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miércoles, 10 de julio de 2024

La forma del odio

     Sobreenojo acerca de quién sabe qué. Intimidado por las mujeres que están acá al lado mío pero más por la bronca que tengo y no entiendo. Las pocas ganas de venir, la garganta que duele, el oído que quiere escuchar metal y no tiene auriculares.

     Todo me da bronca. No estar en mi casa en este momento me da bronca. No poder levantarme temprano. El gobierno. Mi vida. Mi intrascendencia. La bici que compré y se rompió la primera vez que la necesité. La casa que es un quilombo. Las pocas ganas de ordenar. El ansia de jugar a los jueguitos y lo improbable que es que de repente aparezca todo ordenado. El miedo de quedar en ridículo con Beta.

     Los boludos de los clientes. El cipayo del orto que dice que en EE. UU. está más barato todo. La idiosincrasia de una clase social que no sale del quejarse por boludeces, del sentirse culpable pero nunca responsable.

     La denuncia que me hicieron. Lo denunciable que soy. Lo que me gustan las mujeres, lo que me obsesiono con la que me guste y demuestre interés. Las 50 novelas que me invento, lo rápido y en simultáneo que se prenden fuego cuando una sale mal, cien pájaros chocando a 90km/h contra la ventana.

      El odio me sobreviene como una enumeración sin fin, con el propósito claro de no sentirlo más y el intento infructuoso de describirlo. Pero las hojas se acaban, la tinta no para de correr, el tiempo se agota y ya tengo que volver a ese lugar de mierda en el que no quiero estar, durante un horario en el que quisiera poder dormir, para cruzarme con gente con la que no me interesa hablar y que encima es, por lejos, la mejor opción que hay. 

      En estos momentos, no puedo concluir nada más que un "la vida es una poronga".

viernes, 27 de enero de 2023

Luces




            Ahora se ve. Ahora no. Ahora se ve. Ahora no. Hasta que el ojo se acostumbre, la habitación muestra por intermitencias su desorden y la disposición del mobiliario. Pero no se entiende: se intuye, porque el brevísimo lapso de iluminación no da tiempo a apreciar, a evaluar lo que está ahí, a entender que las bolsas cuelgan de la cuna despintada y convertida en sofá, que el árbol de navidad tiene una sobrecarga de adornos, que la alfombra está exageradamente sucia. Y el color tenue, ese policíaco azul, disfraza la realidad, cambia las reglas cromáticas del panorama, y ofrece un misterio que, por entenderse tan poco, seduce.


            Si me hubieras visto en esos años y en esa situación, podrías haber dicho que no lo disfrutaba, que estaba muy inmerso en la compu. De a ratos sí, la verdad. Pero eran esos respiros en las extendidas sesiones de vicio, esas en las que permanecía hasta el amanecer, donde sentía plenitud. Claro, fácil sensación si estás de vacaciones, pero ahí estaba la noche calurosa, la vista al patio, la compu cargando el próximo partido de Liga Máster. Y la luz azul parpadeando.


            Ver otras luces, blancas o amarillas, intermitentes o estables, pero siempre decorativas, me retrotrae a esa época, a esa sensación. Me aborda la nostalgia, después me desborda y siento que quiero volver. ¿Será por eso que tengo una proactividad tan baja en mi soledad? Confundo esas noches de paz, considero que sucedieron porque pude olvidar todo, cuando en realidad esa paz era porque no tenía ninguna responsabilidad. Hoy por hoy la ganancia es mayor, las cosas que quiero hacer me enorgullecen más y, aunque no las hago, sé que el tiempo que reposo buscando las luces azules no me es placentero. Hay todo un mundo que sigue girando, y si me quedo quieto me quedo atrás.


            Por eso, cada vez que veo una luz intermitente me detengo a apreciarla. Admiro el lugar que la rodea, a los haces de luz que rebotan en las paredes, los objetos mostrándose y ocultándose al son de un ritmo inaudible. Y sonrío.

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...