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jueves, 21 de mayo de 2026

La habitación de al lado




        Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante. 

Había quedado con su amiga en que, cuando se suicide, iba a dejar abierta la puerta de su pieza. No sabía cuándo lo iba a hacer, cuánto iba a tardar en tomar valor; es más, siempre hubo cierta amenaza de arrepentimiento, una esperanza de volver atrás que se cobijaba en la amargura de su habla. Pero esa ilusión se desgranó en el piso al ver la señal hecha real.

Pensó que podía ser mentira, pero fue verdad. Revisó la pieza con la poca visibilidad que le permitían sus lágrimas y con la escasa cordura que le guardaba la desazón, pero no encontró a su amiga en ningún lado. ¿Habrá decidido morir en el bosque que estaba al otro lado del rudimentario camino? Alquiló esa casa apartada de la ciudad para morir en paz, quizá decidió llevar sus ultimos minutos escuchando a los pájaros... Bajó las escaleras envuelta en llantos, revisó los rincones como pudo: no hay rastro del cadáver. Entonces salió, se acostó en uno de los sillones que daban al bosque, y se limitó a llorar. Lo que temía, lo que sabía que iba a pasar, eso por lo que ella estaba ahí, pasó.

Pero era mentira. Su amiga apareció desde detrás de la casa, se acostó junto a ella y le dijo que seguía ahí, a su lado. Luego le preguntó por qué lloraba, como si no supiera que se iba a morir. El enojo, la protesta, el sentimiento de traición; emociones de furia en Ingrid, quien disparó todo un cargador de palabras mientras su amiga soportaba impasible los ataques.

Solo entendió la necesidad de ese trauma cuando su amiga Michelle dió nuevamente la señal, esta vez para morirse en serio. Michelle dejó la abertura sin cerrar y decidió, por la madrugada, que la cicuta la fulmine en el mismo sillón que su amiga eligió para llorar por ella. Porque, evidentemente, ese era el mejor espacio para el duelo, el lugar que Ingrid, un poco por instinto, eligió para llorar en paz. Ahora solo vivía una persona en la casa.

Otra vez la puerta abierta, y quizá la serenó la posibilidad de que la señal sea otra vez mentira. Ingrid ingresó nuevamente en la pieza, otra vez bajó las escaleras haciendo búsqueda visual... El mismo resultado, pero sin las lágrimas, alejada del pánico. Es una cuestión de lenguaje: ya no había lugar para la desesperación porque ahora lo que podía pasar era, efectivamente, lo esperado. Ya sabía que lo que sentía fue lo mismo que sintió la última vez, y en la comodidad del camino recorrido hacía unos días regresó al sillón de los llantos y la vio inerte. 


Sigo sin saber por qué voy a ver películas random a El Cairo, si cuando las veo me siento un gordo tryhard. Un gordo quizá incapacitado de disfrutar, quizá alumno de la escuela de drama, anotando las nuevas dimensiones de miseria humana que las pelis tienen para enseñarme. Ni siquiera voy a divertirme: las pelis de ahí muchas veces son, digamos, muy lejanas del pochoclo... creo que simplemente voy a tomar apuntes de esas escenas de ficción, que transformo en pedacitos de conocimiento para una improbable próxima vez.

Nunca imaginé que iba a usar los apuntes que tomé cuando ví La habitación de al lado (Almodóvar, 2024), pero acá estoy, buscándole un sentido a esta desesperación por absolutamente nada, por algo que fue una muestra y se esfumó. Algo que no duró más que el tiempo estrictamente necesario para que las ilusiones se pongan de pie, solo para castigarlas con la tabla apenas sus rodillas se estiren. 

Hoy no entiendo para qué estuvo esto. Qué injusta se siente la desilusión cuando se aparece antojadiza, o en esas veces en que quien pincha el globo es también quien lo infló y no le importa, es suyo, puede hacer lo que quiera. "¿Para qué apareciste? ¿Por qué jugás conmigo?". La protesta, el otro impasible frente a mi, ese otro que pareciera no escuchar pero que, curiosamente, no me está ignorando.

Creo que hoy vi la puerta abierta. Creo que bajé llorando y te extrañé por nada, por algo que ni siquiera fue. Al final estabas ahí, era joda.

Creo que me estás preparando para cuando sea verdad.

viernes, 8 de mayo de 2026

Marchito

        Algunas inspiraciones gritan por ser usadas. 

        Yo las encierro en una caja, hasta que no escuche salir del cubo nada más que el silencio cuadruplicado del entorno ingresando en ella, para luego rebotar intrascendente hacia afuera. Y entonces dejo la caja cerrada unas horas más, para asegurarme.

        La inspiración es súbita y, la mayoría de las veces, inoportuna. Hay veces que simplemente no puedo atenderla, no puedo cuidarla (esas veces se dan casi siempre). Y las veces que podría atenderla sus alaridos me agarran deprimido, como mi gata pidiéndome para jugar cuando me ve tirado en el sillón.

        Lo único que puedo hacer es, en el poco tiempo que tengo y quiero, abrir la caja y ver lo que queda adentro. Sentir el aire a osamenta, ver el cadáver marchito de una idea fantástica cuyo último hálito se fue en una palabra a todas luces ignorada. Sólo puedo escribir sobre su cuerpo o lo que queda de él tras cinco días de abandono, imaginar lo que gritaba, recorrer con mis ojos su faringe desfigurada, y fingir que estoy escribiendo lo que exigía, lo que sugería, con lo que insistía.

        Entonces en cada historia hay dos historias: la que me contó el cadáver, que secretamente escuché, pegando mi oído a la caja mientras fingía que no quería saber nada; y la de la desazón, porque el inventor del truco ya no está acá para explicarme cómo hacerlo.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Blackout

        No es que no sepa cómo atravesarlo, es justamente lo contrario. Envidio a Odiseo, porque aunque tuvo que soportar el canto hipnótico de las sirenas tuvo un barco que lo llevaba y marinos que hubieran dado la vida por él. En mi caso no solo tengo que pasar por este camino de horrores que gritan desde todas las direcciones y abrirme paso a machetazos entre las angustias, sino que soy el que pone el movimiento, el que a cada paso le pone una decisión. A mí nadie me lleva.

        Somos mis pies y yo atravesando el dolor. Ambos servidos solamente de mis ojos, que no encuentran nada más que horror a la vuelta, y un único atisbo de armonía en el camino que dejé atrás, ese al que ya no se puede volver. Mi añoranza atestigua cómo esta selva de despojos vuelve violeta, azul marino, negro, las imágenes a medida que las voy dejando atrás. Mi memoria quiere poner ojos en la nuca, pero todo lo que había atrás se vuelve difuso, la proporción armónica se deforma, los brazos que me ayudaban languidecen, las piernas se encojen, al torso le crece la panza y solo la panza de forma absurda. Solo me valgo de mi conciencia que ignora, bah, quiere ignorar, el miedo que entra en todos los sentidos y a través de todos los sentidos. Y lo único que, a veces, se impone a los gritos infernales es mi mente, que repite en un mantra que todo es mentira. "Seguí caminando, sólo tenés que caminar, este laberinto envenenado termina en algún momento".

        Entre las lianas púrpuras de los márgenes veo a las amistades deglutidas por la perversión. Sus ojos ya no están, solo son una órbita blanca mirando fijo hacia mi posición. La sangre cae desde el párpado superior, y sus bocas expresan palabras inaudibles con movimientos que dejan a la vista sus caninos afilados. Se forman comisuras en sus sonrisas diabólicas, los tatuajes de formas ilógicas congenian con sus intenciones. Me hablan en una voz que exhibe tres octavas al mismo tiempo. Veo sus manos tendidas hacia mí permaneciendo en la misma posición, pero ennegreciéndose progresivamente, como la solución que encuentra el que se arrepiente de todos los tatuajes de su brazo.

        Los que me acompañaban se escapan y no piden por mí. Nadie de ellos me pide ayuda, sus piernas ni siquiera giran queriendo volver a la claridad. Entran a la selva por motu proprio. Los seduce lo que mierda sea que los haga tener más miedo de perder a mi ex que a mí: o la comodidad, o la diversión, o la facilidad de juicio que se cae en forma de martillo gigante desde el cielo, con tanta violencia que penetra las eternas raíces de esta galería y ahora ya nadie lo puede sacar de ahí.

        El martillo ya forma parte del paisaje. El abandono a mi derecha, mis errores quedan atrás pero, de alguna forma, quienes ahora viven en la selva los siguen trayendo a mi altura. Las risas de mi ex sonorizan el camino inmundo; primero fueron risas de alegría, ahora, desde hace varios meses, son de mofa, de maldad, como si no quisiera parar hasta que logre quitarme todo. Como si se muriera de ganas de que de una vez por todas tire el machete al piso y me meta en las enredaderas, y así ella pueda, al fin, teñirme de blackout.

        Ya no sé qué queda de esto. Ya no sé qué queda de mí. No entiendo cuál es el sentido del camino que hago, simplemente estoy sufriendo haberme reencontrado con mis amigos de siempre y haber notado ese lugar al que pertenezco, mas ahora verme forzado a volver a esta realidad de mierda en la que nadie defiende a nadie.

        Padezco el dolor de notar que soy el único que cuenta con un machete.

jueves, 2 de octubre de 2025

el día después


(...), no sé cómo encontrar la fórmula para no querer que esté cuando haga lo que sea que quiera hacer. No entiendo cuántos experimentos tengo que intentar hasta que pueda no ponerle una máscara con su cara a la que esté saliendo conmigo. Y no sé cómo dejar de estudiar escultura para así dejar de crear muñecos de su cuerpo todas las veces que encuentro una explicación nueva. Ya no quiero poner la silla vacía enfrente mío y hablarle a la nada para aliviar mi dolor imaginando que me escucha y que dialogamos. 

Ya no quiero abrazarla, pero no puedo dejarla ir. En algún momento se me ocurrió la idea de que va a venir a buscarme el día después de que deje de esperarla, y entonces cada vez que dejo de pensar en ella determino que este es el momento que definitivamente la superé, y, por ende, el momento en el que me escribe.

Pienso que seré prisionero por siempre del fantasma tatuado, careta, de pelo perfecto y perfume l'Interdit que me persigue.

Entonces entiendo que es un pensamiento apocalíptico. Y que padezco de ansiedad. 

Y recuerdo que todo va a pasar.

Algún día va a pasar.



Sin que vuelva. 

domingo, 3 de agosto de 2025

El niño

No, amor, ¿Qué pasó? ¿Por qué estás así? ¿Qué te devastó tanto? ¿Qué es lo que te dejó arruinado, que te dejó chiquito? Tirado en el sillón abrazando tus rodillas, la cabeza apoyada en el almohadón, las lágrimas saliendo de a chorros. La música a todo volumen en los auriculares para no avergonzarte de cuán fuerte estás llorando. Una hemorragia que no corta, una angustia que no deja de exhibirse, una garganta que queda chica para el caudal de dolor que intenta proferir, sin palabras, sin protestas, sin formalización. Sos uno con el vos de hace 20 años, por fin.

No, amor, te juro que estás bien. No hay un juez que te condene a la intrascendencia, no hay un mundo listo para reírse de vos, no hay que llegar a que te vea ese mundo al que querés gustarle haciendo lo que sea para que al fin te reconozca esa persona que amás y para la que nunca vas a ser suficiente. Nunca vas a alcanzarle. Ya el tiempo pasó, ya no vivís con tu familia, ya es tarde para seguir intentando que te reconozcan, que te feliciten por algo, ya no podés siquiera esbozar algo grandioso para que, quizá así, te pregunten cómo estás, noten tu presencia. 

Pero a ese niño aún le duele. El infante no creció, se negó a avanzar en el tiempo mientras el resto del cuerpo lo dejaba sin mirar atrás. Y te olvidaste de que aún tras tantos años sigue esperando reconocimiento, como cuando vos mismo esperabas eternamente a que papá te pase a buscar y enterarte que se olvidó de vos, como cuando esperabas que mamá vuelva de trabajar a las 4 de la mañana para recibir su amor y estaban los dos muy cansados como para dar y recibir algo, como cuando esperabas que te lleven a tu propio cumpleaños y nunca pasó porque olvidaron que estaban festejándote.

Hay alguien festejándote. Hay alguien, hay muchas personas contentas porque existas. Y creíste que con la sobriedad de confiar en que importas te era suficiente. Hasta que apareció una niña a impresionarse con tu sola existencia, y así le tendió la mano al niño que había quedado rezagado tantos kilómetros atrás. Le extendió su palma a ese niño que permanecía sentado en la vereda mientras todo el mundo grande intentaba divertirse, intentaba seguir vivo, y con sus manos sobre las rodillas se preguntaba cuándo le va a tocar, cuándo lo llevan, esperando pacientemente sin exhibir ni un atisbo de la decepción que está haciendo añicos su corazón por tantos años de ser ignorado.

Ese niño no quiso caminar. Se quedó en la vereda porque exigió que por una vez, en algo, alguien lo lleve. Quería dejar de hacer todo solo, no quiso saber nada con ese alivio que le daba a los demás su autosuficiencia, "qué bueno que no tenemos que cuidar a Lucas, el se maneja re bien". Ese es el premio de hacer las cosas bien: no ser una carga. 

No querés más que abrazar a ese niño y llorar con él. Decirle, jurarle, que va a estar todo bien. No querés más que rogarle perdón por no haber cuidado a la niña fan de Disney que le dió su mano y lo acompañó hasta acá, que le dijo que no sabía el camino pero que era mejor caminar juntos, que sentado no iba a avanzar. No sabés cómo hacerle entender que esa niña no va a volver, que le hiciste mucho daño, que no comprendés por qué y que no alcanzó con nada para que se quede. Que te diste cuenta con su ausencia de todo lo que hiciste mal y que habiendo pasado tres meses todavía seguís descubriendo dolores nuevos en rincones que no existían antes de ella. La vocecita tierna respondiéndote, llorando, fingiendo madurez, diciendo "está bien, no pasa nada" de la misma forma en la que esperaba que lo pasen a buscar sentado en la vereda, mientras la decepción hacía añicos su corazón. Y si no tuviese los oídos tan sensibles le gritarías que por favor exprese su furia, que está bien estar enojado, que grite por ayuda, que por favor se tenga en cuenta, se escuche. Que, por dios, diga algo, que te aniquila verlo esperar actuando paciencia para que los grandes no le reprochen la carga que está siendo.

A esa niña le alcanzabas con ser vos. En un mundo desarrollado durante 20 años con exigencias e insuficiencias le alcanzabas con ser vos. El que estudió comunicación social porque estaba al pedo, que en la adolescencia hacía quilombo en la calle, que se viste como tiene ganas porque total no existe para nadie. A ese que nunca se tira una flor, a ese que nunca se valora en nada porque capaz que hace mucho ruido y molesta, a ese vino a decirle que le encanta como se viste. Que le encanta como toca la guitarra. Que le encanta cómo es. Le dijo que era realmente lindo y que se moría de ganas de estar con él. Le contó que lo amaba tanto que se animaba a abrir por primera vez en su vida su corazón. Y amar. 

Por primera vez, nadie le pidió nada al niño. Lo pasaron a buscar y le preguntaron cómo está. Simplemente le dijeron cuán contentos estaban de su existencia. Por primera vez, alguien no le pidió al niño que crezca. Y ahora, otra vez, a mitad de camino el niño se queda solo porque a su novia la echaron los grandes. Los de los otros problemas. Los problemas serios.

¿Cómo le decimos al nene que sigue siendo suficiente, que no se esfuerce? ¿Cómo le vamos a decir que se dedique a jugar, si jugar solo es aburridísimo? ¿Cómo vamos a hacerle entender que su única amiga, su única compañera, se tuvo que ir por problemas de grandes?

No alcanzan las palabras. En realidad, no hay palabras. Simplemente abracemos al niño, festejemos que ella, como último acto de amor, lo trajo hasta acá. Limpiémoslo, bañémoslo, abracémoslo. Hagámosle una chocolatada, pongámosle una peli y festejemos que está de nuevo con nosotros.

Y por favor, no le pidamos nada.

lunes, 9 de junio de 2025

Los perros

        Estar volviendo a casa siempre acarrea la incógnita de enfrentarme al portón. Veo al sol incandescente pegando desde arriba (desde el cielo), desde abajo (desde el hormigón gris claro, ese signo del progreso de barrio que abandonó la calle de tierra y por eso ahora ya no se lo puede recorrer descalzo), desde los costados (las veredas con baldosas, las paredes color claro, los tinglados de zinc). Siempre voy en verano (sólo puedo en esa fecha) y, aunque lo repita mucho, estoy en duda de si realmente es como digo: que sólo quiero ir en esa fecha. 

        Doblo en la esquina y veo la pequeña lomadita más o menos en el cuarto de cuadra, una elevación que no contaría como subida sino fuese porque da el ángulo perfecto para bloquear la visual de mi casa. Si no obstruyera el lugar donde viví tantos años ni me hubiese dado cuenta de que existe. Pero está la subidita y enseguida arranca un descenso bastante empinado que no se detiene hasta que llega al río, cuatro o cinco cuadras más allá. Es como si el río hubiese tenido su cauce hasta casa y la lomadita fuese el borde que se les pone a las piscinas para que los sapos no empollen ahí.

        Doblo en la esquina, ya acostumbrado a la luz intensa que llega desde cuatro puntos distintos y al sol casi en el cénit; ya adaptado, gracias a la caminata que me traslada desde hace 25 minutos, al vapor imperceptible de la humedad ribereña y a la respiración del pasto evaporada. 

        Doblo la esquina, paso la lomada: el barrio se despliega como el plano secuencia de una película épica, como el punto de vista forzado que hacen los videojuegos cuando descubrís una nueva ciudad y tiene que parecer inmensa. Como doblar la curva que rodea la montaña y ver Bariloche por primera vez. Está el río, como siempre. Está el kiosco, como desde hace más de 20 años. Está la pared eterna de lo de Maxi, hecha de ladrillos a la vista, con los colores del ladrillo acusando al tiempo de cambiarles el naranja vívido por un marrón más apagado y de intensificar el gris del cemento que los une. La casa de Nico sigue igual: las rejas de caño pintadas de negro, la parte ampliada de la casa sin pintar pero con la ventana saliente de estilo victoriano (ponele).

        El barrio sigue en su frontera: en la vereda derecha, todas las casas diferenciadas por las refacciones que les hizo cada dueño, pero iguales en su base por ser todas otorgadas por la prefectura a sus empleados. En la vereda izquierda, todas casas impredecibles: lo que fue el taller de chapa y pintura ahora es una carnicería en una parte y en la otra parte es algo, quién sabe qué. Después está la casa más linda, que parece que pertenece a otro barrio, que debería estar en el Lezca: patio delantero, rejita baja, colores claros y azules, ventanas lindas, techo de altura intermedia. Sólo cuando la veo recuerdo que alguna vez quiero vivir en una casa así. Al lado de esa casa está lo de Maxi, al lado mi casa, al lado un rancho que pasó de ser uno a tres como en metástasis, que antes de eso fue incendiado, que durante ese lapso cambió tres veces de dueño pero que siempre, siempre, tuvo gallinas.

        Antes del rancho, mi casa. ¿Qué habrá de nuevo esta vez? Cada año la casa avanza, cada 365 días está más lejos de ser perfecta, más cerca de calmar a mi vieja. Si no es el portón con dibujos de huellas de perro es la reja pintada de negro, o el muro mejorado, o el patio nuevo que se suma desde la izquierda de la construcción. Siempre algo nuevo, nunca lo mismo. 

        Sólo se repite mi predicción: los perros no se van a acordar de mí. Y llego, los dos perros me ladran furiosos, me vienen al cruce, me huelen, dicen "ah sos vos, de una" y se van. Son la misma especie que el que murió de alegría al ver de nuevo a Odiseo, pero yo les chupo un huevo. No importo.

        Los perros son un "la vida sigue" representado. El mundo no se va a detener por mí, soy insignificante. La casa no va a parar, va a seguir agregándose cosas por parte de mamá. Más objetos pasarán a vivir dentro de la casa gris, bajo la chapa que los resguardará, y acapararán resquicios cada vez más fundamentales de cada habitación, y este influjo no se detendrá hasta que no quede ninguna silla libre, ninguna mesa vacía, ninguna baldosa del suelo disponible.

        El mundo sigue girando sin mí. A veces sueño con sentir que mi ausencia cambia algo. Hay días en que quiero dejar de chuparle un huevo a todo el mundo, pero cada vez que voy a casa lo constato: importo, pero me dicen "y bueno, te fuiste, qué le vamo a hace" y siguen viaje. La casa seguirá avanzando, y cada vez que paso la lomadita estoy cruzando los dedos para que, por una vez, mi casa se parezca a las demás y nada cambie, que tenga forma de casa y no esté acopiando objetos de mejora. 

        Cada vez que vuelvo a casa sueño con que los perros se pongan contentos de verme.

        

lunes, 12 de mayo de 2025

Una presencia

            Tiene que haber un demonio en esta casa. Un maléfico espíritu obsesionado conmigo, que se nutre de mi llanto y se satisface al verme en la cama. El dueño de la canilla que de fondo deja caer un hilo de agua, el responsable de este olor a nada, del aura de ausencia, eso que me espera arremangado a que llegue para darme una trompada apenas abro la puerta.

            
            Tiene que haber un shinigami, o alguna vibra nociva. De lo paranormal sé muy poco, así que, con más razón, estoy seguro de que hay una fuerza mayor que es tan poderosa que ignoro sus métodos, sus síntomas, su funcionamiento. Y me hace violencia, está presente antes de que llegue. Incluso dos horas antes de que sea la hora de volver a casa ya estoy pensando en sus trucos, en de qué forma me va a vencer hoy. Y me paso esos últimos 120 minutos fingiendo que estoy contento de reencontrarme con este cazador invisible.

            Es tan profesional que sabe lo que le afecta, por eso se mete en mi cabeza: para evitar que prenda un sahumo, para que no quiera invitar a nadie, para que me bajonee el solo hecho de agarrar el teléfono y dirigirme a cualquier persona. Logra, siempre que entro a casa, convencerme de que no le importo a nadie y de que sea a quien sea que le consulte por mi existencia le estoy siendo inoportuno, molesto. Que soy prescindible.

            Me persuade con que estoy muy cansado, me obliga a no organizar nada espontáneo porque mañana arranco temprano, me dice persistentemente que no puedo salir porque tengo que cuidar mi plata, y así me tiene paralizado frente a la pantalla, o frente a la pantallita, o mirando de frente al cielorraso de la pieza, paralelo a él, a veces lagrimeando. Y entonces viene, me acaricia el pelo y me roba el sueño, mis sueños.

            
            No sé cómo pelear contra él. Creo que es más antiguo que yo. Quizá fue invocado en esta casa y por eso está enlazado a alguna losa del parquet. No puedo enfrentarme a él, es más fuerte; no puedo amigarme, me destroza; no puedo discutirle, no escucha. Solo puedo huir o, cuando no tengo un destino que me abrace, llorar y decirle que, por hoy, ganó.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Nada garantiza nada

No lo puedo creer.

        Ni ganas de escribir, ni de morir, ni de respirar, ni de existir. No encuentro nada en mí. No hay nada. Sin ella no hay nada. Sin ella no hay nada. No quiero nada sin ella. Pero ahí está, no queriendo nada conmigo. Bah, queriendo pero no pudiendo. Sufriendo conmigo. Queriendo estar bien, estando mal. Doliéndole pensar en mí. 

No gustándole yo. No viendo su futuro conmigo. Viendo un futuro que le gusta más. Sin mí. Siendo linda sin mí. Siendo más linda, sin mí. Viéndome como lastre. Viéndome como atrasado. Inconscientemente creyendo que ya no le puedo aportar nada más. Que ya no puede obtener nada de mí. Echándome de su vida una vez obtuvo lo que necesitaba de mí.

Nada garantiza nada. No hay palabra que la haga volver. No hay persona que haya muerto de angustia, ni humano que no se haya devenido en líquido por los ojos. No hay mal que dure cien años, no hay encanto que le haga devolver la atracción, no hay acción mía que le guste. Nada de lo que soy sin ella le parece oportuno, deseable. Ninguno de mis cimientos hacen una vida en conjunto con su personalidad. Nada de lo que me edifica le parece admirable. 

"Ya está, habrá otra". Yo la quería a ella. La quiero a ella. No quiero pensarme en este momento saliendo así como así. "Bueno fue, si no es una es la otra". No, no quiero ser así de empírico, aunque la respuesta sea esa. No coincidimos, hicimos lo que pudimos, no pudimos más, hasta la próxima. Ya sé. Pero no hay palabra que sane. Ni ganas de escribir, ni de morir, ni de respirar, ni de existir.

jueves, 2 de enero de 2025

Los días son eternos

            "Lo que mantiene a una persona lejos del resentimiento es la coherencia entre su deseo y sus actos. Su deseo, sabido sólo por él, indescifrable para el afuera. Su deseo, que no se resuelve nunca y aún así satisface.

            El deseo no quiere ser alcanzado. Aunque en realidad el inconciente no quiere que lo alcancemos. Alcanzarlo es la nada, el vacío. Los perros alcanzan su deseo todo el tiempo, y su día a día es una mera transición rutinaria. Aunque en realidad, a fines teóricos, los perros no tienen deseo por no tener inconciente ni lenguaje."

            

            A todo esto lo paso por escrito porque el saberlo y no hacer nada al respecto es un martirio. Me encantaría ser como mi gata, tener simplemente necesidades fisiológicas como los PJ del Sims 1, para poder jugar a los jueguitos todo el día, pero acá estoy: llorando por lo que quiero y no hago.


            Los días son eternos, pero los años se pasan volando.

miércoles, 10 de julio de 2024

La forma del odio

     Sobreenojo acerca de quién sabe qué. Intimidado por las mujeres que están acá al lado mío pero más por la bronca que tengo y no entiendo. Las pocas ganas de venir, la garganta que duele, el oído que quiere escuchar metal y no tiene auriculares.

     Todo me da bronca. No estar en mi casa en este momento me da bronca. No poder levantarme temprano. El gobierno. Mi vida. Mi intrascendencia. La bici que compré y se rompió la primera vez que la necesité. La casa que es un quilombo. Las pocas ganas de ordenar. El ansia de jugar a los jueguitos y lo improbable que es que de repente aparezca todo ordenado. El miedo de quedar en ridículo con Beta.

     Los boludos de los clientes. El cipayo del orto que dice que en EE. UU. está más barato todo. La idiosincrasia de una clase social que no sale del quejarse por boludeces, del sentirse culpable pero nunca responsable.

     La denuncia que me hicieron. Lo denunciable que soy. Lo que me gustan las mujeres, lo que me obsesiono con la que me guste y demuestre interés. Las 50 novelas que me invento, lo rápido y en simultáneo que se prenden fuego cuando una sale mal, cien pájaros chocando a 90km/h contra la ventana.

      El odio me sobreviene como una enumeración sin fin, con el propósito claro de no sentirlo más y el intento infructuoso de describirlo. Pero las hojas se acaban, la tinta no para de correr, el tiempo se agota y ya tengo que volver a ese lugar de mierda en el que no quiero estar, durante un horario en el que quisiera poder dormir, para cruzarme con gente con la que no me interesa hablar y que encima es, por lejos, la mejor opción que hay. 

      En estos momentos, no puedo concluir nada más que un "la vida es una poronga".

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...