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domingo, 19 de abril de 2026

Es eso

No quiero dialectizar el querer verte. Si lo hago se abre una compuerta de angustias que tengo que acotar para poder laburar en paz.

Pero es eso. Este revoltijo, esta laringe estrujada, cerrada, negada a dejar pasar más que un hilo de aire, es eso. Es extrañarte.

Quiero puntualizar, quiero explicar más el echarte de menos, perderme en las especificaciones para dejar(me) en claro que lo que me invade es imposible de definir, pero no tengo tiempo; ya tengo que fichar.

A eso se reduce mi vida.

Por eso también te extraño.

jueves, 16 de enero de 2025

Defensa de la admiración

            Te miro tanto porque sos hermosa. Porque si fueras un cuadro te miraría una hora entera por día, pero resulta que tenés subjetividad y no sería agradable que mientras seas una persona otro sujeto te estaquee con sus ojos.

            Me despojaría de mi humanidad para poder mirarte ininterrumpidamente sin matar tu naturalidad. Sos hermosísima, y me libro de mi persona, de mis capacidades o posibilidades de hacer algo más con eso.

            Me encantás, nada más y nada menos. Así que ojalá, a partir de ahora, mis ojos ya no le agreguen tantas pesas al esfuerzo de trabajar.

miércoles, 10 de julio de 2024

La forma del odio

     Sobreenojo acerca de quién sabe qué. Intimidado por las mujeres que están acá al lado mío pero más por la bronca que tengo y no entiendo. Las pocas ganas de venir, la garganta que duele, el oído que quiere escuchar metal y no tiene auriculares.

     Todo me da bronca. No estar en mi casa en este momento me da bronca. No poder levantarme temprano. El gobierno. Mi vida. Mi intrascendencia. La bici que compré y se rompió la primera vez que la necesité. La casa que es un quilombo. Las pocas ganas de ordenar. El ansia de jugar a los jueguitos y lo improbable que es que de repente aparezca todo ordenado. El miedo de quedar en ridículo con Beta.

     Los boludos de los clientes. El cipayo del orto que dice que en EE. UU. está más barato todo. La idiosincrasia de una clase social que no sale del quejarse por boludeces, del sentirse culpable pero nunca responsable.

     La denuncia que me hicieron. Lo denunciable que soy. Lo que me gustan las mujeres, lo que me obsesiono con la que me guste y demuestre interés. Las 50 novelas que me invento, lo rápido y en simultáneo que se prenden fuego cuando una sale mal, cien pájaros chocando a 90km/h contra la ventana.

      El odio me sobreviene como una enumeración sin fin, con el propósito claro de no sentirlo más y el intento infructuoso de describirlo. Pero las hojas se acaban, la tinta no para de correr, el tiempo se agota y ya tengo que volver a ese lugar de mierda en el que no quiero estar, durante un horario en el que quisiera poder dormir, para cruzarme con gente con la que no me interesa hablar y que encima es, por lejos, la mejor opción que hay. 

      En estos momentos, no puedo concluir nada más que un "la vida es una poronga".

sábado, 21 de enero de 2023

La de enfrente/2


    
            



                Desde que volví, es decir, recién comenzado el 2023, la persiana no volvió a abrirse. Y su ausencia me demostró mi ausencia propia, la falta de propósito en mis cosas que se acrecentó cuando me quedé sin laburo. De la nada, todos los días era mirar enfrente, al otro lado de la calle, para ver si ella volvió. Y nunca volvía.


        Me preguntaba todos los días si se habría mudado, y enseguida me respondía que no, que los sillones todavía estaban, se los hubiera llevado. "¿Y si se fue y quedaron como propiedad del departamento? Ya van tres semanas sin verla", y en esa incógnita imposible de resolver se quedaba mi intriga total por la ventana de enfrente, la habitante que me entretenía todos los días, la seducción de lo desconocido que se apoderaba de mi ahora intrascendente vida.


        No registré mi obsesión por ella hasta que vi, al fin, la ventana abierta. La persiana levantada, tras semanas de estar velando el interior del departamento de dos ambientes, ese departamento cuyo living/cocina se observa con totalidad desde el mío, y cuyo pasillo de ingreso a su pieza me mostró de pura casualidad su cuerpo desnudo saliendo de la ducha. Porque eso fue lo último que vi de ella: su cuerpo delgado, su presencia imponente, su cabello oscuro enhebrado entre sí con la típica consistencia del pelo largo mojado, y su cola desnuda, todo marchando hacia su pieza sin ninguna toalla, sin interrupciones, sin vergüenza. Y la vi girar hacia la derecha, noté sus pezones pequeños, erectos, noté que no supo que la vi, entendí que se metió a su pieza a vestirse, y eso fue la única vez en los próximos 21 días que encontré su color. 


        Y recién ahora recuerdo cómo, las tres semanas de larga incógnita, mi mente se debatió ininterrumpidamente si lo hizo a propósito, queriendo que por alguna de las grandes casualidades la vea o si, al ver que en el departamento de enfrente parecía no haber nadie, se sintió segura de no complicarse la salida del baño. Y ella, sin saberlo, cruzó de la ducha a la pieza en el preciso instante (lo juro) que atiné a juntar la ropa que estaba colgada en el tender del balcón. Tampoco supo ella que, si bien se habrá apartado de Rosario las tres semanas siguientes, no salió en ningún momento de la mente de su vecino, que la traía a la ciudad cada vez que un minuto parecía muerto. 


        Pero ya volvió. Ya está acá. Cuando me aburría durante su ausencia, me sentaba a desafiar la incógnita que tuve desde que se estableció en su nuevo hogar, a mirar, fija, larga y tendidamente la estructura de su departamento y pensar en lo que ella estaría haciendo. Pero volvió, y ahora no puedo parar de mirar enfrente. No puedo parar de incomodarla. No puedo notar su presencia y no intentar mostrarme, aparecer para ella, sacarme de la cabeza la tentación de mirarla y las ganas de, al fin, poder admirarla entera, conocerla de vista, saber cómo es. 


Sé que lo nota. Porque las mujeres notan todo, y porque entre lo evidentes que somos los hombres soy el hombre más obvio que existe. Al ritmo que cae la persiana cada vez que la cierra, una apisonadora me aplasta el corazón acompañando el movimiento del plástico color marfil, y me paso las próximas jornadas sintiéndome un acosador y luchando conmigo para convencerme de que no la cerró por mí, que no todo pasa por mí. Pero sé, estoy seguro, de que lo nota.


Yo me mato pensando todos los días. Ella se apronta, cierra la persiana y se va a trabajar.

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...