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miércoles, 5 de abril de 2023

Santuario

             No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.



            No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.



            No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.



            No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.

            Para creerlo.

domingo, 12 de febrero de 2023

Sobre Brunellesco


    
                


                    Madera, qué material más noble. La observo con profundidad, me embobo como siempre. La madera no admite mentiras: si está pintada es porque es mala, sino ella por sí misma, en la naturalidad de sus dibujos y su brillo, se luce. También es la antítesis de la ley femenina: se enorgullece contando, mediante el desgaste de sus bordes y la suavización de sus texturas, su edad verdadera.


                     La madera de la barra confiesa, en el color oscuro, profundo del algarrobo, que lleva más de 50 años exhibiendo medialunas. O eso imagino, bah, porque apenas llevo un año viniendo acá. Suelo imaginarme cosas cuando entro: su presencia me reconforta, me ordena, sus curvas me hipnotizan. Un sorbo de café, otro, y la mirada ahora se concentra en la mermelada patagónica, en la bufanda de Ireland, en la transmisión alemana mostrando en silencio un documental de Rammstein.


                    Adoro viajar mentalmente, ahora que mi vida es un viaje interminable. Todo se mueve y yo estoy quieto, tomando café doble con dos medialunas dulces, escuchando jazz en un bar europeo iluminado en sepia y pensando qué historia me invento hoy.


                    Ruido, casi estruendo atravesando mis oídos. No suele percibirse, pero este móvil fue particularmente ruidoso. Sin pensarlo, por acto reflejo, miro al 35/9 parando afuera, al otro lado del vidrio, ahí donde la luz y la paleta de colores está dominada por el gris del hormigón, el blanco de las fachadas, el metal de la pescadería. En ese solo asomo, un sueño se derrumba, y en la trágica defunción solo una frase lapidaria se me escapa: "cierto, estoy en Rosario".

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...