acariciar a mi gata más de 5 minutos. Quiero escuchar música mientras escribo este apunte sobre lo que me pasa. Porque en este estado deplorable (como evidencia de ello, tuve que intentar escribir deplorable seis veces) hay tantas interrupciones motrices y anímicas que no puedo hacer más que lo que quiero. Y cuando siento que se me va el valor le meto otro trago más, no vaya a ser que se me pase y vuelva a la monotonía, a la llanura habitual, al podría ser que no infla el globo por miedo a pincharlo.

            Una aguja pincha el globo igual, inflado o no, nada más que si lo pincha desinflado no te das cuenta hasta que es demasiado tarde. Pensamientos súbitos que no por tambaleantes y espontáneos pierden razón. Ya estoy condenado a ser un boludo, al menos intentaré serlo con convicción. Porque mi habitualidad rebota entre tratar el miedo a la intrascendencia y jugar jueguitos para olvidarlo. ¿Un tratamiento? Una vez por semana, los jueves a las 8:30, en el consultorio de Silvia. Eso es todo lo que puedo dar.

            No quiero ser el gil con los problemas boludos que me dijeron que soy, ni compartir esa categoría con la otra boluda que tiene los mismos problemas, toma los mismos anti depresivos y ya no me da bola. Lo soy, sí, pero no quiero. 

            ¿Y si necesito gastarme toda la plata en putas y timba como Dostoyevski? Ahí está, en realidad, el debate con la masividad, con lo que quiero ser, con lo que podría alcanzar. YA SÉ QUE SOY ANSIOSO. Tu problema es que querés ser Calamaro en el primer disco, diría la Silvia. Pero es difícil desligarse de las historias frenéticas e infumables, incoherentes y hasta ilegales detrás de cada gran obra. Si no es Van Gogh cortándose la oreja es Ross Robinson tirándole cosas a Joey Jordison para que toque enojado. El ver lo que se necesita para ser del tamaño que quiero me pone de frente con Vilemaw, así que discúlpenme por tenerle miedo a una araña gigante que ni en pedo enfrento solo.

             La intrascendencia. Otra vez la intrascendencia. Abrir los ojos y tener frente a ellos la evidencia de que no le intereso a la que me gustaría que pregunte por mí. El decirme que no insista, que no tengo por qué gustarle, el vacío posterior. El alcohol para llenarlo.


             La gata maullando allá.

             Yo, solo, escribiendo como único remedio.

sábado, 27 de enero de 2024

El oficio de asesino

            Siempre vas a seguir vivo si así te recuerdo. 

            Como somos desconocidos, el ver tus respuestas, el escuchar tu voz te mantendrá en el presente, como si hablaras acá, como ver el "That one night" de Megadeth y decir "así está Mustaine ahora".

            La realidad está creada por nuestra percepción, la negación es nuestra anteojera que oculta de nuestra vista lo que nos mata, lo que nos destruye, y es tan difícil entender que moriste que prefiero entender tu voz como un pedazo tuyo todavía vivo atrapado en una caja, como el locutor encerrado en el parlante de la radio.

            
            La muerte biológica, que entiende de 0 o 1, de vida o muerte; la muerte psicológica, que entiende que alguien está muerto sólo cuando así lo quiere, que considera a alguien vivo solo si su respiración no va a impedirte dormir por la noche.

            
            Me pregunto si asesinar a las caras que me duelen es lo correcto, o si simplemente cada puñalada, cada balazo al corazón ajeno es un ladrillo que me deja solo y atrofiando mis defensas, creyéndome más protegido cuando cada vez estoy más vulnerable. Porque claro, me relajo pensando que moriste porque ya no estás ni sé nada de vos, pero cuando aparecés desintegrás la pared que interpuse y mi neurosis se encarga de imaginar toda tu vida hasta acá a una velocidad supersónica.

            Te mato por mi bien, pero notar que sobreviviste me hace peor. Y no sé si matarte fue lo correcto o si tenía que tolerar tu existencia, dejarte respirar al lado mío o echarte de mi mente a las puteadas en vez de que simplemente me veas esfumarme cuando en realidad me desintegré.

            Es que ya vendí mi dignidad, el tiempo solo me vuelve miserable; en el llano, en la tierra fértil, crecen los recuerdos no superados. Si me quedo mirando la alfombra veo cómo brotan raíces de los recuerdos que tiré abajo de ella.

            Y no puedo hacer más que pensarte, que rendirte culto o resucitarte, en estos momentos en que me pregunto cuán vivo estoy.


lunes, 9 de octubre de 2023

Graniza

            Un granizo tupido, denso, insistente, cae ininterrumpidamente desde el viernes. Cada bloque de hielo tiene su forma única, su velocidad; cada uno venció una resistencia aerodinámica distinta. Algunos impactaron en el pavimento, nadie les prestó atención: sería incomprobable, por su intrascendencia, que alguna vez hayan existido, si no fuese por los cientos de lunares blancos que recubren el suelo junto a ellos. O si no fuese, también, por los perdigones del cielo que destruyen vidrios, que dejan su huella, previo a derretirse, evaporarse, y fingir que nada sucedió.

            

            Desde el viernes que miro el cielo, busco la nube negra. Desde el viernes que siento que me persigue. Está apuntando a mí, y no, no es de narciso, no es de paranoico, no me creo el actor principal de esta, nuestra, existencia. Es sólo que en la calle no puedo disimular mi angustia al ver las piedras caer frente a mí, escucharlas impactar a mis espaldas. La gente podrá ver mi cara de terror, pero en cada rostro que se atraviesa no veo más que normalidad.

            

            ¿Acaso no graniza para ellos? ¿Acaso no padecen la misma lapidación de la que quiero escapar? ¿Cómo es que salen a la calle y pueden hacer su vida sin que un pensamiento les pegue un piedrazo, o le apunte y erre por poco? Porque desde el viernes que los cascotes me persiguen en la vereda, adentro del departamento, o en los descansos en el trabajo. Desde hace cuatro días que esquivo piedras mientras tengo que simular normalidad, porque ya constaté que solo en mi mundo hay precipitaciones, que es mi mundo el que se precipita.

            
            Y hay momentos en los que me harto, me canso de ese desprecio del cielo en el que me convertí, y me dan ganas de devolver una piedra, una sola, aunque la gravedad se me ría en la cara.


    
            Pero la gravedad es otra cosa. La gravedad es ver en cada piedra, revisar una y cada una, y ver en ellas tu nombre.

lunes, 5 de junio de 2023

La próxima


        Está cantado. La práctica hace al maestro, pero nunca te dicen cuándo te entrega el título. ¿Cuánta práctica es necesaria para avanzar? El chico parece estar a merced de la arbitrariedad, o de la crueldad, del viejo Peugeot 405 que quiere aprender a pilotar.  

        Cuando te dicen para aprender a manejar, uno imagina girar el volante, meter cambios en el momento indicado e incorporar la sensibilidad del acelerador, y pasa por alto que, antes que todo eso, el auto tiene que querer salir. Así que ahí está el pobre diablo, girando la llave otra vez y acelerando con el embrague presionado al mismo tiempo. 

        El auto se desliza despacio por el asfalto, toma lentamente el valor de afrontar la empinada subida en la que está, e induce al joven a una renovada galaxia de ilusiones. Porque en este momento, en el que olvidó que la vecina de enfrente puede estar riéndose al otro lado de la ventana, en este horario justo y estudiado en el que la de la esquina, su amor no correspondido, vuelve de handball, y en esta única hora en la que su madre puede enseñarle a manejar y que ya se está por evaporar, su mundo se reduce a que el auto arranque. 

        Pensando en la inconmensurable simultaneidad de eventos se da cuenta de que el Peugeot está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable. Acelera despacio, con suspenso. 

        Un estruendo sacude al piloto hacia adelante, hacia atrás, y a la nueva ilusión hacia el suelo. Abruptamente el bólido se detiene. Por fuera demuestra desilusión, por dentro grita "la puta madre". "Bueno, casi. La próxima seguimos, no te preocupes", le dice su copiloto, que abre la puerta y baja. El novato asiente tímidamente, y sin despegar sus manos del volante exhala de forma sonora. 

        "La próxima me va a salir. Ya estuve cerca cuatro veces, pero la próxima va a salir". Se enoja por los intentos infructuosos, para luego relajarse recordando la tranquilidad con que su madre cerró la clase. Enseguida recae en que ella nunca se puso el cinturón de seguridad: ¿Acaso nunca confió en que iba a arrancar? No tendría que ser tan dramático, lo sabe, falta mucho para que, con él al volante, pueda suceder un accidente a una velocidad considerable, pero en esta ausencia de respuestas y en la incógnita del porvenir cualquier hipótesis, sobre todo las derrotistas, se materializan mientras se apartan de la realidad. Por esta vez, ya cansado, les da un portazo tras cerrar la puerta del auto, y dice en voz alta, con un suspiro mezclado entre su sonoridad, "la próxima será".




        Estamos, tras tanta espera, juntos. Hay oscuridad de noche en las cuadras, hay luces sepias en el barrio, y veinte personas amontonadas alrededor de nosotros, contiguos a la garita de colectivo. Los dos parados, uno al lado del otro, vos contándome de tu día. Te miro hablar, me quedo mirándote los labios, y siento como mi cuerpo se desliza lentamente por el aire, toma el valor de afrontar lentamente la subida en la que está metido, en la que yo lo metí y el me metió, y la parada se transforma en una galaxia lejana, que se desgrana en tanto y en cuanto mi mundo y mi existencia están cerca tuyo. 

        Aunque esté al volante de mi vida, y sea que tome la decisión de intentarlo o que prefiera reservar las energías anímicas, estoy entregado a la arbitrariedad de mi cuerpo, de los hechos, de tu preferencia, para saber si puedo poner primera o no. Y en este preciso instante en el que las subordinadas que invadieron tu diálogo concluyeron, en que el silencio domina este mismo espacio en el que veinte sujetos hablan a la vez, percibo como mi ser está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable.

        El cole ya partió, vos ya te subiste. La llegada del 153 fue un estruendo que me sacudió hacia todas las direcciones menos hacia arriba, justo cuando creí que estaba más cerca que nunca. ¿Habrá sido un delirio? ¿Habré estado equivocado? ¿Acaso estuve cerca, o fue porque sabías lo lejos que estoy de arrancar que no tenías puesto el cinturón de seguridad?

        El celeste característico desapareció un par de cuadras más allá. Las personas reaparecen, ahora son sólo cinco. Miro lo que falta para que pase el próximo colectivo, ahora que decidí no tomarme el mismo que vos aunque me deje a una cuadra de mi casa. Asumo que tendré que estar diez minutos más acá parado, y mirando las hojas que se mezclan en el negro del cielo nocturno, digo en voz baja, con un suspiro mezclado entre la sonoridad de mis palabras, "la próxima será".

martes, 25 de abril de 2023

Orgánico

             ¿Será por su encanto? ¿O porque todavía no me di cuenta de que no me gusta? ¿O es que me encanta y me da pánico pensar en el más allá, en el cómo? 


                No sé el motivo, pero no puedo imaginarla eróticamente. Sólo quiero abrazarla, toda la noche si es posible, y quiero tener su pelo debajo de mi nariz, escucharla respirar encima de mi pecho, y acariciarle la cabeza para que duerma en paz. Quiero abrazarla fuerte y cagar a piñas al que la quiera molestar.


                Todo mientras seguimos siendo amigos, todo mientras desconozco el sabor de su boca.


            Quizá si expreso mi atracción por otra enfrente de ella le llamo la atención y se la juega, quizá así origino un lance, o quizá mejor invento alguna excusa para verla de nuevo... Pero ya no tengo ganas, no quiero idear estrategias: la única forma de que salga algo bueno con ella (amistad u onda) es que lo que sea sea genuino, orgánico.



                Quiero dormir con vos de nuevo. Quiero enamorarme otra vez de vos, como cuando estabas acostada al lado mío, arreglando la cama, y yo estaba mirando el tornillo fijamente, entendiendo lo cerca que estaba el peligro de embobarme mirándote.


                Quiero abrazarte toda la noche. Es lo único que sé.

miércoles, 5 de abril de 2023

Santuario

             No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.



            No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.



            No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.



            No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.

            Para creerlo.

viernes, 31 de marzo de 2023

Ilusión (o espera)

            No quería que me conquistes, ni que me busques enloquecida. No sé si me gustaría verte corriendo, vernos corriendo. Prefiero no imaginarme hablándote todas las noches. 

            
            No quería palabras especiales, no quería migas de tu atención, no quería que todo sea como lo imaginaba.

            
            No quería invitarte a dormir, no quiero que nos enamoremos, no quería hacerme la cabeza pensando en nuestro futuro, no quería amargarme el día con un corazón roto, ni llegar a esta casa desamoblada con ganas de escribirte algo. 

            
            No quería llenar tu ausencia pensando en otra, ni fingir que no me importás.




            Sólo quería que me elijas.

jueves, 30 de marzo de 2023

El éxito

            ¿Podés creer?  Estoy acostado mirando el techo de mi casa.


            Que no es casa. No es nuestra casa. 


            Es mi casa.


            Escuchar música tranquilo (porque ya tengo abono en el celular), mirar por las ventanas (porque tanto en el balcón como en la ventana de la pieza tengo una vista preciosa), pensar en música, escribir, salir con amigos...


            Todo se transformó, se agrandó, ocupó dinámicamente, como un globo que se expande por todo el espacio que las paredes le dejan, mi vida y mi tiempo.


            Y me va re bien en el laburo. Y siento que me merezco lo que tengo. Y no me conformo. Y amo. Y río, sin obedecer al kitsch del momento.


            Estoy bien.


            Estoy tan bien, tan en paz, que a veces me doy, me puedo dar, el lujo de acostarme a mirar el techo y escuchar música. Y entonces, en paz, sin tener urgencias que cubrir, sin tener nada que me quite el sueño, te pienso y digo que no puedo creer que nos hayamos separado.

lunes, 6 de marzo de 2023

La lanza

             (...) te podría haber hecho reír. Te podría dar un amor gigante. Podríamos haber hablado de psicoanálisis, ponele. Te habría escuchado con fascinación en lo que sea que cuentes, ese misterio que guardas y que desconozco. Hubiera sido genial.


            Porque los dos nos gustamos.


            No me habría cansado nunca de decirte lo hermosa que sos.


            Estaba dispuesto a morir por esto. Hasta me imaginé enganchados, y vos preguntándome cuánta seriedad puede tener mi amor si recién me separé. Y me imaginé diciéndote que sí, que en algún momento iba a sufrir un lanzazo que me atraviese la espalda y el corazón, pero que estoy dispuesto a comérmelo por vos, si es que querés quedarte, y que si te vas lo entendería, y si sigo vivo después del lanzazo te amaría por siempre. 


            Y bueno... Si el lanzazo me mata, mi muerte habrá valido la pena. Porque definitivamente me muero por vos.


            Pero me descartaste. Cómo duele, taladra, aniquila.

domingo, 5 de marzo de 2023

Campanazo

             Sonó una campana y me sobrevino verte feliz. 


             La noche. 


             Las noches volviendo de El Cairo, esas en las que la iglesia, abruptamente, señalaba una nueva hora y daba inicio a la magia de la fantasía, a la hora de los cuentos.


             Todas las calles duelen el doble. A las obvias las tolero, estoy preparado para pasar por donde viví y fingir que la cuadra me da lo mismo. pero hoy doblé en Sarmiento y mi interior quedó vacío de voluntad, se redujo a cenizas escuchándote contarme que esa era tu calle favorita.


             Este campanazo me hizo recordar que no estoy preparado para olvidarte, para enamorarme, para buscar a alguien. Que es impredecible lo mucho que te amo, que todavía me encantaría que haya sido distinto, que todavía me duele la neurosis de verte feliz. Odio la necesidad de hacer de tipo duro sabiendo que tu percepción atraviesa toda máscara y que mis neuronas, mis ganas y mi tracción están anudados a tus mañas, a tu belleza, a tus palabras.


            Me muero de ganas de ir más allá de vos. Pero no puedo, no es momento tampoco. 


            Nunca será momento. Simplemente ocurrirá.


            Hasta ese entonces, juego a imaginarme que sos fácil de reemplazar, en esos momentos en que mi ansiedad por ver a Liza resuena en todo el barrio y, sin embargo, solo queda la frialdad de la leve existencia.

domingo, 12 de febrero de 2023

Sobre Brunellesco


    
                


                    Madera, qué material más noble. La observo con profundidad, me embobo como siempre. La madera no admite mentiras: si está pintada es porque es mala, sino ella por sí misma, en la naturalidad de sus dibujos y su brillo, se luce. También es la antítesis de la ley femenina: se enorgullece contando, mediante el desgaste de sus bordes y la suavización de sus texturas, su edad verdadera.


                     La madera de la barra confiesa, en el color oscuro, profundo del algarrobo, que lleva más de 50 años exhibiendo medialunas. O eso imagino, bah, porque apenas llevo un año viniendo acá. Suelo imaginarme cosas cuando entro: su presencia me reconforta, me ordena, sus curvas me hipnotizan. Un sorbo de café, otro, y la mirada ahora se concentra en la mermelada patagónica, en la bufanda de Ireland, en la transmisión alemana mostrando en silencio un documental de Rammstein.


                    Adoro viajar mentalmente, ahora que mi vida es un viaje interminable. Todo se mueve y yo estoy quieto, tomando café doble con dos medialunas dulces, escuchando jazz en un bar europeo iluminado en sepia y pensando qué historia me invento hoy.


                    Ruido, casi estruendo atravesando mis oídos. No suele percibirse, pero este móvil fue particularmente ruidoso. Sin pensarlo, por acto reflejo, miro al 35/9 parando afuera, al otro lado del vidrio, ahí donde la luz y la paleta de colores está dominada por el gris del hormigón, el blanco de las fachadas, el metal de la pescadería. En ese solo asomo, un sueño se derrumba, y en la trágica defunción solo una frase lapidaria se me escapa: "cierto, estoy en Rosario".

viernes, 27 de enero de 2023

Luces




            Ahora se ve. Ahora no. Ahora se ve. Ahora no. Hasta que el ojo se acostumbre, la habitación muestra por intermitencias su desorden y la disposición del mobiliario. Pero no se entiende: se intuye, porque el brevísimo lapso de iluminación no da tiempo a apreciar, a evaluar lo que está ahí, a entender que las bolsas cuelgan de la cuna despintada y convertida en sofá, que el árbol de navidad tiene una sobrecarga de adornos, que la alfombra está exageradamente sucia. Y el color tenue, ese policíaco azul, disfraza la realidad, cambia las reglas cromáticas del panorama, y ofrece un misterio que, por entenderse tan poco, seduce.


            Si me hubieras visto en esos años y en esa situación, podrías haber dicho que no lo disfrutaba, que estaba muy inmerso en la compu. De a ratos sí, la verdad. Pero eran esos respiros en las extendidas sesiones de vicio, esas en las que permanecía hasta el amanecer, donde sentía plenitud. Claro, fácil sensación si estás de vacaciones, pero ahí estaba la noche calurosa, la vista al patio, la compu cargando el próximo partido de Liga Máster. Y la luz azul parpadeando.


            Ver otras luces, blancas o amarillas, intermitentes o estables, pero siempre decorativas, me retrotrae a esa época, a esa sensación. Me aborda la nostalgia, después me desborda y siento que quiero volver. ¿Será por eso que tengo una proactividad tan baja en mi soledad? Confundo esas noches de paz, considero que sucedieron porque pude olvidar todo, cuando en realidad esa paz era porque no tenía ninguna responsabilidad. Hoy por hoy la ganancia es mayor, las cosas que quiero hacer me enorgullecen más y, aunque no las hago, sé que el tiempo que reposo buscando las luces azules no me es placentero. Hay todo un mundo que sigue girando, y si me quedo quieto me quedo atrás.


            Por eso, cada vez que veo una luz intermitente me detengo a apreciarla. Admiro el lugar que la rodea, a los haces de luz que rebotan en las paredes, los objetos mostrándose y ocultándose al son de un ritmo inaudible. Y sonrío.

sábado, 21 de enero de 2023

La de enfrente/2


    
            



                Desde que volví, es decir, recién comenzado el 2023, la persiana no volvió a abrirse. Y su ausencia me demostró mi ausencia propia, la falta de propósito en mis cosas que se acrecentó cuando me quedé sin laburo. De la nada, todos los días era mirar enfrente, al otro lado de la calle, para ver si ella volvió. Y nunca volvía.


        Me preguntaba todos los días si se habría mudado, y enseguida me respondía que no, que los sillones todavía estaban, se los hubiera llevado. "¿Y si se fue y quedaron como propiedad del departamento? Ya van tres semanas sin verla", y en esa incógnita imposible de resolver se quedaba mi intriga total por la ventana de enfrente, la habitante que me entretenía todos los días, la seducción de lo desconocido que se apoderaba de mi ahora intrascendente vida.


        No registré mi obsesión por ella hasta que vi, al fin, la ventana abierta. La persiana levantada, tras semanas de estar velando el interior del departamento de dos ambientes, ese departamento cuyo living/cocina se observa con totalidad desde el mío, y cuyo pasillo de ingreso a su pieza me mostró de pura casualidad su cuerpo desnudo saliendo de la ducha. Porque eso fue lo último que vi de ella: su cuerpo delgado, su presencia imponente, su cabello oscuro enhebrado entre sí con la típica consistencia del pelo largo mojado, y su cola desnuda, todo marchando hacia su pieza sin ninguna toalla, sin interrupciones, sin vergüenza. Y la vi girar hacia la derecha, noté sus pezones pequeños, erectos, noté que no supo que la vi, entendí que se metió a su pieza a vestirse, y eso fue la única vez en los próximos 21 días que encontré su color. 


        Y recién ahora recuerdo cómo, las tres semanas de larga incógnita, mi mente se debatió ininterrumpidamente si lo hizo a propósito, queriendo que por alguna de las grandes casualidades la vea o si, al ver que en el departamento de enfrente parecía no haber nadie, se sintió segura de no complicarse la salida del baño. Y ella, sin saberlo, cruzó de la ducha a la pieza en el preciso instante (lo juro) que atiné a juntar la ropa que estaba colgada en el tender del balcón. Tampoco supo ella que, si bien se habrá apartado de Rosario las tres semanas siguientes, no salió en ningún momento de la mente de su vecino, que la traía a la ciudad cada vez que un minuto parecía muerto. 


        Pero ya volvió. Ya está acá. Cuando me aburría durante su ausencia, me sentaba a desafiar la incógnita que tuve desde que se estableció en su nuevo hogar, a mirar, fija, larga y tendidamente la estructura de su departamento y pensar en lo que ella estaría haciendo. Pero volvió, y ahora no puedo parar de mirar enfrente. No puedo parar de incomodarla. No puedo notar su presencia y no intentar mostrarme, aparecer para ella, sacarme de la cabeza la tentación de mirarla y las ganas de, al fin, poder admirarla entera, conocerla de vista, saber cómo es. 


Sé que lo nota. Porque las mujeres notan todo, y porque entre lo evidentes que somos los hombres soy el hombre más obvio que existe. Al ritmo que cae la persiana cada vez que la cierra, una apisonadora me aplasta el corazón acompañando el movimiento del plástico color marfil, y me paso las próximas jornadas sintiéndome un acosador y luchando conmigo para convencerme de que no la cerró por mí, que no todo pasa por mí. Pero sé, estoy seguro, de que lo nota.


Yo me mato pensando todos los días. Ella se apronta, cierra la persiana y se va a trabajar.

lunes, 2 de enero de 2023

Más allá de las nubes


    




    Una imagen escrita se aparece en nuestra conversación. Fondo blanco, escritos organizados en semántica pero sueltos en frases, apartados de las normas de la prosa, de lo normal, de lo estructurado. Son los versos que me dedica, ella, en un arranque de fascinación, en esa sonrisa que se dibuja como una erupción cuando la belleza te agarra desprevenido, y no queda más que dibujar comisuras y menear la cabeza.

    Busca lo mismo en mí, por eso me lo envía. Me pasa lo mismo, pero la impresión está tergiversada: creo haberla visto. Bah, estoy seguro de que la leí. Pero eso no importa: lo dado con amor resignifica todo, asciende el mensaje y lo transfigura, lo porta de milagros, de magia, le pone provisión de sueños a la mochila del que lo recibe. 

    Pero ya lo leí. No, no es solo que ya lo leí. Se aparece una impresión que debería haberse borrado, que creí haber olvidado: ya me lo dedicaron. La que amé, la primera, me lo dedicó. En ese momento formé comisuras, meneé la cabeza, quise (y logré) abrazarme a los renglones salteados, sentir su suavidad como un peluche gigantesco, que cabe en una hoja pero que es más grande que el sol, y reposé en él, descansé, y la encontré al mezclar su cara, sus besos, su sonrisa, en cada vuelta de cada letra.

    Ya lo leí. Epifanía misteriosa es el recuerdo de amor, la memoria que es imborrable porque se cubre de cemento, se prolonga, se protege a sí misma. Se legitima como lo verdadero, como el placer que buscamos, y en desamor caemos tan en la tierra que olvidamos que allá arriba, superando las nubes, quedó escondido uno de tantos recuerdos de plenitud.

    Me asusté. Maldije. Y me desdije: bienvenida la sorpresa errónea, lo escondido, lo no sabido, el riesgo. Tropezar inesperadamente con ese pasado tan alto me hizo darme cuenta de que también voy adornando el suelo con vivaces hechos nuevos, que todavía hay plenitud de espacio para más, y que estoy, de nuevo, más allá de las nubes.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Aglutinación

        





        Por suerte estaba sentado. Mi mirada se debatía entre algún punto fijo en la imagen del líder o la visión difuminada que arrojaba un conjunto de grises y amarillos. Escuchaba la mitad de las palabras, a la otra mitad la interrumpían pinchazos en el estómago. Al principio los atribuí al café de hacía un momento, pero luego entendí que en la digestión había más palabras que alimento. 


Sentí dentro mío (ahí, justo arriba del ombligo, justo abajo del esternón) cómo las palabras se agrupaban como podían. Estuvieron juntas, pero desde hace media hora que el oído no paraba de agregar a ese menjunje mensajes mezclados en mayúscula, minúscula, negritas, vocablos positivos, neutros, negativos, que golpean como un rayo o que tienen cable a tierra. Y todo va a parar al mismo lado. Ahora hay tanto ahí que no se distingue nada: siquiera se entienden las letras, deformadas por la masa amorfa, por la violencia con la que se une el contenido, por la desesperación con la que se apelmazan en busca de tener algún sentido. Se le desprenden las patas a la A, las P no se sabe si son P o son R a las que se les desprendió la pierna... y hace rato que las palabras se separaron.

Me llaman. Me invitan en la mesa. Dejo aparte el estómago, y desde arriba sólo digo "sí, es una mala racha, en este tiempito va a cambiar, lo voy a conseguir". Es mentira. En este tiempito me voy a desesperar más. Si cambia es para mal, y ni siquiera es necesario un cambio: empeorar es el curso natural de las cosas, con cómo están planteadas. 


Termino de hablar. Quiero creer que ya pasó, pero la bola por dentro no da más, en el estómago no hay capacidad para ningún agregado. Siento a la bola subir hasta la garganta. La quiero vomitar. Y solo sale, porque tengo que cuidar las formas en la realidad compartida y porque las palabras no cuidaron su forma en mi realidad interna, un vocablo despedazado, ininteligible, que solo lo entiende el interior. Un grito de puro volumen interno, que quiere decir algo, que quiere decir tanto que no puede hablar nada.


La reunión termina. Me voy de la oficina. Llueve. Ya en la calle, me pregunto cuánto más.

sábado, 10 de diciembre de 2022

La de enfrente


    
    



        Como la personificación del ánima microscópica que se posa sobre el hombro izquierdo, como quien posee la perversión de abusarse de su superioridad, como quien no tiene nada mejor que hacer, ella se aparece. Se aparece siempre en el peor momento, en el más vulnerable: o fumándose un puchito, o tomando sol, o justo cuando su principal enemiga se va, ella irrumpe. 

Ella es la testigo privilegiada de cómo una convivencia se está yendo al carajo. Tiene las evidencias enfrente, los ventanales de mi departamento ocupan toda la pared, no la privan de nada, y compartimos en altura el mismo piso 5. Así que sólo tiene que salir al balcón para tener, al otro lado de la calle, la peli de todos los días. Y cuando no hay emisión, se hace dueña con su presencia de mis pensamientos. ¿Me ve? ¿Lo hace a propósito? ¿Por qué espera a mi soledad, o a mi flaqueza, para mostrarse? ¿Por qué, si no le doy atención, desaparece tan rápido como abrir y cerrar la persiana? 

Ella captura toda mi atención con el solo hecho de que sé que existe. Ahora mi balcón se asocia a ella, tiene su nombre, posee latente el misterio de la relajada presencia de sus cabellos azabache, de su figura incógnita, porque hasta ahora no me animé a mirarla. Aunque el plástico blanco tape todo su ventanal, si salgo al balcón mi cabeza se vuelve una pared que sufre a cada instante un pelotazo nuevo desde el departamento de enfrente, porque ahí vive ella, y no sé sus horarios, no sé cómo es, no sé cuándo va a aparecer, no sé si va a salir, no sé si le importo. Y despedazado por este infierno neurótico, secuestrado y a merced de lo que sea que pase, todos los días me pregunto qué me pasa, si ya no estoy enamorado, si salgo al balcón porque necesito sentir que corre aire o si es porque quiero verla, si me quiero sentir deseado o si me rompe las pelotas que no se pueda hacer invisible, abstraerse, tener respeto por una pareja que se está desarmando. Todo eso, esté o no esté afuera, salga o no a la calle, me siente a escribir o a llorar.

En tanto, ella abre el ventanal, sale afuera, se fuma un pucho y se vuelve a su pieza.

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...