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jueves, 2 de octubre de 2025

el día después


(...), no sé cómo encontrar la fórmula para no querer que esté cuando haga lo que sea que quiera hacer. No entiendo cuántos experimentos tengo que intentar hasta que pueda no ponerle una máscara con su cara a la que esté saliendo conmigo. Y no sé cómo dejar de estudiar escultura para así dejar de crear muñecos de su cuerpo todas las veces que encuentro una explicación nueva. Ya no quiero poner la silla vacía enfrente mío y hablarle a la nada para aliviar mi dolor imaginando que me escucha y que dialogamos. 

Ya no quiero abrazarla, pero no puedo dejarla ir. En algún momento se me ocurrió la idea de que va a venir a buscarme el día después de que deje de esperarla, y entonces cada vez que dejo de pensar en ella determino que este es el momento que definitivamente la superé, y, por ende, el momento en el que me escribe.

Pienso que seré prisionero por siempre del fantasma tatuado, careta, de pelo perfecto y perfume l'Interdit que me persigue.

Entonces entiendo que es un pensamiento apocalíptico. Y que padezco de ansiedad. 

Y recuerdo que todo va a pasar.

Algún día va a pasar.



Sin que vuelva. 

lunes, 29 de septiembre de 2025

Finales

        Anunció con gritos que estaba contento de verme. Gritos camuflados en ladridos, transformados en los ruidos que hacen sus patitas (más precisamente las uñitas de sus patitas) chocando descontroladamente contra el parquet plastificado. Las minúsculas extremidades lo impulsan desenfrenadamente hacia mi pantalón; intenta crecer, besar mi cara. Es un torpísimo monolito de carne con una densidad similar al plomo que pasa todo por arriba, que se desespera con facilidad, que no oculta ninguna emoción, dramático por demás. 

        Y se alegró por verme. 

        Y me va lamer mucho. 

        Y me va a saludar muchas veces en la noche.


        Sin saber que es la última vez que me va a ver.

        Yo lo sé. 

        Ella tampoco lo sabía. Así que puso su amor en esa masa estirada, en el queso arriba de la salsa, en el horno y después en el producto cortado en ocho porciones. En cada charla que esquivaba la pregunta de qué nos pasaba, de qué me pasa, de qué quiero, de cómo estamos, de cómo estoy. 

        De si superé a mi ex. De si necesito estar solo. 

        De si estoy preparado para dar amor.

        De si me gusta lo suficiente como para seguir intentándolo.

        Sus lágrimas no brotaron hasta que se puso en falta. Sé que le hubiese sido más fácil que extrañe a Mili, que me haya enamorado de otra, que sea un pelotudo. Que haya interpretado su preocupación como toxicidad y le haya puesto una red flag. Le habría salvado muchas sesiones de terapia que yo le haga caso a las banderas y huya por precaución.  

        Pero no hay nada. A veces uno desearía que haya más subtexto, que haya caído un meteorito que irrumpa con todo y así decir "claro, fue culpa del espacio exterior". Un agente externo, un deus ex machina que me ahorre todo este dolor de tener que reconocer que no quiero seguir, que no hay solución, que no veo ninguna forma de intentar que se arregle porque realmente ya no puedo elegir esto.

        Quisiera haberte visto sin saber que era la última vez. Quisiera haber acariciado así a Merlí porque me genera ese amor, y no porque ya no lo iba a volver a ver ni iba a escuchar sus uñitas contra el piso una vez más. Adoraría que la vida me haya ahorrado bajar por tu ascensor con un llanto tan grande, quisiera poder esquivar el tener el perfecto conocimiento de que no va a volver a pasar esto. De que ya no voy a caminar por Echesortu con vos.


        Quisiera que la vida me ahorre sus finales. Ese final que no quise ver con Mili y del que recién ahora estoy dejando de sufrir las consecuencias de mi negación. El final de este trayecto que, apenas lo comencé, sabía que iba a llegar, y sin embargo disfruté el camino, y me hubiese encantado que dure más. El final de las amistades que hice en el trabajo y que ahora se juntan sin mí, guardan de mis oídos quién sabe cuántas verdades, cuántas opiniones, cuántas veces sus cuerpos desnudos se encuentran y no pueden contarlo. El final de una confianza que ya venía golpeada por llevar seis meses jugando al ajedrez entre lo que me dicen y lo que es, entre lo que veo y lo que me cuentan, entre lo que pregunto y lo que me ocultan. 


        Quisiera que lo que amo deje de terminarse. Quisiera que algo se quede quieto, que alguna relación humana perdure, o que al menos se transforme. Ya no quiero verme obligado al reemplazo como método de supervivencia en la vida tan frenética que elegí vivir. 

    Sin embargo, todos estos finales están bien. Todo lo que termina tenía que morir. No elijo nada de lo que se fue. 

    Y entonces, la nada.

    El vacío.

    Ignorar qué va a brotar del suelo descampado entre todos los árboles que cayeron y los que talé.

    Sentarme a mirar.

    Y esperar.



    Otra vez solo.

lunes, 25 de agosto de 2025

La luz

    Pánico, anhelo, intriga. Lo de siempre cada vez que enfilo mi trayectoria para acá. A veces, bah, siempre que soy consciente de mi camino, acomodo mi ruta por otras calles; quizá sea un poco más engorroso, ralentice mi llegada, pero comparo esa molestia con el dolor de pasar por acá y termina siendo preferible.
    
    Aunque hay veces en que la posición estratégica de tu casa y las capas de gasa que el tiempo le pone a las heridas hacen que olvide todos los protocolos, y así termino, de distraída que soy, pasando por tu esquina (aunque no seas su poseedor, el venir a verte implicaba naturalmente llegar por acá, así que cuando paso pienso en vos. Al menos en mi mente, esta esquina es tuya).

    Cuando avanzo por la avenida confundo qué tan metafórica es la realidad. Para ver cualquier balcón en específico del centro en una cuadra en perpendicular hay que llegar hasta la encrucijada, porque tristemente las calles de este lugar se sienten como fosas que a cada lado tienen murallas habitables de diez u once pisos de alto. Pero llegando a tu esquina la altura se hace un claro gracias al patio de la facultad, y entre todos los departamentos ubicados frente a él puedo ver tu balcón. El balcón del único ser que prende la luz de afuera cuando se hace de noche. El balcón donde fumábamos, el balcón donde nos abrazábamos fuerte para no sentir el frío, el balcón donde te dejé por primera vez. Mi parte favorita de tu casa.

    Todas las noches que, sin querer, paso por tu esquina, termino mirando para allá, por encima de mi hombro izquierdo, elevando el ángulo que se forma con la reja del patio de la facultad. Pero esta vez la luz estaba apagada. Y tu departamento se perdía entre todos los departamentos, fue un bloque oscuro de cemento más. No lo encontré, y a simple vista incluso me costaba distinguir a tu edificio del cielo convertido en negro.

    Paré la moto y me senté en la vereda del supermercado para encontrar tu lugar. También para encontrarme a mí: ¿cuánto de anhelo hay en estos accidentes? ¿Qué queda de mí si, ahora que está la luz apagada, cotejo la posibilidad de que puedas haberte mudado y de que ese balcón pertenezca a alguien más, un otro que ignora toda nuestra historia y por ignorarla solo ve mugre y colillas de cigarrillo, o tucas de porro, a las que hay que tirar a la basura urgentemente?

    Y así entiendo que no me animo a dejarte ir. No quiero volver normal esto. No quiero que nuestro pasado vuelva todo sepia, que unifique los colores, que relativice cada sentimiento de dolor y de amor ignorando la magnitud que tiene ahora y que es menor que la que tenía hace unos meses.

    IRRUPCIÓN. Se detiene mi soliloquio, mis palabras, mi corazón. 

    El balcón se iluminó. 

    De repente mis ojos apuntan exactamente a la luz cálida en un ángulo a 60° del piso, veo tu maceta deprimente colgando de la baranda. 

    Llegaste a casa. 

    Llegaste más tarde. 

    Seguís vivo. 

    Sin mí. 

    Seguís prendiendo la luz del balcón apenas llegás. 


    No entiendo cómo seguís siendo sin mí.



    No veo la hora de que pongan un edificio en este patio de mierda.

jueves, 1 de mayo de 2025

No estás

        ¿Cómo hago para llorar? Tengo una mujer atravesada en mi garganta, que no es una mujer sino mi novia, que no es mi novia sino alguien a quien pertenezco y que no me tiene. No hay canción que alcance, todas tienen ocupado su cupo de llanto, tienen a su identificación marcada con el sello de la tristeza curada, y ahora el arte me deja solo con este dolor que no conozco. 

Necesito que estés acá para llorar, para llorar con vos, pero justamente quiero llorar porque no estás. Nunca estás. No te puedo pedir nada, no te puedo ofrecer nada, no necesitás nada de mi, no me das nada. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que te moleste la obligación de ser novios? ¿Cuánta tolerancia te va a rebalsar para que ya no quieras salir de tu rutina para visitarme en mi asilo? ¿Qué va a ser lo que tapie la única ventana que te queda para verme? Porque entraste muchas cosas nuevas a tu casa y tu casa no puede crecer, el espacio es el mismo, y a las cosas nuevas las necesitás. Y un día voy a ir a visitarte y voy a encontrar mi ropa en el marco de la ventana porque no me vas a tirar a la calle pero te urge tener más lugar en el ropero. 

Te vi hacer tu camino, fuimos dos pavimentando tu calle, ese lugar al que odiabas llegar. ¿Te acordás de que no tenías ni un espejo en tu casa porque odiabas verte? Yo estaba ahí. Y estuve cuando te animaste a tener uno. Y me puse feliz por verte así. Te quisiste hacer un tatuaje que llegaba hasta tu mano, sabías que iba a quedar bien pero no sabías si el mundo te iba a cerrar la puerta, y me aseguré de que sepas que pase lo que pase al menos yo iba a estar ahí. Y te encantó el resultado. Y me puse feliz por verte así. Quisiste arrancar la carrera que querías estudiar, darte otra oportunidad de encontrarte, pero no sabías si te iba a dar el tiempo para todo, y me aseguré de que puedas contar conmigo. Y ahora amás ese espacio nuevo, amás lo que estudias, y estoy recontra feliz por vos. 

Ahora estás radiante, hermosísima, completamente feliz, y sin mí en ningún lado. ¿Y qué iba a hacer yo? ¿Ponerme como protagonista de algo en tu vida para asegurarme de que no me desplaces? ¿Pedirte que me hagas una gruta en la vereda para que me reces todos los días? Quise hacer cosas por mí porque hay vida más allá de vos, es cierto, y ahora hago deporte, tengo amigos de nuevo, escribo, hago música, pero seguís sin aparecer. Yo soy más feliz, pero sigo sin vos. Creí que así no iba a pensar tanto en vos, pero confundí el problema. El problema no es pensar mucho en vos, el problema es que ya no estás. Y encima no puedo llorar.

Ya no tengo lugar en tu vida, ¿y ahora qué mierda hago?

viernes, 14 de febrero de 2025

La pérdida

        Eso, en realidad, es la pérdida. Lo que te deja perdido. Vivir en una caricatura en la que súbitamente te quitan el suelo y quedás parado en el aire, sin más que hacer que echarle una mirada atónita a la cámara antes de empezar a caer.

        Un bloc de notas virtual, un desahogo flagrante, un orden argumentativo de lo que está bien o mal de que no estés acá, de que no estemos; un corte de luz que de un plumazo lo vuelve nada.

        Eso es, de verdad, la pérdida, no lo que creí que era. Es lo que no tiene remedio, lo que te recuerda que 

                    To martyr yourself to caution
                    Is not gonna help at all
                    'Cause there'll be no safety in numbers
                    When the right one walks out of the door

        
        Eso. Es. La. Pérdida. La subyugación a un orden superior que te ubica en el lugar de insignificancia que tenés por ser humano, un simple mortal; lugar del que todos queremos salir para agregarnos, al menos, un poquito de trascendencia, un gramo de peso a la levedad de nuestro ser.

        La trascendencia, el poseer lo que puede ser perdido: un hotel que tarda más o menos en cobrarte la cuota, un propietario improfesional al que tenés que recordarle cuánto y cuándo le pagas porque si no, cuando se acuerde, te va a cobrar todo junto y mal.

        Pero, ¿es acaso soberbio creer que le puedo ganar a la pérdida? En realidad, ¿creo que le puedo ganar a la pérdida, o es que simplemente estoy dispuesto a perderlo todo una y otra y otra y otra vez, como el ciclo de vida y muerte de Zagreo y Dioniso, para tener en cada renacimiento una historia nueva que contar?

        

        Volveré a desafiar a la pérdida porque mi condición humana no quiere otra cosa, pero espero que esta misma condición que me saca a la calle a morir de nuevo no olvide lo que está intrínseco en su ser y explícito en su nombre, pero que cada vez por lapsos más largos decide ignorar: que es humana.

jueves, 2 de enero de 2025

Los días son eternos

            "Lo que mantiene a una persona lejos del resentimiento es la coherencia entre su deseo y sus actos. Su deseo, sabido sólo por él, indescifrable para el afuera. Su deseo, que no se resuelve nunca y aún así satisface.

            El deseo no quiere ser alcanzado. Aunque en realidad el inconciente no quiere que lo alcancemos. Alcanzarlo es la nada, el vacío. Los perros alcanzan su deseo todo el tiempo, y su día a día es una mera transición rutinaria. Aunque en realidad, a fines teóricos, los perros no tienen deseo por no tener inconciente ni lenguaje."

            

            A todo esto lo paso por escrito porque el saberlo y no hacer nada al respecto es un martirio. Me encantaría ser como mi gata, tener simplemente necesidades fisiológicas como los PJ del Sims 1, para poder jugar a los jueguitos todo el día, pero acá estoy: llorando por lo que quiero y no hago.


            Los días son eternos, pero los años se pasan volando.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Soy una naranja



                

                Soy una naranja. No sé cuál es mi propósito, no sé a qué se debe la maravilla de mi existencia: simplemente aparecí y, a medida que pasó el tiempo, caí en la cuenta de ello, de que soy una naranja. Veo mi entorno, rodeado de naranjas, exhibidos todos juntos en la bandeja, apilados mirando hacia el pasillo, y confirmo: sí, soy una naranja.


                El tiempo y los procesos que se dieron a su lado no hacen más que confirmar mi identidad: soy una naranja. Al principio no me decían nada, total era un objeto amorfo, no era más que un potencial fruto. Solo me miraban y esperaban, se fijaban en mí y decían "tu trabajo es crecer". Escondieron ahí, tapado por esas palabras como la cáscara que protege mi cuerpo, que cuando madure todo va a tener sentido, pero al mismo tiempo no sé si quería que mi piel abandone el verde por el azafranado. Mi árbol, en tanto, no hacía más que camuflar sus lamentos entre chistes ("yo antes fui una naranja también, si hubiera podido me habría quedado así jaja") mientras no paraba de inyectarme savia y esperanzas.

                Soy una naranja. Por eso maduré lo más rápido posible, porque vi que las reglas eran así. Fui testigo obligado de las felicitaciones a viva voz que hacía el bosque a las frutas que, por esforzarse y dedicarse exclusivamente a hacer el trabajo de crecer, eran elegidas por el zafrero, y soñaba con ser una de ellas. Toda acción y razón, implícita o explícita, se ubicaba apuntando a los ojos del cosechador y a mis oídos percibiendo el vitoreo de los viejos árboles verdes.

                Hasta que un día lo logré, me eligieron. ¡Cómo olvidarlo! Oculté mis lágrimas, escuché las felicitaciones. El mundo me había traído para un propósito, ser cosechado, y yo lo estaba cumpliendo, ¿Cómo no voy a llorar? La incógnita del futuro me era atractiva porque no había chance de que las cosas salgan mal. "Soy  una naranja repleta de jugo y semillas, voy a ser un árbol increíble", me repetía como mantra mientras el miedo de estar entrando en el mercado central se apoderaba cada vez más de mi entera circunferencia.

                "No nos quieren para ser árboles, nos quieren por nuestro jugo", me espetó rápidamente mi nuevo amigo, un poco más flaco que yo pero con la misma genética campestre. "El mundo ya tiene suficientes naranjos, pero cada vez más gente quiere beber sano jugo de fruta". Camuflé mi estupefacción ante el cambio de coordenadas de lo que quería ser. Admití a mi nuevo proyecto: no podré echar raíces, pero al menos sé que mi jugo es riquísimo, soy medio gordito, el que sepa de naranjas me va a valorar.

                Pero o bien nadie sabe de naranjas o mi jugo no es tan deseable, porque todos los verduleros van a la góndola de frutas brillantes, que encandilan, enamoran. Yo no llego a deslumbrar así, mi dueño no para de lustrarme con barnices asquerosos y antinaturales, pero no tengo chance. "Son genéticas distintas", opina mi amigo. "No tienen mucho jugo, y lo que tienen es desabrido. Por allá también están las otras, las que son más gordas que nosotros, pero son pura cáscara y gajos, poca pulpa". Los dos puestos son los más visitados de cítricos. 


                Soy una naranja, y ya no sé si importa qué tan buena naranja soy. Ya no sé si importa el esfuerzo que hice en crecer y tragar todos los nutrientes que me daban, tampoco sé si a alguien le interesa que sea 100% natural. Todo lo que importa es el jugo, lo que tengo adentro, pero compran al más anaranjado, al más gordo, aunque no tengan líquido. 

                Al final no importa la pulpa sino la ilusión de pulpa. Importa la creencia, aunque después corten la fruta, sea un asco, y puteen a todas las naranjas por igual: "estas naranjas nuevas, cada vez con menos gusto, con menos jugo, menos todo". Mientras acá mi amada sangre naranja conformada por grandes partes de glucosa está haciendo efecto en mi cáscara, que pica por los hongos que emulsionan fascinados por mi azúcar. 

                Al menos mi muerte segura, pronta a abordar, me valora por lo que soy: una naranja entera. Deseo esta muerte orgánica aunque sea humillante morir en vano, aunque el repugnante verde pastoso arda cada vez más y me enferme con su olor nauseabundo, porque es esto o ser exprimida por una demanda que no sé qué quiere, no sé cómo satisfacerla y que nunca va a parar. ¡La puta madre, yo ni siquiera quería ser exprimida! A eso me lo dijeron acá, yo crecí pensando que iba a ser un árbol. 


                Pero ya está. Ahora toca abrazar el abandono, la ineptitud, y compartir mi lecho con esos que no queríamos ser bajo ningún precepto: esas naranjas desnutridas que, como no llegan a hacer jugo, se tiran a dormir en la vereda hasta que una vieja, abrumada por el asco, las tire a la basura, esperando no verlas nunca más. 

miércoles, 10 de julio de 2024

La forma del odio

     Sobreenojo acerca de quién sabe qué. Intimidado por las mujeres que están acá al lado mío pero más por la bronca que tengo y no entiendo. Las pocas ganas de venir, la garganta que duele, el oído que quiere escuchar metal y no tiene auriculares.

     Todo me da bronca. No estar en mi casa en este momento me da bronca. No poder levantarme temprano. El gobierno. Mi vida. Mi intrascendencia. La bici que compré y se rompió la primera vez que la necesité. La casa que es un quilombo. Las pocas ganas de ordenar. El ansia de jugar a los jueguitos y lo improbable que es que de repente aparezca todo ordenado. El miedo de quedar en ridículo con Beta.

     Los boludos de los clientes. El cipayo del orto que dice que en EE. UU. está más barato todo. La idiosincrasia de una clase social que no sale del quejarse por boludeces, del sentirse culpable pero nunca responsable.

     La denuncia que me hicieron. Lo denunciable que soy. Lo que me gustan las mujeres, lo que me obsesiono con la que me guste y demuestre interés. Las 50 novelas que me invento, lo rápido y en simultáneo que se prenden fuego cuando una sale mal, cien pájaros chocando a 90km/h contra la ventana.

      El odio me sobreviene como una enumeración sin fin, con el propósito claro de no sentirlo más y el intento infructuoso de describirlo. Pero las hojas se acaban, la tinta no para de correr, el tiempo se agota y ya tengo que volver a ese lugar de mierda en el que no quiero estar, durante un horario en el que quisiera poder dormir, para cruzarme con gente con la que no me interesa hablar y que encima es, por lejos, la mejor opción que hay. 

      En estos momentos, no puedo concluir nada más que un "la vida es una poronga".

sábado, 27 de enero de 2024

El oficio de asesino

            Siempre vas a seguir vivo si así te recuerdo. 

            Como somos desconocidos, el ver tus respuestas, el escuchar tu voz te mantendrá en el presente, como si hablaras acá, como ver el "That one night" de Megadeth y decir "así está Mustaine ahora".

            La realidad está creada por nuestra percepción, la negación es nuestra anteojera que oculta de nuestra vista lo que nos mata, lo que nos destruye, y es tan difícil entender que moriste que prefiero entender tu voz como un pedazo tuyo todavía vivo atrapado en una caja, como el locutor encerrado en el parlante de la radio.

            
            La muerte biológica, que entiende de 0 o 1, de vida o muerte; la muerte psicológica, que entiende que alguien está muerto sólo cuando así lo quiere, que considera a alguien vivo solo si su respiración no va a impedirte dormir por la noche.

            
            Me pregunto si asesinar a las caras que me duelen es lo correcto, o si simplemente cada puñalada, cada balazo al corazón ajeno es un ladrillo que me deja solo y atrofiando mis defensas, creyéndome más protegido cuando cada vez estoy más vulnerable. Porque claro, me relajo pensando que moriste porque ya no estás ni sé nada de vos, pero cuando aparecés desintegrás la pared que interpuse y mi neurosis se encarga de imaginar toda tu vida hasta acá a una velocidad supersónica.

            Te mato por mi bien, pero notar que sobreviviste me hace peor. Y no sé si matarte fue lo correcto o si tenía que tolerar tu existencia, dejarte respirar al lado mío o echarte de mi mente a las puteadas en vez de que simplemente me veas esfumarme cuando en realidad me desintegré.

            Es que ya vendí mi dignidad, el tiempo solo me vuelve miserable; en el llano, en la tierra fértil, crecen los recuerdos no superados. Si me quedo mirando la alfombra veo cómo brotan raíces de los recuerdos que tiré abajo de ella.

            Y no puedo hacer más que pensarte, que rendirte culto o resucitarte, en estos momentos en que me pregunto cuán vivo estoy.


viernes, 27 de enero de 2023

Luces




            Ahora se ve. Ahora no. Ahora se ve. Ahora no. Hasta que el ojo se acostumbre, la habitación muestra por intermitencias su desorden y la disposición del mobiliario. Pero no se entiende: se intuye, porque el brevísimo lapso de iluminación no da tiempo a apreciar, a evaluar lo que está ahí, a entender que las bolsas cuelgan de la cuna despintada y convertida en sofá, que el árbol de navidad tiene una sobrecarga de adornos, que la alfombra está exageradamente sucia. Y el color tenue, ese policíaco azul, disfraza la realidad, cambia las reglas cromáticas del panorama, y ofrece un misterio que, por entenderse tan poco, seduce.


            Si me hubieras visto en esos años y en esa situación, podrías haber dicho que no lo disfrutaba, que estaba muy inmerso en la compu. De a ratos sí, la verdad. Pero eran esos respiros en las extendidas sesiones de vicio, esas en las que permanecía hasta el amanecer, donde sentía plenitud. Claro, fácil sensación si estás de vacaciones, pero ahí estaba la noche calurosa, la vista al patio, la compu cargando el próximo partido de Liga Máster. Y la luz azul parpadeando.


            Ver otras luces, blancas o amarillas, intermitentes o estables, pero siempre decorativas, me retrotrae a esa época, a esa sensación. Me aborda la nostalgia, después me desborda y siento que quiero volver. ¿Será por eso que tengo una proactividad tan baja en mi soledad? Confundo esas noches de paz, considero que sucedieron porque pude olvidar todo, cuando en realidad esa paz era porque no tenía ninguna responsabilidad. Hoy por hoy la ganancia es mayor, las cosas que quiero hacer me enorgullecen más y, aunque no las hago, sé que el tiempo que reposo buscando las luces azules no me es placentero. Hay todo un mundo que sigue girando, y si me quedo quieto me quedo atrás.


            Por eso, cada vez que veo una luz intermitente me detengo a apreciarla. Admiro el lugar que la rodea, a los haces de luz que rebotan en las paredes, los objetos mostrándose y ocultándose al son de un ritmo inaudible. Y sonrío.

viernes, 16 de agosto de 2019

Dos minutos

         A veces, cuando veo que el reloj está a dos minutos de gritar y yo estoy a dos minutos de volver a la rutina, me pongo a pensar en ella. Y me paso horas viéndola embobado, observando cómo se peina, tomando su cintura, acariciando su pelo, sintiendo su perfume. El reloj, que poco entiende de flexibilidades, avisa a viva voz que llegó a 120, pero en ese lapso yo soñé toda una noche.

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...