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viernes, 8 de mayo de 2026

Marchito

        Algunas inspiraciones gritan por ser usadas. 

        Yo las encierro en una caja, hasta que no escuche salir del cubo nada más que el silencio cuadruplicado del entorno ingresando en ella, para luego rebotar intrascendente hacia afuera. Y entonces dejo la caja cerrada unas horas más, para asegurarme.

        La inspiración es súbita y, la mayoría de las veces, inoportuna. Hay veces que simplemente no puedo atenderla, no puedo cuidarla (esas veces se dan casi siempre). Y las veces que podría atenderla sus alaridos me agarran deprimido, como mi gata pidiéndome para jugar cuando me ve tirado en el sillón.

        Lo único que puedo hacer es, en el poco tiempo que tengo y quiero, abrir la caja y ver lo que queda adentro. Sentir el aire a osamenta, ver el cadáver marchito de una idea fantástica cuyo último hálito se fue en una palabra a todas luces ignorada. Sólo puedo escribir sobre su cuerpo o lo que queda de él tras cinco días de abandono, imaginar lo que gritaba, recorrer con mis ojos su faringe desfigurada, y fingir que estoy escribiendo lo que exigía, lo que sugería, con lo que insistía.

        Entonces en cada historia hay dos historias: la que me contó el cadáver, que secretamente escuché, pegando mi oído a la caja mientras fingía que no quería saber nada; y la de la desazón, porque el inventor del truco ya no está acá para explicarme cómo hacerlo.

jueves, 2 de octubre de 2025

el día después


(...), no sé cómo encontrar la fórmula para no querer que esté cuando haga lo que sea que quiera hacer. No entiendo cuántos experimentos tengo que intentar hasta que pueda no ponerle una máscara con su cara a la que esté saliendo conmigo. Y no sé cómo dejar de estudiar escultura para así dejar de crear muñecos de su cuerpo todas las veces que encuentro una explicación nueva. Ya no quiero poner la silla vacía enfrente mío y hablarle a la nada para aliviar mi dolor imaginando que me escucha y que dialogamos. 

Ya no quiero abrazarla, pero no puedo dejarla ir. En algún momento se me ocurrió la idea de que va a venir a buscarme el día después de que deje de esperarla, y entonces cada vez que dejo de pensar en ella determino que este es el momento que definitivamente la superé, y, por ende, el momento en el que me escribe.

Pienso que seré prisionero por siempre del fantasma tatuado, careta, de pelo perfecto y perfume l'Interdit que me persigue.

Entonces entiendo que es un pensamiento apocalíptico. Y que padezco de ansiedad. 

Y recuerdo que todo va a pasar.

Algún día va a pasar.



Sin que vuelva. 

lunes, 25 de agosto de 2025

La luz

    Pánico, anhelo, intriga. Lo de siempre cada vez que enfilo mi trayectoria para acá. A veces, bah, siempre que soy consciente de mi camino, acomodo mi ruta por otras calles; quizá sea un poco más engorroso, ralentice mi llegada, pero comparo esa molestia con el dolor de pasar por acá y termina siendo preferible.
    
    Aunque hay veces en que la posición estratégica de tu casa y las capas de gasa que el tiempo le pone a las heridas hacen que olvide todos los protocolos, y así termino, de distraída que soy, pasando por tu esquina (aunque no seas su poseedor, el venir a verte implicaba naturalmente llegar por acá, así que cuando paso pienso en vos. Al menos en mi mente, esta esquina es tuya).

    Cuando avanzo por la avenida confundo qué tan metafórica es la realidad. Para ver cualquier balcón en específico del centro en una cuadra en perpendicular hay que llegar hasta la encrucijada, porque tristemente las calles de este lugar se sienten como fosas que a cada lado tienen murallas habitables de diez u once pisos de alto. Pero llegando a tu esquina la altura se hace un claro gracias al patio de la facultad, y entre todos los departamentos ubicados frente a él puedo ver tu balcón. El balcón del único ser que prende la luz de afuera cuando se hace de noche. El balcón donde fumábamos, el balcón donde nos abrazábamos fuerte para no sentir el frío, el balcón donde te dejé por primera vez. Mi parte favorita de tu casa.

    Todas las noches que, sin querer, paso por tu esquina, termino mirando para allá, por encima de mi hombro izquierdo, elevando el ángulo que se forma con la reja del patio de la facultad. Pero esta vez la luz estaba apagada. Y tu departamento se perdía entre todos los departamentos, fue un bloque oscuro de cemento más. No lo encontré, y a simple vista incluso me costaba distinguir a tu edificio del cielo convertido en negro.

    Paré la moto y me senté en la vereda del supermercado para encontrar tu lugar. También para encontrarme a mí: ¿cuánto de anhelo hay en estos accidentes? ¿Qué queda de mí si, ahora que está la luz apagada, cotejo la posibilidad de que puedas haberte mudado y de que ese balcón pertenezca a alguien más, un otro que ignora toda nuestra historia y por ignorarla solo ve mugre y colillas de cigarrillo, o tucas de porro, a las que hay que tirar a la basura urgentemente?

    Y así entiendo que no me animo a dejarte ir. No quiero volver normal esto. No quiero que nuestro pasado vuelva todo sepia, que unifique los colores, que relativice cada sentimiento de dolor y de amor ignorando la magnitud que tiene ahora y que es menor que la que tenía hace unos meses.

    IRRUPCIÓN. Se detiene mi soliloquio, mis palabras, mi corazón. 

    El balcón se iluminó. 

    De repente mis ojos apuntan exactamente a la luz cálida en un ángulo a 60° del piso, veo tu maceta deprimente colgando de la baranda. 

    Llegaste a casa. 

    Llegaste más tarde. 

    Seguís vivo. 

    Sin mí. 

    Seguís prendiendo la luz del balcón apenas llegás. 


    No entiendo cómo seguís siendo sin mí.



    No veo la hora de que pongan un edificio en este patio de mierda.

viernes, 14 de febrero de 2025

La pérdida

        Eso, en realidad, es la pérdida. Lo que te deja perdido. Vivir en una caricatura en la que súbitamente te quitan el suelo y quedás parado en el aire, sin más que hacer que echarle una mirada atónita a la cámara antes de empezar a caer.

        Un bloc de notas virtual, un desahogo flagrante, un orden argumentativo de lo que está bien o mal de que no estés acá, de que no estemos; un corte de luz que de un plumazo lo vuelve nada.

        Eso es, de verdad, la pérdida, no lo que creí que era. Es lo que no tiene remedio, lo que te recuerda que 

                    To martyr yourself to caution
                    Is not gonna help at all
                    'Cause there'll be no safety in numbers
                    When the right one walks out of the door

        
        Eso. Es. La. Pérdida. La subyugación a un orden superior que te ubica en el lugar de insignificancia que tenés por ser humano, un simple mortal; lugar del que todos queremos salir para agregarnos, al menos, un poquito de trascendencia, un gramo de peso a la levedad de nuestro ser.

        La trascendencia, el poseer lo que puede ser perdido: un hotel que tarda más o menos en cobrarte la cuota, un propietario improfesional al que tenés que recordarle cuánto y cuándo le pagas porque si no, cuando se acuerde, te va a cobrar todo junto y mal.

        Pero, ¿es acaso soberbio creer que le puedo ganar a la pérdida? En realidad, ¿creo que le puedo ganar a la pérdida, o es que simplemente estoy dispuesto a perderlo todo una y otra y otra y otra vez, como el ciclo de vida y muerte de Zagreo y Dioniso, para tener en cada renacimiento una historia nueva que contar?

        

        Volveré a desafiar a la pérdida porque mi condición humana no quiere otra cosa, pero espero que esta misma condición que me saca a la calle a morir de nuevo no olvide lo que está intrínseco en su ser y explícito en su nombre, pero que cada vez por lapsos más largos decide ignorar: que es humana.

lunes, 13 de enero de 2025

Sueño y palabra

            La comparación con el inglés es fantástica, el pragma capitalista queda en evidencia: el otro como bien, objetivizado, contra la consideración del otro como sujeto. Dreamed of you o dreamed about you, "soñé de vos" como si fueses un objeto, "soñé sobre vos" como si fueses un tema a tratar.

            Yo soñé con vos, estabas ahí. Y lo peor es que ni siquiera estabas, hice aparecer a tu tutor, al que nunca ví, en un negocio en el que estaba de casualidad porque nunca voy, y le pregunté por vos.

            Le hice decir opa, ¡me voy! cuando me presenté como tu ex, y lo primero (y único) que me dijo a posteriori fue que me pedís perdón.

            
            ¿Saber de vos será como hablar con vos? Dado que te conozco tanto, ¿es mi inconciente capaz de ser tan fiable como para saber que, si me cruzo a Fabián, efectivamente va a ser así?

            Será lo infortuito de ese encuentro, pero duermo con paz desde tu disculpa. Y yo, que te tenía sepultada en fosa común, te desenterré para, en un tiempo, promoverte al panteón que te merecés.

jueves, 2 de enero de 2025

Los días son eternos

            "Lo que mantiene a una persona lejos del resentimiento es la coherencia entre su deseo y sus actos. Su deseo, sabido sólo por él, indescifrable para el afuera. Su deseo, que no se resuelve nunca y aún así satisface.

            El deseo no quiere ser alcanzado. Aunque en realidad el inconciente no quiere que lo alcancemos. Alcanzarlo es la nada, el vacío. Los perros alcanzan su deseo todo el tiempo, y su día a día es una mera transición rutinaria. Aunque en realidad, a fines teóricos, los perros no tienen deseo por no tener inconciente ni lenguaje."

            

            A todo esto lo paso por escrito porque el saberlo y no hacer nada al respecto es un martirio. Me encantaría ser como mi gata, tener simplemente necesidades fisiológicas como los PJ del Sims 1, para poder jugar a los jueguitos todo el día, pero acá estoy: llorando por lo que quiero y no hago.


            Los días son eternos, pero los años se pasan volando.

jueves, 14 de noviembre de 2024

Adoración al Counter

                    VOLVIÓ TRAIN WACHO


            Ese es mi mood. A veces me pinta volver a pelotudear, cada tanto se reinvienta mi amor por el counter, lo que hizo que me lo tatúe y no me arrepienta.

            El counter se merece el honor de no manguear tu atención en una época en la que todos se cagan a piñas por ser mirados. Un juego que ofrece la paz de poder ausentarse y volver a descubrirlo, en oposición al pensar todo lo que te estás perdiendo, que es lo que pasa con lo demás. Porque en una época repleta de pases de batalla, dodne los juegos pretenden pagarte un sueldo de esclavitud para que juegues tres horas por día para así alcanzar ese skin gratis súper legendario (el decimotercero de ese tipo que regalan en el año, y que cuando lo tengas no lo vas a sentir tan especial porque otros también lo tienen), el counter no te pide nada: apenas te regala una gilada por semana, que la alcanzás con una hora de juego repartida en cualquiera de los siete días, y listo.

            ¿Querés jugar? Joya, jugá. ¿No querés? ESTÁ PER FEC TO. No juegues si no querés hermano, no va a pasar nada.

            El counter no tiene 20 años de antigüedad en vano: es, definitivamente, el único juego multijugador de los mayoritarios que se comporta como adulto, y da a sus usuarios la noción de sujeto. "Your character doesn't get better: YOU get better".

            Es fascinante cómo la mayoría vocal pide a gritos que el counter siga el ritmo de actualizaciones de todos los demás juegos, esperando que, como los demás, el juego les dé una excusa perfecta para abducirse de su existencia seis horas por día. Pretender eso es pretender ir en contra de la propia esencia de este, el único juego asemejado a los deportes tradicionales: CS2 te pone de frente con la angustiosa limitación, la crudísima verdad de que sos una poronga jugando al jueguito, pero es el único que te dice que está perfecto que así sea. 

            Está en cada uno querer escucharlo.

jueves, 17 de octubre de 2024

Formalismos

     Te amo con la fugacidad del tiempo que nos queda. Cuando nos vemos disfruto todo, porque ya termina. Cuando no estás no quiero verte porque no vamos a construir nada más allá de esto. Lo disfruto porque es una joda, me alejo porque no se puede vivir así.

     El tiempo con vos es lo más, pero hay algo en esas palabras de amor que no te sale nombrar que me rechaza: no quiero ponerle más tablones a estas paredes sin tirantes.

(...)

      (...) Y un día, conmigo solo en el estadío de recuerdo, vas a hablar de mí y te vas a dar cuenta de que tendrás que referirte a mí como tu ex. En ese momento aparecerá la realización de que no solo fuimos novios, sino de todo lo que teníamos con nosotros.

lunes, 22 de octubre de 2018

Pavos Reales

        La suma de tus ojos verdes, de tu pelo castaño claro y de la perfección de tu cutis me hicieron olvidar que hablaste exclusivamente para echarme la culpa. Cuando las pupilas dejan de dilatarse, cuando hacen foco en la boca y no en la forma imaginaria de tu voz, me concentro en el mensaje y vuelvo a enojarme, y automáticamente vuelve a haber más pupilas que iris. Asiento sin saber qué, refriego mis dedos entre sí, pierdo mis pensamientos entre las líneas de las baldosas que indefectiblemente terminan en tus zapatillas rojas, tus soquetes blancos, tus piernas depiladas, tu short de jean. La luz rebota en la heladera sobre la que me recuesto y es ignorada como las ondas sonoras que rebotan en mis oídos.


        No sé ni qué hice, no entiendo qué pasó, hago memoria pero no descifro lo que nos tiene así, peleando. Trato de comprenderte pero sólo escucho el discurso furioso de quien hizo todo a la perfección y que habría sido así si no se hubiese entrometido un simple mortal como yo. Y tengo miedo de que mis dedos golpeen el codo al son de un reloj invisible y que así demuestren lo mucho que te estoy ignorando. Eso me haría un favor y me salvaría de este monólogo horrible, pero me gustas tanto que no quiero verte enojada.


        "¿Me estás escuchando?" Que sea la segunda vez que me preguntas creo que ya lo responde. Estoy al filo de la cachetada por decirte que no. Miro tus ojos y los veo sacudirse en milímetros, respondiendo a la tensión del momento. Y no puedo decirte que sos hermosa. Tampoco puedo exponer mi punto de vista porque sé que no lo vas a escuchar. Y menos defender lo mucho que me molesta que me hables para echarme la culpa. Así que en las dos letras cerramos mi respuesta, en tu "ah bueno" concluye el conflicto, te das media vuelta y te vas a la pieza. 


        Escucho el portazo. ¿Ahora qué me va a embobar la vista? Leo y releo las letras incomprensibles que dibujé en las paredes, las autopistas que hay en el suelo, pero ya nada me lleva a tu cara. Quiero dejar una gigantografía tuya que te capture así apasionada, viva. Ponerla donde estabas hace nada y, cuando deje de mirarla, decirle todo lo que pienso sobre esto. Suena poco práctico, porque aunque se lo explique con lujos y detalles no va a responderme porque no puede abrir la boca. Vos dirás que no tiene oídos para escucharme, pero vos que tenés no los usás así que en ese sentido un pedazo de cartón te reemplaza bastante bien. 


        Y acá me ves, de brazos cruzados mirando tu foto imaginaria, pensando todo, amasando posibilidades a unos pasitos de donde horneaste las pizzas. Escucho el parlante de tu celular sonando desde la pieza y me pregunto tanto cuál es la necesidad de poner el volumen tan fuerte como cuántas maravillas haría de mi vida si tuviese tu capacidad de que no te importe cómo está el otro. Podrías decirme que no me pasa nada y que me da lo mismo todo esto; podría conducirme al baño, mirarme en el espejo, compararme con el rostro que tengo todos los días desde hace un mes y entender por qué lo decís. Podrías argumentarlo, pero la verdad siento que ni te enteraste. Me pasa algo, creo que sé qué es pero no lo pienso admitir. Voy a resolver lo que me sucede cuando podamos sentarnos a hablar como dos personas que se interesan por el otro, y voy contarte lo que me pasa el día que deje de sentir que para vos va a ser una estupidez.


        Cansa buscarte, cansa tanto que ya me tiré en el sofá a mirar el techo. No quiero prender la tele, quiero que el silencio invada la habitación cuando te canses de llamar la atención con el celular. Fatiga fijar la vista en las manchas de humedad esperando el milagro de que vulneres tu orgullo y camines por el pasillo de la muerte para preguntarme cómo estoy. Y si venís y me preguntas y te respondo "y...",  ¿qué vas a hacer? ¿Decirme "bue ni sabés qué te pasa"? Ni siquiera quiero que me preguntes cómo estoy, hasta desearía que desde la pieza me digas "no seas bobo, ya fue, vení".


        Es que sí, quizá lo que me hace enojarme así es una estupidez, pero es mí estupidez. Y de tantas cosas que me señalas que hago mal no hago más que preguntarme qué es lo que te ata a este departamento, deseando firmemente que el alquiler, la vida independiente y el bardo que es cortar una relación de años no fuesen una respuesta tan lógica y espontánea. De hecho, creo que tenés razón en muchas de las cosas que me señalas siempre, aunque ahora no las recuerde. Me es indefectible sentirme culpable por todas las veces que te hago enojar, me aislo de vos para no molestar, me pongo cómodo en el sofá, giro, apoyo los pies sobre el borde, miro la mesita de café y me tientan los pedazos de napolitana que sobraron, pensando en que va a ser una noche larga.


        Aún así no me muevo de donde estoy. Sigo tirado deseando que aparezcas. ¿No entendés que te estoy pidiendo que vengas? A los gritos lo estoy haciendo. Cómo me encantaría que vengas y me calles toda la mente de un beso. Pero no, ya no suena el celular, están apagadas las luces. Ya escuché a la puerta abrirse y casi caigo en la tentación de mirar hacia ella a causa de la desesperación que me invade, supe aguantar la intriga hasta que escuché la tecla de la luz del baño sonar con el mismo "click" que hizo mi esperanza de sentirme importante para vos. Cómo me encantaría que te importe algo, qué bronca que me da que hayas vuelto a meterte a la pieza. Y no quiero ir allá, me cansé de perder contra vos, quiero ver si sos capaz de dejarme toda la noche durmiendo en el living.


        Ya pasó media hora que se sintió como una eternidad, y espero que el ruido del agua cayendo de la ducha al menos te haya hecho enojar. Suena estúpido pero me siento una nueva persona, estoy decidido a ir directo hacia el sofá y no moverme de allí, a encontrarte mañana a la mañana con la cara de culpa por dejar en evidencia que te quedaste con toda la cama y no te importó. Pero a la altura de la puerta el propio inconsciente me movió a buscarte en la pieza. La habías dejado abierta así que te vi mirando el celular, buscando agua entre las piedras, y por un momento olvidé todo. Entré, me acosté y te abracé. "¿Qué hacés?", me preguntaste. "No rompas las bolas Eugenia", te respondí. 


        Tu risa fue el penúltimo sonido. Enseguida el beso de las buenas noches selló el conflicto, y cerramos los ojos como hicimos con nuestras plumas. 

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...