jueves, 21 de mayo de 2026
La habitación de al lado
viernes, 8 de mayo de 2026
Marchito
domingo, 19 de abril de 2026
Es eso
martes, 23 de diciembre de 2025
My fake plastic love
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Blackout
jueves, 2 de octubre de 2025
el día después
lunes, 29 de septiembre de 2025
Finales
domingo, 3 de agosto de 2025
El niño
lunes, 9 de junio de 2025
Los perros
lunes, 12 de mayo de 2025
Una presencia
miércoles, 7 de mayo de 2025
Nada garantiza nada
jueves, 2 de enero de 2025
Los días son eternos
miércoles, 25 de diciembre de 2024
Soy una naranja
miércoles, 10 de julio de 2024
La forma del odio
jueves, 23 de mayo de 2024
Ahora que estoy borracho
miércoles, 5 de abril de 2023
Santuario
No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.
No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.
No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.
No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.
Para creerlo.
viernes, 27 de enero de 2023
Luces
Ahora se ve. Ahora no. Ahora se ve. Ahora no. Hasta que el ojo se acostumbre, la habitación muestra por intermitencias su desorden y la disposición del mobiliario. Pero no se entiende: se intuye, porque el brevísimo lapso de iluminación no da tiempo a apreciar, a evaluar lo que está ahí, a entender que las bolsas cuelgan de la cuna despintada y convertida en sofá, que el árbol de navidad tiene una sobrecarga de adornos, que la alfombra está exageradamente sucia. Y el color tenue, ese policíaco azul, disfraza la realidad, cambia las reglas cromáticas del panorama, y ofrece un misterio que, por entenderse tan poco, seduce.
Si me hubieras visto en esos años y en esa situación, podrías haber dicho que no lo disfrutaba, que estaba muy inmerso en la compu. De a ratos sí, la verdad. Pero eran esos respiros en las extendidas sesiones de vicio, esas en las que permanecía hasta el amanecer, donde sentía plenitud. Claro, fácil sensación si estás de vacaciones, pero ahí estaba la noche calurosa, la vista al patio, la compu cargando el próximo partido de Liga Máster. Y la luz azul parpadeando.
Ver otras luces, blancas o amarillas, intermitentes o estables, pero siempre decorativas, me retrotrae a esa época, a esa sensación. Me aborda la nostalgia, después me desborda y siento que quiero volver. ¿Será por eso que tengo una proactividad tan baja en mi soledad? Confundo esas noches de paz, considero que sucedieron porque pude olvidar todo, cuando en realidad esa paz era porque no tenía ninguna responsabilidad. Hoy por hoy la ganancia es mayor, las cosas que quiero hacer me enorgullecen más y, aunque no las hago, sé que el tiempo que reposo buscando las luces azules no me es placentero. Hay todo un mundo que sigue girando, y si me quedo quieto me quedo atrás.
Por eso, cada vez que veo una luz intermitente me detengo a apreciarla. Admiro el lugar que la rodea, a los haces de luz que rebotan en las paredes, los objetos mostrándose y ocultándose al son de un ritmo inaudible. Y sonrío.
lunes, 26 de diciembre de 2022
Aglutinación
Por suerte estaba sentado. Mi mirada se debatía entre algún punto fijo en la imagen del líder o la visión difuminada que arrojaba un conjunto de grises y amarillos. Escuchaba la mitad de las palabras, a la otra mitad la interrumpían pinchazos en el estómago. Al principio los atribuí al café de hacía un momento, pero luego entendí que en la digestión había más palabras que alimento.
Sentí dentro mío (ahí, justo arriba del ombligo, justo abajo del esternón) cómo las palabras se agrupaban como podían. Estuvieron juntas, pero desde hace media hora que el oído no paraba de agregar a ese menjunje mensajes mezclados en mayúscula, minúscula, negritas, vocablos positivos, neutros, negativos, que golpean como un rayo o que tienen cable a tierra. Y todo va a parar al mismo lado. Ahora hay tanto ahí que no se distingue nada: siquiera se entienden las letras, deformadas por la masa amorfa, por la violencia con la que se une el contenido, por la desesperación con la que se apelmazan en busca de tener algún sentido. Se le desprenden las patas a la A, las P no se sabe si son P o son R a las que se les desprendió la pierna... y hace rato que las palabras se separaron.
Me llaman. Me invitan en la mesa. Dejo aparte el estómago, y desde arriba sólo digo "sí, es una mala racha, en este tiempito va a cambiar, lo voy a conseguir". Es mentira. En este tiempito me voy a desesperar más. Si cambia es para mal, y ni siquiera es necesario un cambio: empeorar es el curso natural de las cosas, con cómo están planteadas.
Termino de hablar. Quiero creer que ya pasó, pero la bola por dentro no da más, en el estómago no hay capacidad para ningún agregado. Siento a la bola subir hasta la garganta. La quiero vomitar. Y solo sale, porque tengo que cuidar las formas en la realidad compartida y porque las palabras no cuidaron su forma en mi realidad interna, un vocablo despedazado, ininteligible, que solo lo entiende el interior. Un grito de puro volumen interno, que quiere decir algo, que quiere decir tanto que no puede hablar nada.
La reunión termina. Me voy de la oficina. Llueve. Ya en la calle, me pregunto cuánto más.
sábado, 1 de octubre de 2022
Solo
Algo debe tener la soledad que me gusta tanto. En realidad la soledad no tiene nada, es el vacío per sé; el que tiene algo con no tener a nadie soy yo. Me gusta como acción, como personalidad, me gusta como nombre, amo su música y anhelo su presencia. Cuando no hay nadie puedo soñar tranquilo, puedo dormir todo el día, puedo dejarme morir sin culpa y estar seguro de que el otro se lamenta, pero la interrupción de la soledad, la existencia de otro ser, la acuciante observación de un pensamiento ajeno a mí mismo agujerea mis utopías una y otra vez, me trae a tierra, me cicatriza dolorosamente las heridas cuya sangre me gusta admirar. Porque cuando nadie está mirando puedo cortarme la tansa de la sutura y llorar de dolor, y angustiarme impunemente preguntándome por qué me gusta tanto morir.
La soledad es el perpetramiento de mi goce, de mi pulsión de muerte. La abrazo, la disfruto, la atesoro, la cuido. Con ella es fácil tomar decisiones estúpidas, cometer el mismo error una y otra y otra vez, patear mis angustias para más adelante, echarle la culpa al otro imaginario. Con ella es más leve el existir. Y mucho más fácil morir.
domingo, 26 de junio de 2022
Comodidad
La habitación de al lado
Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante. Había quedado con su amiga en que, cuando se ...
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Estar volviendo a casa siempre acarrea la incógnita de enfrentarme al portón. Veo al sol incandescente pegando desde arriba (desde ...
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