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miércoles, 5 de abril de 2023

Santuario

             No puedo creer que nos hayamos separado. Es ver cada cosa y encontrar un pelo tuyo atado ahí, en el ojal de la camisa, en la suela del zapato, en el recuerdo en la Florida.



            No puedo creer que nos hayamos separado. A veces parece que sí, pero no es un avance sino una puesta en pausa. Sino no funciono. Se me vuelan todos los dientes del engranaje, y el mundo no le va a pagar el sueldo a alguien por quedarse acostado extrañándote. Así que me suspendo y hago la vista gorda ante todos los pelos tuyos que encuentro en las cosas, tanto en las reales como en las que veo.



            No puedo creer que nos hayamos separado. No puedo creer que el peluche esté acá, que Mapache me vea llorar todos los días, que puedo escuchar su vocecita preguntándome qué me pasa, y cuándo te va a ver de nuevo. Ahí está, inamovible, apoyado en la pared junto al retrato suyo que dibujé y te regalé, y que no entiendo por qué está acá. Pero ahí están, Mapache y su retrato. Los dos juntos son tu santuario, son un taser que me detiene en seco, y que cada vez que entro a la pieza me grita y me tengo que detener a rezarle, a llorarle, a decirle que te extraño.



            No puedo creer que nos hayamos separado. Por eso armé el santuario.

            Para creerlo.

domingo, 5 de marzo de 2023

Campanazo

             Sonó una campana y me sobrevino verte feliz. 


             La noche. 


             Las noches volviendo de El Cairo, esas en las que la iglesia, abruptamente, señalaba una nueva hora y daba inicio a la magia de la fantasía, a la hora de los cuentos.


             Todas las calles duelen el doble. A las obvias las tolero, estoy preparado para pasar por donde viví y fingir que la cuadra me da lo mismo. pero hoy doblé en Sarmiento y mi interior quedó vacío de voluntad, se redujo a cenizas escuchándote contarme que esa era tu calle favorita.


             Este campanazo me hizo recordar que no estoy preparado para olvidarte, para enamorarme, para buscar a alguien. Que es impredecible lo mucho que te amo, que todavía me encantaría que haya sido distinto, que todavía me duele la neurosis de verte feliz. Odio la necesidad de hacer de tipo duro sabiendo que tu percepción atraviesa toda máscara y que mis neuronas, mis ganas y mi tracción están anudados a tus mañas, a tu belleza, a tus palabras.


            Me muero de ganas de ir más allá de vos. Pero no puedo, no es momento tampoco. 


            Nunca será momento. Simplemente ocurrirá.


            Hasta ese entonces, juego a imaginarme que sos fácil de reemplazar, en esos momentos en que mi ansiedad por ver a Liza resuena en todo el barrio y, sin embargo, solo queda la frialdad de la leve existencia.

lunes, 2 de enero de 2023

Más allá de las nubes


    




    Una imagen escrita se aparece en nuestra conversación. Fondo blanco, escritos organizados en semántica pero sueltos en frases, apartados de las normas de la prosa, de lo normal, de lo estructurado. Son los versos que me dedica, ella, en un arranque de fascinación, en esa sonrisa que se dibuja como una erupción cuando la belleza te agarra desprevenido, y no queda más que dibujar comisuras y menear la cabeza.

    Busca lo mismo en mí, por eso me lo envía. Me pasa lo mismo, pero la impresión está tergiversada: creo haberla visto. Bah, estoy seguro de que la leí. Pero eso no importa: lo dado con amor resignifica todo, asciende el mensaje y lo transfigura, lo porta de milagros, de magia, le pone provisión de sueños a la mochila del que lo recibe. 

    Pero ya lo leí. No, no es solo que ya lo leí. Se aparece una impresión que debería haberse borrado, que creí haber olvidado: ya me lo dedicaron. La que amé, la primera, me lo dedicó. En ese momento formé comisuras, meneé la cabeza, quise (y logré) abrazarme a los renglones salteados, sentir su suavidad como un peluche gigantesco, que cabe en una hoja pero que es más grande que el sol, y reposé en él, descansé, y la encontré al mezclar su cara, sus besos, su sonrisa, en cada vuelta de cada letra.

    Ya lo leí. Epifanía misteriosa es el recuerdo de amor, la memoria que es imborrable porque se cubre de cemento, se prolonga, se protege a sí misma. Se legitima como lo verdadero, como el placer que buscamos, y en desamor caemos tan en la tierra que olvidamos que allá arriba, superando las nubes, quedó escondido uno de tantos recuerdos de plenitud.

    Me asusté. Maldije. Y me desdije: bienvenida la sorpresa errónea, lo escondido, lo no sabido, el riesgo. Tropezar inesperadamente con ese pasado tan alto me hizo darme cuenta de que también voy adornando el suelo con vivaces hechos nuevos, que todavía hay plenitud de espacio para más, y que estoy, de nuevo, más allá de las nubes.

La habitación de al lado

          Ella vió la señal que habían pactado para cuando pase, y la entendió al instante.  Había quedado con su amiga en que, cuando se ...