Mostrando las entradas con la etiqueta romance. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta romance. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de diciembre de 2025

My fake plastic love

If I could be
Who you wanted
If I could be
Who you wanted 
All the time
All the time

     Cómo me gustaría ser lo que querés. Renunciaría a lo que me hace porque me hicieras. Me correría hacia el costado así pasas por donde estoy, te dejo mi silla para que no toques el suelo. 
     
      Me gustaría que lo que me configura no me hubiera alejado tanto de tu maquinaria, me gustaría que en algún momento me satisficiera un poco lo que sea que me haga más común y gustable, en vez de este envés bohemio encamisado y disonante que soy y que no te hace elegirme, desearme, interesarte.

     No tengo cruceros, no tengo lancha, no tengo bote, no tengo contacto con el río, ni el lago, ni el mar, ni el caribe. No tengo contacto con la ostentación, me quiero ir del kitsch, echo a patadas a mis fantasmas cada vez que puedo. No disfruto de lo simple, más bien disfruto de la complejidad que lo sostiene, entonces me vuelvo más intrincado que lo que pueda ser un snob. Soy dificilísimo, y no te gusto.

     No puedo gustarte.



     - Siempre que idealizás es para suplir una ausencia de ella, algo que no te gusta. Pero no te animás a decirlo, no te animás a romper ese amor, ese hechizo, a decirle que al final no vale tanto la pena: no te animás a decirle que no te gusta tanto. Entonces te ponés en falta para no insultarla , para no rebajar a tamaña mujer que todos ven como un minón y vos tenés el atrevimiento de que no te guste.

     Que ella aparezca ya no tiene el valor de un amor sino de un miramiento, de una validación, de ver si esta vez te tira onda así existís, así decís que podés gustarle a una chica con foto de perfil en un yate. No te gusta tanto. Simplemente significa mucho, pero no significa cosas parecidas al amor




Igual me la re cojería.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Nada garantiza nada

No lo puedo creer.

        Ni ganas de escribir, ni de morir, ni de respirar, ni de existir. No encuentro nada en mí. No hay nada. Sin ella no hay nada. Sin ella no hay nada. No quiero nada sin ella. Pero ahí está, no queriendo nada conmigo. Bah, queriendo pero no pudiendo. Sufriendo conmigo. Queriendo estar bien, estando mal. Doliéndole pensar en mí. 

No gustándole yo. No viendo su futuro conmigo. Viendo un futuro que le gusta más. Sin mí. Siendo linda sin mí. Siendo más linda, sin mí. Viéndome como lastre. Viéndome como atrasado. Inconscientemente creyendo que ya no le puedo aportar nada más. Que ya no puede obtener nada de mí. Echándome de su vida una vez obtuvo lo que necesitaba de mí.

Nada garantiza nada. No hay palabra que la haga volver. No hay persona que haya muerto de angustia, ni humano que no se haya devenido en líquido por los ojos. No hay mal que dure cien años, no hay encanto que le haga devolver la atracción, no hay acción mía que le guste. Nada de lo que soy sin ella le parece oportuno, deseable. Ninguno de mis cimientos hacen una vida en conjunto con su personalidad. Nada de lo que me edifica le parece admirable. 

"Ya está, habrá otra". Yo la quería a ella. La quiero a ella. No quiero pensarme en este momento saliendo así como así. "Bueno fue, si no es una es la otra". No, no quiero ser así de empírico, aunque la respuesta sea esa. No coincidimos, hicimos lo que pudimos, no pudimos más, hasta la próxima. Ya sé. Pero no hay palabra que sane. Ni ganas de escribir, ni de morir, ni de respirar, ni de existir.

jueves, 1 de mayo de 2025

No estás

        ¿Cómo hago para llorar? Tengo una mujer atravesada en mi garganta, que no es una mujer sino mi novia, que no es mi novia sino alguien a quien pertenezco y que no me tiene. No hay canción que alcance, todas tienen ocupado su cupo de llanto, tienen a su identificación marcada con el sello de la tristeza curada, y ahora el arte me deja solo con este dolor que no conozco. 

Necesito que estés acá para llorar, para llorar con vos, pero justamente quiero llorar porque no estás. Nunca estás. No te puedo pedir nada, no te puedo ofrecer nada, no necesitás nada de mi, no me das nada. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que te moleste la obligación de ser novios? ¿Cuánta tolerancia te va a rebalsar para que ya no quieras salir de tu rutina para visitarme en mi asilo? ¿Qué va a ser lo que tapie la única ventana que te queda para verme? Porque entraste muchas cosas nuevas a tu casa y tu casa no puede crecer, el espacio es el mismo, y a las cosas nuevas las necesitás. Y un día voy a ir a visitarte y voy a encontrar mi ropa en el marco de la ventana porque no me vas a tirar a la calle pero te urge tener más lugar en el ropero. 

Te vi hacer tu camino, fuimos dos pavimentando tu calle, ese lugar al que odiabas llegar. ¿Te acordás de que no tenías ni un espejo en tu casa porque odiabas verte? Yo estaba ahí. Y estuve cuando te animaste a tener uno. Y me puse feliz por verte así. Te quisiste hacer un tatuaje que llegaba hasta tu mano, sabías que iba a quedar bien pero no sabías si el mundo te iba a cerrar la puerta, y me aseguré de que sepas que pase lo que pase al menos yo iba a estar ahí. Y te encantó el resultado. Y me puse feliz por verte así. Quisiste arrancar la carrera que querías estudiar, darte otra oportunidad de encontrarte, pero no sabías si te iba a dar el tiempo para todo, y me aseguré de que puedas contar conmigo. Y ahora amás ese espacio nuevo, amás lo que estudias, y estoy recontra feliz por vos. 

Ahora estás radiante, hermosísima, completamente feliz, y sin mí en ningún lado. ¿Y qué iba a hacer yo? ¿Ponerme como protagonista de algo en tu vida para asegurarme de que no me desplaces? ¿Pedirte que me hagas una gruta en la vereda para que me reces todos los días? Quise hacer cosas por mí porque hay vida más allá de vos, es cierto, y ahora hago deporte, tengo amigos de nuevo, escribo, hago música, pero seguís sin aparecer. Yo soy más feliz, pero sigo sin vos. Creí que así no iba a pensar tanto en vos, pero confundí el problema. El problema no es pensar mucho en vos, el problema es que ya no estás. Y encima no puedo llorar.

Ya no tengo lugar en tu vida, ¿y ahora qué mierda hago?

jueves, 16 de enero de 2025

Defensa de la admiración

            Te miro tanto porque sos hermosa. Porque si fueras un cuadro te miraría una hora entera por día, pero resulta que tenés subjetividad y no sería agradable que mientras seas una persona otro sujeto te estaquee con sus ojos.

            Me despojaría de mi humanidad para poder mirarte ininterrumpidamente sin matar tu naturalidad. Sos hermosísima, y me libro de mi persona, de mis capacidades o posibilidades de hacer algo más con eso.

            Me encantás, nada más y nada menos. Así que ojalá, a partir de ahora, mis ojos ya no le agreguen tantas pesas al esfuerzo de trabajar.

lunes, 13 de enero de 2025

Sueño y palabra

            La comparación con el inglés es fantástica, el pragma capitalista queda en evidencia: el otro como bien, objetivizado, contra la consideración del otro como sujeto. Dreamed of you o dreamed about you, "soñé de vos" como si fueses un objeto, "soñé sobre vos" como si fueses un tema a tratar.

            Yo soñé con vos, estabas ahí. Y lo peor es que ni siquiera estabas, hice aparecer a tu tutor, al que nunca ví, en un negocio en el que estaba de casualidad porque nunca voy, y le pregunté por vos.

            Le hice decir opa, ¡me voy! cuando me presenté como tu ex, y lo primero (y único) que me dijo a posteriori fue que me pedís perdón.

            
            ¿Saber de vos será como hablar con vos? Dado que te conozco tanto, ¿es mi inconciente capaz de ser tan fiable como para saber que, si me cruzo a Fabián, efectivamente va a ser así?

            Será lo infortuito de ese encuentro, pero duermo con paz desde tu disculpa. Y yo, que te tenía sepultada en fosa común, te desenterré para, en un tiempo, promoverte al panteón que te merecés.

martes, 7 de enero de 2025

A. S.

            Ahora entiendo la locura por ella, por qué te deja "pedaleando en el aire": para imitar lo que le hacen los libros que lee.

            Una simple intervención, ella es la irrupción en persona: siempre aparece inoportuna, su propia belleza la hace impropia de su simpatía, de su interés, de su aparente vulnerabilidad.

            ¿Quién es más fuerte: la que no le hace daño nada o la que se nota que le duele y sin embargo la ves pasar, sonreír, dividirte?

            Por fuera de todo estatuto, lejana a toda prevención, impasible a los pronósticos, ella aparece, sonríe, saluda y se va.

jueves, 17 de octubre de 2024

Formalismos

     Te amo con la fugacidad del tiempo que nos queda. Cuando nos vemos disfruto todo, porque ya termina. Cuando no estás no quiero verte porque no vamos a construir nada más allá de esto. Lo disfruto porque es una joda, me alejo porque no se puede vivir así.

     El tiempo con vos es lo más, pero hay algo en esas palabras de amor que no te sale nombrar que me rechaza: no quiero ponerle más tablones a estas paredes sin tirantes.

(...)

      (...) Y un día, conmigo solo en el estadío de recuerdo, vas a hablar de mí y te vas a dar cuenta de que tendrás que referirte a mí como tu ex. En ese momento aparecerá la realización de que no solo fuimos novios, sino de todo lo que teníamos con nosotros.

jueves, 21 de marzo de 2024

Detesto estar enamorado

Veo dulzura en sus ojos negros, y una belleza que jamás vi. Veo paz en su actitud caótica, inesperada, tan inesperada como que me dirija la palabra. 

Es esa ternura que la rodea lo que me captura. Puedo ver un mundo con ella, pero su estatus de diosa sobre la tierra me hace preguntarme realmente si otra vez mi percepción me está engañando.


Detesto estar enamorado. Porque me va a hacer mierda.


Trato de simular que sos el motivo más importante de mi emoción por mi cumple. Intenté ocultar que cuando supe que ibas a ir apreté el puño en señal de festejo. No pregunto por vos, porque nombrarte va a abrir las puertas de todo lo que siento, y ruego que nadie hable sobre vos, porque va a ser un dique al que, de la nada, le vuelan la pared.

Y sos tanta mujer, sos tan imposible, que tengo ganas de hacer todo lo que quiero lograr. Quiero tener una banda, quiero grabar mi disco, mejorar mis composiciones, quiero escribir, todo solo para merecerte.


Desde que sé que existo para vos camino por una lámina de vidrio a 50 metros de altura.

sábado, 27 de enero de 2024

El oficio de asesino

            Siempre vas a seguir vivo si así te recuerdo. 

            Como somos desconocidos, el ver tus respuestas, el escuchar tu voz te mantendrá en el presente, como si hablaras acá, como ver el "That one night" de Megadeth y decir "así está Mustaine ahora".

            La realidad está creada por nuestra percepción, la negación es nuestra anteojera que oculta de nuestra vista lo que nos mata, lo que nos destruye, y es tan difícil entender que moriste que prefiero entender tu voz como un pedazo tuyo todavía vivo atrapado en una caja, como el locutor encerrado en el parlante de la radio.

            
            La muerte biológica, que entiende de 0 o 1, de vida o muerte; la muerte psicológica, que entiende que alguien está muerto sólo cuando así lo quiere, que considera a alguien vivo solo si su respiración no va a impedirte dormir por la noche.

            
            Me pregunto si asesinar a las caras que me duelen es lo correcto, o si simplemente cada puñalada, cada balazo al corazón ajeno es un ladrillo que me deja solo y atrofiando mis defensas, creyéndome más protegido cuando cada vez estoy más vulnerable. Porque claro, me relajo pensando que moriste porque ya no estás ni sé nada de vos, pero cuando aparecés desintegrás la pared que interpuse y mi neurosis se encarga de imaginar toda tu vida hasta acá a una velocidad supersónica.

            Te mato por mi bien, pero notar que sobreviviste me hace peor. Y no sé si matarte fue lo correcto o si tenía que tolerar tu existencia, dejarte respirar al lado mío o echarte de mi mente a las puteadas en vez de que simplemente me veas esfumarme cuando en realidad me desintegré.

            Es que ya vendí mi dignidad, el tiempo solo me vuelve miserable; en el llano, en la tierra fértil, crecen los recuerdos no superados. Si me quedo mirando la alfombra veo cómo brotan raíces de los recuerdos que tiré abajo de ella.

            Y no puedo hacer más que pensarte, que rendirte culto o resucitarte, en estos momentos en que me pregunto cuán vivo estoy.


lunes, 9 de octubre de 2023

Graniza

            Un granizo tupido, denso, insistente, cae ininterrumpidamente desde el viernes. Cada bloque de hielo tiene su forma única, su velocidad; cada uno venció una resistencia aerodinámica distinta. Algunos impactaron en el pavimento, nadie les prestó atención: sería incomprobable, por su intrascendencia, que alguna vez hayan existido, si no fuese por los cientos de lunares blancos que recubren el suelo junto a ellos. O si no fuese, también, por los perdigones del cielo que destruyen vidrios, que dejan su huella, previo a derretirse, evaporarse, y fingir que nada sucedió.

            

            Desde el viernes que miro el cielo, busco la nube negra. Desde el viernes que siento que me persigue. Está apuntando a mí, y no, no es de narciso, no es de paranoico, no me creo el actor principal de esta, nuestra, existencia. Es sólo que en la calle no puedo disimular mi angustia al ver las piedras caer frente a mí, escucharlas impactar a mis espaldas. La gente podrá ver mi cara de terror, pero en cada rostro que se atraviesa no veo más que normalidad.

            

            ¿Acaso no graniza para ellos? ¿Acaso no padecen la misma lapidación de la que quiero escapar? ¿Cómo es que salen a la calle y pueden hacer su vida sin que un pensamiento les pegue un piedrazo, o le apunte y erre por poco? Porque desde el viernes que los cascotes me persiguen en la vereda, adentro del departamento, o en los descansos en el trabajo. Desde hace cuatro días que esquivo piedras mientras tengo que simular normalidad, porque ya constaté que solo en mi mundo hay precipitaciones, que es mi mundo el que se precipita.

            
            Y hay momentos en los que me harto, me canso de ese desprecio del cielo en el que me convertí, y me dan ganas de devolver una piedra, una sola, aunque la gravedad se me ría en la cara.


    
            Pero la gravedad es otra cosa. La gravedad es ver en cada piedra, revisar una y cada una, y ver en ellas tu nombre.

lunes, 5 de junio de 2023

La próxima


        Está cantado. La práctica hace al maestro, pero nunca te dicen cuándo te entrega el título. ¿Cuánta práctica es necesaria para avanzar? El chico parece estar a merced de la arbitrariedad, o de la crueldad, del viejo Peugeot 405 que quiere aprender a pilotar.  

        Cuando te dicen para aprender a manejar, uno imagina girar el volante, meter cambios en el momento indicado e incorporar la sensibilidad del acelerador, y pasa por alto que, antes que todo eso, el auto tiene que querer salir. Así que ahí está el pobre diablo, girando la llave otra vez y acelerando con el embrague presionado al mismo tiempo. 

        El auto se desliza despacio por el asfalto, toma lentamente el valor de afrontar la empinada subida en la que está, e induce al joven a una renovada galaxia de ilusiones. Porque en este momento, en el que olvidó que la vecina de enfrente puede estar riéndose al otro lado de la ventana, en este horario justo y estudiado en el que la de la esquina, su amor no correspondido, vuelve de handball, y en esta única hora en la que su madre puede enseñarle a manejar y que ya se está por evaporar, su mundo se reduce a que el auto arranque. 

        Pensando en la inconmensurable simultaneidad de eventos se da cuenta de que el Peugeot está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable. Acelera despacio, con suspenso. 

        Un estruendo sacude al piloto hacia adelante, hacia atrás, y a la nueva ilusión hacia el suelo. Abruptamente el bólido se detiene. Por fuera demuestra desilusión, por dentro grita "la puta madre". "Bueno, casi. La próxima seguimos, no te preocupes", le dice su copiloto, que abre la puerta y baja. El novato asiente tímidamente, y sin despegar sus manos del volante exhala de forma sonora. 

        "La próxima me va a salir. Ya estuve cerca cuatro veces, pero la próxima va a salir". Se enoja por los intentos infructuosos, para luego relajarse recordando la tranquilidad con que su madre cerró la clase. Enseguida recae en que ella nunca se puso el cinturón de seguridad: ¿Acaso nunca confió en que iba a arrancar? No tendría que ser tan dramático, lo sabe, falta mucho para que, con él al volante, pueda suceder un accidente a una velocidad considerable, pero en esta ausencia de respuestas y en la incógnita del porvenir cualquier hipótesis, sobre todo las derrotistas, se materializan mientras se apartan de la realidad. Por esta vez, ya cansado, les da un portazo tras cerrar la puerta del auto, y dice en voz alta, con un suspiro mezclado entre su sonoridad, "la próxima será".




        Estamos, tras tanta espera, juntos. Hay oscuridad de noche en las cuadras, hay luces sepias en el barrio, y veinte personas amontonadas alrededor de nosotros, contiguos a la garita de colectivo. Los dos parados, uno al lado del otro, vos contándome de tu día. Te miro hablar, me quedo mirándote los labios, y siento como mi cuerpo se desliza lentamente por el aire, toma el valor de afrontar lentamente la subida en la que está metido, en la que yo lo metí y el me metió, y la parada se transforma en una galaxia lejana, que se desgrana en tanto y en cuanto mi mundo y mi existencia están cerca tuyo. 

        Aunque esté al volante de mi vida, y sea que tome la decisión de intentarlo o que prefiera reservar las energías anímicas, estoy entregado a la arbitrariedad de mi cuerpo, de los hechos, de tu preferencia, para saber si puedo poner primera o no. Y en este preciso instante en el que las subordinadas que invadieron tu diálogo concluyeron, en que el silencio domina este mismo espacio en el que veinte sujetos hablan a la vez, percibo como mi ser está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable.

        El cole ya partió, vos ya te subiste. La llegada del 153 fue un estruendo que me sacudió hacia todas las direcciones menos hacia arriba, justo cuando creí que estaba más cerca que nunca. ¿Habrá sido un delirio? ¿Habré estado equivocado? ¿Acaso estuve cerca, o fue porque sabías lo lejos que estoy de arrancar que no tenías puesto el cinturón de seguridad?

        El celeste característico desapareció un par de cuadras más allá. Las personas reaparecen, ahora son sólo cinco. Miro lo que falta para que pase el próximo colectivo, ahora que decidí no tomarme el mismo que vos aunque me deje a una cuadra de mi casa. Asumo que tendré que estar diez minutos más acá parado, y mirando las hojas que se mezclan en el negro del cielo nocturno, digo en voz baja, con un suspiro mezclado entre la sonoridad de mis palabras, "la próxima será".

martes, 25 de abril de 2023

Orgánico

             ¿Será por su encanto? ¿O porque todavía no me di cuenta de que no me gusta? ¿O es que me encanta y me da pánico pensar en el más allá, en el cómo? 


                No sé el motivo, pero no puedo imaginarla eróticamente. Sólo quiero abrazarla, toda la noche si es posible, y quiero tener su pelo debajo de mi nariz, escucharla respirar encima de mi pecho, y acariciarle la cabeza para que duerma en paz. Quiero abrazarla fuerte y cagar a piñas al que la quiera molestar.


                Todo mientras seguimos siendo amigos, todo mientras desconozco el sabor de su boca.


            Quizá si expreso mi atracción por otra enfrente de ella le llamo la atención y se la juega, quizá así origino un lance, o quizá mejor invento alguna excusa para verla de nuevo... Pero ya no tengo ganas, no quiero idear estrategias: la única forma de que salga algo bueno con ella (amistad u onda) es que lo que sea sea genuino, orgánico.



                Quiero dormir con vos de nuevo. Quiero enamorarme otra vez de vos, como cuando estabas acostada al lado mío, arreglando la cama, y yo estaba mirando el tornillo fijamente, entendiendo lo cerca que estaba el peligro de embobarme mirándote.


                Quiero abrazarte toda la noche. Es lo único que sé.

miércoles, 5 de abril de 2023

Santuario

             No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.



            No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.



            No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.



            No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.

            Para creerlo.

viernes, 31 de marzo de 2023

Ilusión (o espera)

            No quería que me conquistes, ni que me busques enloquecida. No sé si me gustaría verte corriendo, vernos corriendo. Prefiero no imaginarme hablándote todas las noches. 

            
            No quería palabras especiales, no quería migas de tu atención, no quería que todo sea como lo imaginaba.

            
            No quería invitarte a dormir, no quiero que nos enamoremos, no quería hacerme la cabeza pensando en nuestro futuro, no quería amargarme el día con un corazón roto, ni llegar a esta casa desamoblada con ganas de escribirte algo. 

            
            No quería llenar tu ausencia pensando en otra, ni fingir que no me importás.




            Sólo quería que me elijas.

jueves, 30 de marzo de 2023

El éxito

            ¿Podés creer?  Estoy acostado mirando el techo de mi casa.


            Que no es casa. No es nuestra casa. 


            Es mi casa.


            Escuchar música tranquilo (porque ya tengo abono en el celular), mirar por las ventanas (porque tanto en el balcón como en la ventana de la pieza tengo una vista preciosa), pensar en música, escribir, salir con amigos...


            Todo se transformó, se agrandó, ocupó dinámicamente, como un globo que se expande por todo el espacio que las paredes le dejan, mi vida y mi tiempo.


            Y me va re bien en el laburo. Y siento que me merezco lo que tengo. Y no me conformo. Y amo. Y río, sin obedecer al kitsch del momento.


            Estoy bien.


            Estoy tan bien, tan en paz, que a veces me doy, me puedo dar, el lujo de acostarme a mirar el techo y escuchar música. Y entonces, en paz, sin tener urgencias que cubrir, sin tener nada que me quite el sueño, te pienso y digo que no puedo creer que nos hayamos separado.

lunes, 6 de marzo de 2023

La lanza

             (...) te podría haber hecho reír. Te podría dar un amor gigante. Podríamos haber hablado de psicoanálisis, ponele. Te habría escuchado con fascinación en lo que sea que cuentes, ese misterio que guardas y que desconozco. Hubiera sido genial.


            Porque los dos nos gustamos.


            No me habría cansado nunca de decirte lo hermosa que sos.


            Estaba dispuesto a morir por esto. Hasta me imaginé enganchados, y vos preguntándome cuánta seriedad puede tener mi amor si recién me separé. Y me imaginé diciéndote que sí, que en algún momento iba a sufrir un lanzazo que me atraviese la espalda y el corazón, pero que estoy dispuesto a comérmelo por vos, si es que querés quedarte, y que si te vas lo entendería, y si sigo vivo después del lanzazo te amaría por siempre. 


            Y bueno... Si el lanzazo me mata, mi muerte habrá valido la pena. Porque definitivamente me muero por vos.


            Pero me descartaste. Cómo duele, taladra, aniquila.

sábado, 21 de enero de 2023

La de enfrente/2


    
            



                Desde que volví, es decir, recién comenzado el 2023, la persiana no volvió a abrirse. Y su ausencia me demostró mi ausencia propia, la falta de propósito en mis cosas que se acrecentó cuando me quedé sin laburo. De la nada, todos los días era mirar enfrente, al otro lado de la calle, para ver si ella volvió. Y nunca volvía.


        Me preguntaba todos los días si se habría mudado, y enseguida me respondía que no, que los sillones todavía estaban, se los hubiera llevado. "¿Y si se fue y quedaron como propiedad del departamento? Ya van tres semanas sin verla", y en esa incógnita imposible de resolver se quedaba mi intriga total por la ventana de enfrente, la habitante que me entretenía todos los días, la seducción de lo desconocido que se apoderaba de mi ahora intrascendente vida.


        No registré mi obsesión por ella hasta que vi, al fin, la ventana abierta. La persiana levantada, tras semanas de estar velando el interior del departamento de dos ambientes, ese departamento cuyo living/cocina se observa con totalidad desde el mío, y cuyo pasillo de ingreso a su pieza me mostró de pura casualidad su cuerpo desnudo saliendo de la ducha. Porque eso fue lo último que vi de ella: su cuerpo delgado, su presencia imponente, su cabello oscuro enhebrado entre sí con la típica consistencia del pelo largo mojado, y su cola desnuda, todo marchando hacia su pieza sin ninguna toalla, sin interrupciones, sin vergüenza. Y la vi girar hacia la derecha, noté sus pezones pequeños, erectos, noté que no supo que la vi, entendí que se metió a su pieza a vestirse, y eso fue la única vez en los próximos 21 días que encontré su color. 


        Y recién ahora recuerdo cómo, las tres semanas de larga incógnita, mi mente se debatió ininterrumpidamente si lo hizo a propósito, queriendo que por alguna de las grandes casualidades la vea o si, al ver que en el departamento de enfrente parecía no haber nadie, se sintió segura de no complicarse la salida del baño. Y ella, sin saberlo, cruzó de la ducha a la pieza en el preciso instante (lo juro) que atiné a juntar la ropa que estaba colgada en el tender del balcón. Tampoco supo ella que, si bien se habrá apartado de Rosario las tres semanas siguientes, no salió en ningún momento de la mente de su vecino, que la traía a la ciudad cada vez que un minuto parecía muerto. 


        Pero ya volvió. Ya está acá. Cuando me aburría durante su ausencia, me sentaba a desafiar la incógnita que tuve desde que se estableció en su nuevo hogar, a mirar, fija, larga y tendidamente la estructura de su departamento y pensar en lo que ella estaría haciendo. Pero volvió, y ahora no puedo parar de mirar enfrente. No puedo parar de incomodarla. No puedo notar su presencia y no intentar mostrarme, aparecer para ella, sacarme de la cabeza la tentación de mirarla y las ganas de, al fin, poder admirarla entera, conocerla de vista, saber cómo es. 


Sé que lo nota. Porque las mujeres notan todo, y porque entre lo evidentes que somos los hombres soy el hombre más obvio que existe. Al ritmo que cae la persiana cada vez que la cierra, una apisonadora me aplasta el corazón acompañando el movimiento del plástico color marfil, y me paso las próximas jornadas sintiéndome un acosador y luchando conmigo para convencerme de que no la cerró por mí, que no todo pasa por mí. Pero sé, estoy seguro, de que lo nota.


Yo me mato pensando todos los días. Ella se apronta, cierra la persiana y se va a trabajar.

jueves, 15 de septiembre de 2022

Sobre la responsabilidad

        - ¿Alguien más investigó?  - preguntó Magda, y un esbozo de optimismo se entreveía en su sonrisa tenue, agazapada. El silencio sepulcral, la timidez del alumno en falta, las cabezas mirando para abajo, sin embargo, le aducen otra vez que hizo mal en creer. Sus ojos de repente miran hacia abajo, protegidos por un par de cristales hexagonales con trasluz violeta, y la alegría se desvanece tras sus labios. Anota algo, quién sabe qué. 

Miro a mi alrededor. El silencio se multiplica, la ausencia del aula ocupa todos los lugares. Veo que Magda no sabe cómo continuar la clase ni cómo continuar con el curso, con su trabajo, que está triste, y me dan ganas de gritarles a mis compañeros "pónganle voluntad, la concha de su madre". Pero me reservo todo tipo de respuesta, solo camuflo mi frustración compartida tras mi mano derecha soportando mi mentón, y mis dedos abrazando mi boca y mi nariz. Mi frustración porque avancé en la investigación que me tocaba justamente para que esto no suceda, y porque mis compañeros no hacen una goma. Solo hay silencio. Silencio que condensa el aire con la tensión que arroja el estar en evidencia.

Al lenguaje escarchado y obturado lo rompe la segunda profesora, que toma la batuta de la clase contando casos pedagógicos relacionados a los escenarios educativos no formales. La clase hace como si nada, pero la acción está en otro lado. Magda ya no anota. Creo que quiere llorar, aunque sé que no lo va a hacer. Sabe pasar desapercibida, es una gran profesional, y solo escucha de pasada, mirando para abajo con sus piernas cruzadas, las palabras de su colega. Lanza un suspiro, sigue con la mirada fija.

Creo que, de la nada, percibe el mundo alrededor nuevamente. Magda levanta la vista, observa el escenario, corrobora que los ánimos no cambiaron, que todo va a seguir igual por los próximos 60 minutos, que le queda una hora de sacar agua de las piedras, y toma aire. Inspira y exhala disimuladamente, pero con la fuerza de quien necesita tomar impulso. Interpreta algo del espacio de lo que agarrarse: hace calor en la sala, y está con buzo y campera. Así que, desde la silla libre en la que está, donde no tiene mesa ni escritorio, se quita el abrigo oscuro, con vivos grises, que estuvo abierto desde que llegó, y lo deja apartado.

Creí que ya estaba cómoda. Pero imagino que prefirió cómo le queda la campera, que ve al buzo negro liso como soso, o incluso incómodo, así que se lo quitó, tomando con los brazos cruzados la parte de la cintura y elevándolo. Se quitó el suéter en un movimiento con gracia, automático, así que sin darme cuenta estaba ella ahí, de musculosa negra, con su cabellera enrulada de color castaño claro cayendo en sus hombros desnudos, con la cintura estilizada por el corte de la remera, con su busto protagonizando el look de las prendas de verano.

Pero recordó, quiero imaginar, que el código de etiqueta de los profesorados, de los colegios, no permite prendas con hombros descubiertos, así que tomó la campera que había apartado y se la puso de nuevo. O quizá su plan fue siempre estar de campera y remera, y el quitarse el buzo y quedar de musculosa por un instante era una instancia lógica de ello. No sé si importa la causa por lo que se deformaron el tiempo, los roles, la percepción de esa manera. Solo sé que, a partir de esos instantes inesperados, de esos cinco segundos en los que Magda fue más mujer que profesora, entendí que no investigué para la clase de hoy por ser responsable, sino por estar enamorado.

viernes, 16 de agosto de 2019

Dos minutos

         A veces, cuando veo que el reloj está a dos minutos de gritar y yo estoy a dos minutos de volver a la rutina, me pongo a pensar en ella. Y me paso horas viéndola embobado, observando cómo se peina, tomando su cintura, acariciando su pelo, sintiendo su perfume. El reloj, que poco entiende de flexibilidades, avisa a viva voz que llegó a 120, pero en ese lapso yo soñé toda una noche.

martes, 25 de septiembre de 2018

Agua Marfil

        "Ei, ¿estás vivo?". Los píxeles formaban letras negras sobre los demás iluminados en blanco y dejaban leer el mensaje enviado por Laura pero, a pesar de que el celular vibró sobre la madera hueca y el ruido se asemejó al de una revolución de abejorros, nadie estuvo ahí para revisar lo que quería comunicar. El Samsung se había hecho lugar entre el velador, el reloj que era despertador pero lo hacía a cualquier hora, las servilletas y pañuelos para el invierno y los llantos y los papeles y recibos que tenían más importancia del que se dignaba a admitir. De hecho, estuvo a punto de ponerle una estampita porque era un fenómeno sobrenatural que el celular nunca se haya caído de ahí. Algunos de los papeles hacían equilibrio, con su centro de gravedad a centímetros de volcarse sobre la cama contigua. 


        Las sábanas y frazadas lucían revueltas por la decisión de quien se abrigó con ellas y de un salto decisivo se las sacó de encima. El pliegue formaba una línea oblicua que apuntaba casi directamente, a través del pequeño pasillo de la habitación, a la silla en la que Gena estaba sentado desde hace dos o tres horas. La pantalla de la computadora le alumbraba el rostro (que lucía un bigote incipiente) con el pulcro blanco de las páginas del Word, y sólo el ruido de las teclas y el tenue sonido del ventilador de la PC rompía el silencio sepulcral de la noche. 


        Gena escuchó el celular vibrar, pero sólo atisbó a cerrar los ojos y esperar cinco segundos para saber si percibía el golpe del teléfono contra el suelo. "Le tengo que comprar una funda", dijo en voz alta, aprovechando que podía decir lo que quería porque estaba solo, antes de seguir con lo suyo. Sabía que estaba hablando con ella, intuía que lo que rompía la atención era un mensaje escrito desde su celular, pero ya estaba harto de perder el hilo y la inspiración por desatenderse cinco minutos que después se extendían a diez, a 30 y a desistir de la prosa. Esta vez se había decidido a escribir y nada más, a terminar el texto, a lograr, con los consejos obtenidos, el relato que lo haga merecedor de la recompensa final. 


        El celular vibró unas veces más hasta que, entrada la madrugada, no volvió a sacudirse. Pasados unos cuantos minutos Gena puso el punto final, se tomó media hora más para releer la historia y corregirla hasta que se permitió lanzar un "listo, ya está". Sus pupilas apuntaron a la esquina inferior derecha y notó que el reloj señalaba las 02:43. Guardó el proyecto, apagó la compu y se dejó caer en la cama al tiempo que desbloqueaba el celular. "Bueno me voy a dormir nomás ya que no querés ni clavarme el visto. Hasta mañana, besitos". No eran nada, la sentía como todo, y entre el egoísmo del soltero y la empatía del enamorado se debatía su accionar. Desplegó el chat y pensó en que se iba a enojar, pero la pensó como la chica inteligente que le gusta y se respondió con un "va a entenderlo" antes de contestarle con unas leves y vagas explicaciones.


        No le gustaba reconocerlo, pero el misterio que se generó en torno a la noche que se quedó escribiendo despertó más interés en Laura. El mes que siguió comenzó con su amor imposible preguntándole qué estaba redactando, para qué tanta emoción, por qué se había ido a Chajarí ese domingo, y ante las respuestas simpáticas, divertidas pero terminantemente negativas la chica de pelo castaño necesitaba sacar pistas de algún lado. Asimismo, la enigmática felicidad del joven le despertaba más ganas de informarse de cosas que quizá no tendrían importancia si no estuviesen relacionadas con él. Las noches que se pasaba tirada entre las frazadas rojas junto al póster de Usted Señalemelo sin más propósito que pasar las horas hablando con Gena se repetían una tras otra y con una necesidad que no había ni siquiera imaginado. Las citas como amigos se repetían de a dos o tres por semana, y ninguno de los dos llegaba a creer que a la sombra del lapacho, sobre la alfombra de flores rosas mezcladas con el césped verde del paseo, había cuatro brazos que ansiaban cruzarse.


        Tres semanas después ya todo era obvio para el mundo pero no para ellos dos. Gena no se animaba a dar el paso porque creía que la mujer que estaba al lado suyo, hablando todo el tiempo con él y diciéndole que sí a todo plan tenía otro pretendiente mejor, y Laura no tiraba el beso porque de tantos hombres que le tiraron onda ninguno fue tan lento y hasta casi desinteresado como quien llenaba su chat. Quizá por cosa del destino o porque las mentes correspondidas se conectan a una frecuencia especial, el miércoles ambos abrieron la ventana de su pieza y al ver el sol anunciando un día perfecto se dijeron, sin saberlo pero al unísono, "hoy, sí o sí". Abrieron el chat de la noche anterior y se encontraron con que estaban escribiendo al mismo tiempo incluso antes de saludarse. "Tengo algo re copado para mostrarte" le dijo Gena, sin saber que ni siquiera tenía que ser algo bueno como para que Laura le diga que sí. 


        Coordinaron y a las 16 ya estaban en la costanera, sentados entre las flores rosas y con el tronco protegiéndolos de la vista de los runners. Los nervios los movían a cortar con los dedos las hojas de césped a su alcance, las piernas cruzadas reflejaban los nervios y la tensión de ambos, el silencio no fue así ni cuando se conocieron. Pensaban en algo que preguntarse pero recordaban que ya habían hablado todo por celular, y no volverían a preguntarlo por miedo a que se lo tome como una falta de atención. Las hojas de los árboles cedían ante la fuerza del viento y algunos pétalos se separaban en el cielo, justo encima de ambos. Gena no sabía ni por qué había estado mirando hacia arriba, pero pudo ver como cuatro pedacitos de flor descendían bailando un vals y se depositaban sobre el pelo de la hermosa chica que lo acompañaba. "Es ahora, es el momento", pensó, justo cuando el rostro de la joven se puso de frente a él.


        "Ah, te dije que te traía algo". Interrumpió y revisó su mochila, tan concentrado en buscar el regalo que no percibió el suspiro de la castaña. Sacó de ahí el libro y se lo entregó. "Mirá, salvo mi familia no lo sabe nadie porque me acaba de llegar y quería que lo veas". La tapa no contaba mucho, Laura no entendía por qué le interesarían unas páginas tituladas "Clínica Literaria: Antología", pero dio un stand by a la decepción que la invadía y decidió abrirlo. Se distraía con todo con tal de no pensar, con el logo de La Luna y el Gato, con el nombre del editor del libro... Hojeó sin parar, dándole un vistazo muy por arriba, hasta que un título la detuvo en seco. 


        "Agua Marfil". "Autor: Genaro Bianchi". No atinó a leer la primera oración, esa que contaba cómo se conocieron, no quiso fijarse cuánto se extendía la historia, sólo lo miró y supo que era el momento de inmortalizar todo. Varios kilómetros hacia el norte, bebiéndose un café en su taza de Rosario Central, quien dictó la clínica sonreía apaciblemente sin saber que su clínica literaria había hecho mucho más que enseñar a escribir cuentos.




(escrito para promocionar la clínica literaria de un amigo editor)

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...