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martes, 7 de enero de 2025

A. S.

            Ahora entiendo la locura por ella, por qué te deja "pedaleando en el aire": para imitar lo que le hacen los libros que lee.

            Una simple intervención, ella es la irrupción en persona: siempre aparece inoportuna, su propia belleza la hace impropia de su simpatía, de su interés, de su aparente vulnerabilidad.

            ¿Quién es más fuerte: la que no le hace daño nada o la que se nota que le duele y sin embargo la ves pasar, sonreír, dividirte?

            Por fuera de todo estatuto, lejana a toda prevención, impasible a los pronósticos, ella aparece, sonríe, saluda y se va.

jueves, 21 de marzo de 2024

Detesto estar enamorado

Veo dulzura en sus ojos negros, y una belleza que jamás vi. Veo paz en su actitud caótica, inesperada, tan inesperada como que me dirija la palabra. 

Es esa ternura que la rodea lo que me captura. Puedo ver un mundo con ella, pero su estatus de diosa sobre la tierra me hace preguntarme realmente si otra vez mi percepción me está engañando.


Detesto estar enamorado. Porque me va a hacer mierda.


Trato de simular que sos el motivo más importante de mi emoción por mi cumple. Intenté ocultar que cuando supe que ibas a ir apreté el puño en señal de festejo. No pregunto por vos, porque nombrarte va a abrir las puertas de todo lo que siento, y ruego que nadie hable sobre vos, porque va a ser un dique al que, de la nada, le vuelan la pared.

Y sos tanta mujer, sos tan imposible, que tengo ganas de hacer todo lo que quiero lograr. Quiero tener una banda, quiero grabar mi disco, mejorar mis composiciones, quiero escribir, todo solo para merecerte.


Desde que sé que existo para vos camino por una lámina de vidrio a 50 metros de altura.

lunes, 5 de junio de 2023

La próxima


        Está cantado. La práctica hace al maestro, pero nunca te dicen cuándo te entrega el título. ¿Cuánta práctica es necesaria para avanzar? El chico parece estar a merced de la arbitrariedad, o de la crueldad, del viejo Peugeot 405 que quiere aprender a pilotar.  

        Cuando te dicen para aprender a manejar, uno imagina girar el volante, meter cambios en el momento indicado e incorporar la sensibilidad del acelerador, y pasa por alto que, antes que todo eso, el auto tiene que querer salir. Así que ahí está el pobre diablo, girando la llave otra vez y acelerando con el embrague presionado al mismo tiempo. 

        El auto se desliza despacio por el asfalto, toma lentamente el valor de afrontar la empinada subida en la que está, e induce al joven a una renovada galaxia de ilusiones. Porque en este momento, en el que olvidó que la vecina de enfrente puede estar riéndose al otro lado de la ventana, en este horario justo y estudiado en el que la de la esquina, su amor no correspondido, vuelve de handball, y en esta única hora en la que su madre puede enseñarle a manejar y que ya se está por evaporar, su mundo se reduce a que el auto arranque. 

        Pensando en la inconmensurable simultaneidad de eventos se da cuenta de que el Peugeot está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable. Acelera despacio, con suspenso. 

        Un estruendo sacude al piloto hacia adelante, hacia atrás, y a la nueva ilusión hacia el suelo. Abruptamente el bólido se detiene. Por fuera demuestra desilusión, por dentro grita "la puta madre". "Bueno, casi. La próxima seguimos, no te preocupes", le dice su copiloto, que abre la puerta y baja. El novato asiente tímidamente, y sin despegar sus manos del volante exhala de forma sonora. 

        "La próxima me va a salir. Ya estuve cerca cuatro veces, pero la próxima va a salir". Se enoja por los intentos infructuosos, para luego relajarse recordando la tranquilidad con que su madre cerró la clase. Enseguida recae en que ella nunca se puso el cinturón de seguridad: ¿Acaso nunca confió en que iba a arrancar? No tendría que ser tan dramático, lo sabe, falta mucho para que, con él al volante, pueda suceder un accidente a una velocidad considerable, pero en esta ausencia de respuestas y en la incógnita del porvenir cualquier hipótesis, sobre todo las derrotistas, se materializan mientras se apartan de la realidad. Por esta vez, ya cansado, les da un portazo tras cerrar la puerta del auto, y dice en voz alta, con un suspiro mezclado entre su sonoridad, "la próxima será".




        Estamos, tras tanta espera, juntos. Hay oscuridad de noche en las cuadras, hay luces sepias en el barrio, y veinte personas amontonadas alrededor de nosotros, contiguos a la garita de colectivo. Los dos parados, uno al lado del otro, vos contándome de tu día. Te miro hablar, me quedo mirándote los labios, y siento como mi cuerpo se desliza lentamente por el aire, toma el valor de afrontar lentamente la subida en la que está metido, en la que yo lo metí y el me metió, y la parada se transforma en una galaxia lejana, que se desgrana en tanto y en cuanto mi mundo y mi existencia están cerca tuyo. 

        Aunque esté al volante de mi vida, y sea que tome la decisión de intentarlo o que prefiera reservar las energías anímicas, estoy entregado a la arbitrariedad de mi cuerpo, de los hechos, de tu preferencia, para saber si puedo poner primera o no. Y en este preciso instante en el que las subordinadas que invadieron tu diálogo concluyeron, en que el silencio domina este mismo espacio en el que veinte sujetos hablan a la vez, percibo como mi ser está más cerca que nunca de, finalmente, pasar a la primera marcha. Es materialmente, peligrosamente, posible, probable.

        El cole ya partió, vos ya te subiste. La llegada del 153 fue un estruendo que me sacudió hacia todas las direcciones menos hacia arriba, justo cuando creí que estaba más cerca que nunca. ¿Habrá sido un delirio? ¿Habré estado equivocado? ¿Acaso estuve cerca, o fue porque sabías lo lejos que estoy de arrancar que no tenías puesto el cinturón de seguridad?

        El celeste característico desapareció un par de cuadras más allá. Las personas reaparecen, ahora son sólo cinco. Miro lo que falta para que pase el próximo colectivo, ahora que decidí no tomarme el mismo que vos aunque me deje a una cuadra de mi casa. Asumo que tendré que estar diez minutos más acá parado, y mirando las hojas que se mezclan en el negro del cielo nocturno, digo en voz baja, con un suspiro mezclado entre la sonoridad de mis palabras, "la próxima será".

viernes, 31 de marzo de 2023

Ilusión (o espera)

            No quería que me conquistes, ni que me busques enloquecida. No sé si me gustaría verte corriendo, vernos corriendo. Prefiero no imaginarme hablándote todas las noches. 

            
            No quería palabras especiales, no quería migas de tu atención, no quería que todo sea como lo imaginaba.

            
            No quería invitarte a dormir, no quiero que nos enamoremos, no quería hacerme la cabeza pensando en nuestro futuro, no quería amargarme el día con un corazón roto, ni llegar a esta casa desamoblada con ganas de escribirte algo. 

            
            No quería llenar tu ausencia pensando en otra, ni fingir que no me importás.




            Sólo quería que me elijas.

lunes, 6 de marzo de 2023

La lanza

             (...) te podría haber hecho reír. Te podría dar un amor gigante. Podríamos haber hablado de psicoanálisis, ponele. Te habría escuchado con fascinación en lo que sea que cuentes, ese misterio que guardas y que desconozco. Hubiera sido genial.


            Porque los dos nos gustamos.


            No me habría cansado nunca de decirte lo hermosa que sos.


            Estaba dispuesto a morir por esto. Hasta me imaginé enganchados, y vos preguntándome cuánta seriedad puede tener mi amor si recién me separé. Y me imaginé diciéndote que sí, que en algún momento iba a sufrir un lanzazo que me atraviese la espalda y el corazón, pero que estoy dispuesto a comérmelo por vos, si es que querés quedarte, y que si te vas lo entendería, y si sigo vivo después del lanzazo te amaría por siempre. 


            Y bueno... Si el lanzazo me mata, mi muerte habrá valido la pena. Porque definitivamente me muero por vos.


            Pero me descartaste. Cómo duele, taladra, aniquila.

viernes, 27 de enero de 2023

Luces




            Ahora se ve. Ahora no. Ahora se ve. Ahora no. Hasta que el ojo se acostumbre, la habitación muestra por intermitencias su desorden y la disposición del mobiliario. Pero no se entiende: se intuye, porque el brevísimo lapso de iluminación no da tiempo a apreciar, a evaluar lo que está ahí, a entender que las bolsas cuelgan de la cuna despintada y convertida en sofá, que el árbol de navidad tiene una sobrecarga de adornos, que la alfombra está exageradamente sucia. Y el color tenue, ese policíaco azul, disfraza la realidad, cambia las reglas cromáticas del panorama, y ofrece un misterio que, por entenderse tan poco, seduce.


            Si me hubieras visto en esos años y en esa situación, podrías haber dicho que no lo disfrutaba, que estaba muy inmerso en la compu. De a ratos sí, la verdad. Pero eran esos respiros en las extendidas sesiones de vicio, esas en las que permanecía hasta el amanecer, donde sentía plenitud. Claro, fácil sensación si estás de vacaciones, pero ahí estaba la noche calurosa, la vista al patio, la compu cargando el próximo partido de Liga Máster. Y la luz azul parpadeando.


            Ver otras luces, blancas o amarillas, intermitentes o estables, pero siempre decorativas, me retrotrae a esa época, a esa sensación. Me aborda la nostalgia, después me desborda y siento que quiero volver. ¿Será por eso que tengo una proactividad tan baja en mi soledad? Confundo esas noches de paz, considero que sucedieron porque pude olvidar todo, cuando en realidad esa paz era porque no tenía ninguna responsabilidad. Hoy por hoy la ganancia es mayor, las cosas que quiero hacer me enorgullecen más y, aunque no las hago, sé que el tiempo que reposo buscando las luces azules no me es placentero. Hay todo un mundo que sigue girando, y si me quedo quieto me quedo atrás.


            Por eso, cada vez que veo una luz intermitente me detengo a apreciarla. Admiro el lugar que la rodea, a los haces de luz que rebotan en las paredes, los objetos mostrándose y ocultándose al son de un ritmo inaudible. Y sonrío.

martes, 25 de septiembre de 2018

Agua Marfil

        "Ei, ¿estás vivo?". Los píxeles formaban letras negras sobre los demás iluminados en blanco y dejaban leer el mensaje enviado por Laura pero, a pesar de que el celular vibró sobre la madera hueca y el ruido se asemejó al de una revolución de abejorros, nadie estuvo ahí para revisar lo que quería comunicar. El Samsung se había hecho lugar entre el velador, el reloj que era despertador pero lo hacía a cualquier hora, las servilletas y pañuelos para el invierno y los llantos y los papeles y recibos que tenían más importancia del que se dignaba a admitir. De hecho, estuvo a punto de ponerle una estampita porque era un fenómeno sobrenatural que el celular nunca se haya caído de ahí. Algunos de los papeles hacían equilibrio, con su centro de gravedad a centímetros de volcarse sobre la cama contigua. 


        Las sábanas y frazadas lucían revueltas por la decisión de quien se abrigó con ellas y de un salto decisivo se las sacó de encima. El pliegue formaba una línea oblicua que apuntaba casi directamente, a través del pequeño pasillo de la habitación, a la silla en la que Gena estaba sentado desde hace dos o tres horas. La pantalla de la computadora le alumbraba el rostro (que lucía un bigote incipiente) con el pulcro blanco de las páginas del Word, y sólo el ruido de las teclas y el tenue sonido del ventilador de la PC rompía el silencio sepulcral de la noche. 


        Gena escuchó el celular vibrar, pero sólo atisbó a cerrar los ojos y esperar cinco segundos para saber si percibía el golpe del teléfono contra el suelo. "Le tengo que comprar una funda", dijo en voz alta, aprovechando que podía decir lo que quería porque estaba solo, antes de seguir con lo suyo. Sabía que estaba hablando con ella, intuía que lo que rompía la atención era un mensaje escrito desde su celular, pero ya estaba harto de perder el hilo y la inspiración por desatenderse cinco minutos que después se extendían a diez, a 30 y a desistir de la prosa. Esta vez se había decidido a escribir y nada más, a terminar el texto, a lograr, con los consejos obtenidos, el relato que lo haga merecedor de la recompensa final. 


        El celular vibró unas veces más hasta que, entrada la madrugada, no volvió a sacudirse. Pasados unos cuantos minutos Gena puso el punto final, se tomó media hora más para releer la historia y corregirla hasta que se permitió lanzar un "listo, ya está". Sus pupilas apuntaron a la esquina inferior derecha y notó que el reloj señalaba las 02:43. Guardó el proyecto, apagó la compu y se dejó caer en la cama al tiempo que desbloqueaba el celular. "Bueno me voy a dormir nomás ya que no querés ni clavarme el visto. Hasta mañana, besitos". No eran nada, la sentía como todo, y entre el egoísmo del soltero y la empatía del enamorado se debatía su accionar. Desplegó el chat y pensó en que se iba a enojar, pero la pensó como la chica inteligente que le gusta y se respondió con un "va a entenderlo" antes de contestarle con unas leves y vagas explicaciones.


        No le gustaba reconocerlo, pero el misterio que se generó en torno a la noche que se quedó escribiendo despertó más interés en Laura. El mes que siguió comenzó con su amor imposible preguntándole qué estaba redactando, para qué tanta emoción, por qué se había ido a Chajarí ese domingo, y ante las respuestas simpáticas, divertidas pero terminantemente negativas la chica de pelo castaño necesitaba sacar pistas de algún lado. Asimismo, la enigmática felicidad del joven le despertaba más ganas de informarse de cosas que quizá no tendrían importancia si no estuviesen relacionadas con él. Las noches que se pasaba tirada entre las frazadas rojas junto al póster de Usted Señalemelo sin más propósito que pasar las horas hablando con Gena se repetían una tras otra y con una necesidad que no había ni siquiera imaginado. Las citas como amigos se repetían de a dos o tres por semana, y ninguno de los dos llegaba a creer que a la sombra del lapacho, sobre la alfombra de flores rosas mezcladas con el césped verde del paseo, había cuatro brazos que ansiaban cruzarse.


        Tres semanas después ya todo era obvio para el mundo pero no para ellos dos. Gena no se animaba a dar el paso porque creía que la mujer que estaba al lado suyo, hablando todo el tiempo con él y diciéndole que sí a todo plan tenía otro pretendiente mejor, y Laura no tiraba el beso porque de tantos hombres que le tiraron onda ninguno fue tan lento y hasta casi desinteresado como quien llenaba su chat. Quizá por cosa del destino o porque las mentes correspondidas se conectan a una frecuencia especial, el miércoles ambos abrieron la ventana de su pieza y al ver el sol anunciando un día perfecto se dijeron, sin saberlo pero al unísono, "hoy, sí o sí". Abrieron el chat de la noche anterior y se encontraron con que estaban escribiendo al mismo tiempo incluso antes de saludarse. "Tengo algo re copado para mostrarte" le dijo Gena, sin saber que ni siquiera tenía que ser algo bueno como para que Laura le diga que sí. 


        Coordinaron y a las 16 ya estaban en la costanera, sentados entre las flores rosas y con el tronco protegiéndolos de la vista de los runners. Los nervios los movían a cortar con los dedos las hojas de césped a su alcance, las piernas cruzadas reflejaban los nervios y la tensión de ambos, el silencio no fue así ni cuando se conocieron. Pensaban en algo que preguntarse pero recordaban que ya habían hablado todo por celular, y no volverían a preguntarlo por miedo a que se lo tome como una falta de atención. Las hojas de los árboles cedían ante la fuerza del viento y algunos pétalos se separaban en el cielo, justo encima de ambos. Gena no sabía ni por qué había estado mirando hacia arriba, pero pudo ver como cuatro pedacitos de flor descendían bailando un vals y se depositaban sobre el pelo de la hermosa chica que lo acompañaba. "Es ahora, es el momento", pensó, justo cuando el rostro de la joven se puso de frente a él.


        "Ah, te dije que te traía algo". Interrumpió y revisó su mochila, tan concentrado en buscar el regalo que no percibió el suspiro de la castaña. Sacó de ahí el libro y se lo entregó. "Mirá, salvo mi familia no lo sabe nadie porque me acaba de llegar y quería que lo veas". La tapa no contaba mucho, Laura no entendía por qué le interesarían unas páginas tituladas "Clínica Literaria: Antología", pero dio un stand by a la decepción que la invadía y decidió abrirlo. Se distraía con todo con tal de no pensar, con el logo de La Luna y el Gato, con el nombre del editor del libro... Hojeó sin parar, dándole un vistazo muy por arriba, hasta que un título la detuvo en seco. 


        "Agua Marfil". "Autor: Genaro Bianchi". No atinó a leer la primera oración, esa que contaba cómo se conocieron, no quiso fijarse cuánto se extendía la historia, sólo lo miró y supo que era el momento de inmortalizar todo. Varios kilómetros hacia el norte, bebiéndose un café en su taza de Rosario Central, quien dictó la clínica sonreía apaciblemente sin saber que su clínica literaria había hecho mucho más que enseñar a escribir cuentos.




(escrito para promocionar la clínica literaria de un amigo editor)

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...