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lunes, 13 de enero de 2025

Sueño y palabra

            La comparación con el inglés es fantástica, el pragma capitalista queda en evidencia: el otro como bien, objetivizado, contra la consideración del otro como sujeto. Dreamed of you o dreamed about you, "soñé de vos" como si fueses un objeto, "soñé sobre vos" como si fueses un tema a tratar.

            Yo soñé con vos, estabas ahí. Y lo peor es que ni siquiera estabas, hice aparecer a tu tutor, al que nunca ví, en un negocio en el que estaba de casualidad porque nunca voy, y le pregunté por vos.

            Le hice decir opa, ¡me voy! cuando me presenté como tu ex, y lo primero (y único) que me dijo a posteriori fue que me pedís perdón.

            
            ¿Saber de vos será como hablar con vos? Dado que te conozco tanto, ¿es mi inconciente capaz de ser tan fiable como para saber que, si me cruzo a Fabián, efectivamente va a ser así?

            Será lo infortuito de ese encuentro, pero duermo con paz desde tu disculpa. Y yo, que te tenía sepultada en fosa común, te desenterré para, en un tiempo, promoverte al panteón que te merecés.

jueves, 23 de mayo de 2024

Ahora que estoy borracho

"Cuando tomo alcohol siento que lo que hago no está tan mal
                                                        Pero a lo mejor es mi estado real"

           Después de una botella de vino no quiero viciar. Ni quiero dormir. Ni acariciar a mi gata más de 5 minutos. Quiero escuchar música mientras escribo este apunte sobre lo que me pasa. Porque en este estado deplorable (como evidencia de ello, tuve que intentar escribir deplorable seis veces) hay tantas interrupciones motrices y anímicas que no puedo hacer más que lo que quiero. Y cuando siento que se me va el valor le meto otro trago más, no vaya a ser que se me pase y vuelva a la monotonía, a la llanura habitual, al podría ser que no infla el globo por miedo a pincharlo.

            Una aguja pincha el globo igual, inflado o no, nada más que si lo pincha desinflado no te das cuenta hasta que es demasiado tarde. Pensamientos súbitos que no por tambaleantes y espontáneos pierden razón. Ya estoy condenado a ser un boludo, al menos intentaré serlo con convicción. Porque mi habitualidad rebota entre tratar el miedo a la intrascendencia y jugar jueguitos para olvidarlo. ¿Un tratamiento? Una vez por semana, los jueves a las 8:30, en el consultorio de Silvia. Eso es todo lo que puedo dar.

            No quiero ser el gil con los problemas boludos que me dijeron que soy, ni compartir esa categoría con la otra boluda que tiene los mismos problemas, toma los mismos anti depresivos y ya no me da bola. Lo soy, sí, pero no quiero. 

            ¿Y si necesito gastarme toda la plata en putas y timba como Dostoyevski? Ahí está, en realidad, el debate con la masividad, con lo que quiero ser, con lo que podría alcanzar. YA SÉ QUE SOY ANSIOSO. Tu problema es que querés ser Calamaro en el primer disco, diría la Silvia. Pero es difícil desligarse de las historias frenéticas e infumables, incoherentes y hasta ilegales detrás de cada gran obra. Si no es Van Gogh cortándose la oreja es Ross Robinson tirándole cosas a Joey Jordison para que toque enojado. El ver lo que se necesita para ser del tamaño que quiero me pone de frente con Vilemaw, así que discúlpenme por tenerle miedo a una araña gigante que ni en pedo enfrento solo.

             La intrascendencia. Otra vez la intrascendencia. Abrir los ojos y tener frente a ellos la evidencia de que no le intereso a la que me gustaría que pregunte por mí. El decirme que no insista, que no tengo por qué gustarle, el vacío posterior. El alcohol para llenarlo.


             La gata maullando allá.

             Yo, solo, escribiendo como único remedio.

domingo, 26 de junio de 2022

Comodidad

Empujo desde abajo y la chapa está pesada. Pasaron ya 4 años desde que me encerré acá abajo, podrido del aire viciado que me contagia su angustia entremezclada con la luz del sol; cansado de ingerir sorgo para sobrevivir, extrañando cuando me preparaba nutridos platos de arroz. Cada piña, cada esfuerzo que mi brazo derecho hace para levantar la lámina de hierro me retrotrae a arrepentirme de estar acá, pero al mismo tiempo me recuerda cuánto anhelo hubo en ello. ¡Cuánto busqué por todos lados este sótano! En el rancho entraba viento, llovía por todos lados, y ya no tenía sentido halagar que sea mi propia construcción porque me resfriaba, me deprimía verme ahí, me enfermaba buscando la mísera subsistencia.


Me enferma la impaciencia, creo que hoy no voy a poder abrir. Es tan pesado todo que, si no fuese porque noto un mínimo movimiento y porque estoy re podrido de estar acá, me volvería a acobachar entre la alacena y la pared, como estoy haciendo desde hace 3 años. Pero extraño la luz del sol, extraño el aire, el campo, construirme cosas, guarecerme a mi mismo. Echo de menos a lo que brota de mí, a lo que valora mi forma de ser, a eso que es mucho más coherente que encerrarme a estar calentito y ver el tiempo pasar. Mi lugar es afuera.


Y qué dolor volver. Volver a pasar frío, a no tener nada, y encima a saber que una vez tuve un ranchito lindo y ahora seguramente esté destrozado, que ni de rancho sirva, pero que tendré que reconstruirlo porque ni en pedo me busco otro tronco, otras chapas, otras cuerdas, otro piso. La carga del afecto a ese espacio me empuja para allá, como empujo con mis bracitos la compuerta que, recién ahora, tiene fácil 20 kilos de polvo encima. Qué enfermante anhelar tanto llegar, querer estar ahí para celebrarlo cuando el premio, lo disfrutable, es haber podido abrir la puerta, despedirme del búnquer y partir. 


Por hoy estoy. Ya entendí que hay mucho polvo arriba, que quiero realmente estar afuera, que lo mío no es la comodidad del cuarto, que extraño mi ranchito. Mañana me vas a encontrar acá, de nuevo: o haciendo fuerza, o queriendo sacarle de encima la mugre a la puerta.

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...