lunes, 12 de mayo de 2025
Una presencia
jueves, 14 de noviembre de 2024
Adoración al Counter
miércoles, 10 de julio de 2024
La forma del odio
lunes, 3 de junio de 2024
Joy as an act of ressistance
jueves, 23 de mayo de 2024
Ahora que estoy borracho
lunes, 5 de junio de 2023
La próxima
sábado, 21 de enero de 2023
La de enfrente/2
Desde que volví, es decir, recién comenzado el 2023, la persiana no volvió a abrirse. Y su ausencia me demostró mi ausencia propia, la falta de propósito en mis cosas que se acrecentó cuando me quedé sin laburo. De la nada, todos los días era mirar enfrente, al otro lado de la calle, para ver si ella volvió. Y nunca volvía.
Me preguntaba todos los días si se habría mudado, y enseguida me respondía que no, que los sillones todavía estaban, se los hubiera llevado. "¿Y si se fue y quedaron como propiedad del departamento? Ya van tres semanas sin verla", y en esa incógnita imposible de resolver se quedaba mi intriga total por la ventana de enfrente, la habitante que me entretenía todos los días, la seducción de lo desconocido que se apoderaba de mi ahora intrascendente vida.
No registré mi obsesión por ella hasta que vi, al fin, la ventana abierta. La persiana levantada, tras semanas de estar velando el interior del departamento de dos ambientes, ese departamento cuyo living/cocina se observa con totalidad desde el mío, y cuyo pasillo de ingreso a su pieza me mostró de pura casualidad su cuerpo desnudo saliendo de la ducha. Porque eso fue lo último que vi de ella: su cuerpo delgado, su presencia imponente, su cabello oscuro enhebrado entre sí con la típica consistencia del pelo largo mojado, y su cola desnuda, todo marchando hacia su pieza sin ninguna toalla, sin interrupciones, sin vergüenza. Y la vi girar hacia la derecha, noté sus pezones pequeños, erectos, noté que no supo que la vi, entendí que se metió a su pieza a vestirse, y eso fue la única vez en los próximos 21 días que encontré su color.
Y recién ahora recuerdo cómo, las tres semanas de larga incógnita, mi mente se debatió ininterrumpidamente si lo hizo a propósito, queriendo que por alguna de las grandes casualidades la vea o si, al ver que en el departamento de enfrente parecía no haber nadie, se sintió segura de no complicarse la salida del baño. Y ella, sin saberlo, cruzó de la ducha a la pieza en el preciso instante (lo juro) que atiné a juntar la ropa que estaba colgada en el tender del balcón. Tampoco supo ella que, si bien se habrá apartado de Rosario las tres semanas siguientes, no salió en ningún momento de la mente de su vecino, que la traía a la ciudad cada vez que un minuto parecía muerto.
Pero ya volvió. Ya está acá. Cuando me aburría durante su ausencia, me sentaba a desafiar la incógnita que tuve desde que se estableció en su nuevo hogar, a mirar, fija, larga y tendidamente la estructura de su departamento y pensar en lo que ella estaría haciendo. Pero volvió, y ahora no puedo parar de mirar enfrente. No puedo parar de incomodarla. No puedo notar su presencia y no intentar mostrarme, aparecer para ella, sacarme de la cabeza la tentación de mirarla y las ganas de, al fin, poder admirarla entera, conocerla de vista, saber cómo es.
Sé que lo nota. Porque las mujeres notan todo, y porque entre lo evidentes que somos los hombres soy el hombre más obvio que existe. Al ritmo que cae la persiana cada vez que la cierra, una apisonadora me aplasta el corazón acompañando el movimiento del plástico color marfil, y me paso las próximas jornadas sintiéndome un acosador y luchando conmigo para convencerme de que no la cerró por mí, que no todo pasa por mí. Pero sé, estoy seguro, de que lo nota.
Yo me mato pensando todos los días. Ella se apronta, cierra la persiana y se va a trabajar.
viernes, 16 de agosto de 2019
Dos minutos
A veces, cuando veo que el reloj está a dos minutos de gritar y yo estoy a dos minutos de volver a la rutina, me pongo a pensar en ella. Y me paso horas viéndola embobado, observando cómo se peina, tomando su cintura, acariciando su pelo, sintiendo su perfume. El reloj, que poco entiende de flexibilidades, avisa a viva voz que llegó a 120, pero en ese lapso yo soñé toda una noche.
viernes, 22 de septiembre de 2017
Sigue ahí
Despierto. Como sale, como nace, como siempre. Solo. Los dos brazos abajo de mi cara haciendo de almohada, la almohada sobre mi cabeza, la lógica en algún lugar alejado de mi pieza. La gata durmiendo en mis pies porque se pudrió de que me mueva a cada rato, los pañuelos en el piso porque no tengo mesa de luz, el celular abajo mío porque no tengo mesa de luz y no quiero que se me caiga. Como siempre.
Me duele la garganta. Estoy congestionado porque al calentamiento global le pintó que hagan 36° después de que hagan 10°. Me quiero sonar la nariz pero los pañuelos están en el piso porque no tengo mesa de luz. No quiero levantarme a buscarlos. A veces creo que no puedo. A mi menor movimiento Belkis ya se despertó y vino a echarse al lado mío. Gracias, necesitaba acariciar, saludar, dar un buen día.
No sé ni cuánto dormí. Salvo los días que me propongo repartir currículums o hacer algo, no me importa. Aunque lo parezca no estoy deprimido, ni sintiendo que mi vida no tiene sentido, ni arrepintiéndome de las decisiones que tomé. Pero se fue todo junto y ahora siento un enorme vacío que, como recién me despierto, me hace arrancar el día en negativo.
Siempre abro los ojos mirando para el mismo lado. Será por eso que la puse ahí. Y como tengo cama cucheta la ubiqué justo a la altura a la que la vería apenas despertar. Del lado opuesto a la pared gris adyacente a mi cama, encima del ropero, está su regalo. Parte del regalo de cumpleaños más lindo que me hicieron en la vida, y no tiene nada que ver con lo que costó.
Atrás de ella están mis ahorros. Esa es la excusa con la que puse el enorme cuadrado rojo ahí, haciendo como que tapa mi alcancía. Pero no, fue solo un motivo inocente para exhibirla, para verla todos los días al despertar. El cromático intenso, pasión, se corta en blanco, en Benedetti, en un felíz cumpledías, en dos personas sonriéndole a una cámara con el mar de fondo y buscando inmortalizar un momento que jugábamos que se iba a repetir a lo loco durante nuestras vidas por lo que, al menos para mí, no parecía tener sentido.
La bandeja roja de desayuno sigue ahí, firme, inamovible. Es imposible que se caiga, que desaparezca, si un humano no la mueve. Tenerla ahí es la materialización del desafío de todos los días de sonreir aunque las cosas no sonrían, por todo lo que pasó y te dejó donde estás.
Cada vez que la corro de lugar para sacar los ahorros pienso que sería muy fácil no volverla a poner. "Ya fue, no tiene sentido". Pero sí lo tiene, no quiero sacarla de ahí. Me gusta que esté ahí. En esta época en la que nuestro álbum de recuerdos lo ve todo el mundo y que por eso apenas se termina una relación se archivan o se borran todas las fotos y se hace como que las dos personas fueron extraños me encanta recordar todo lo hermoso de este último año con sólo ver un pedazo de madera pintado y un papel de fotografía.
Pareciera estar mal pulida, porque cada vez que abro los ojos y la veo ahí es como una astilla que se me clava en el alma. No quiero retroceder en el tiempo, no me arrepiento de las decisiones, pero extraño ser dos en uno. Me pregunto qué será de ella, supongo que estará enojada, imagino que me la cruzo y que no me saluda, la pienso siendo feliz y se enfrentan la alegría porque la quiero y la tristeza porque no es conmigo ni lo será.
Sigue ahí. Es el desafío de todas las mañanas. Me es imposible levantarme, sentarme en la cama y saltar al frío piso de cerámica si no paso por toda esta reflexión, si no la veo, no la contemplo.
La miro sonriendo. Me veo sonriente. Mi remera a rayas, sus gafas, mi falta de belleza para las fotos, sus brackets. Me veo ahí. Yo fui ese. Fui muy feliz, descubrí que podía serlo, no entiendo por qué no podría serlo ahora.
Enérgicamente me saqué las frazadas de encima, después le pedí a Belkis que se corra y luego me disculpé con ella por molestarla. Antes de dar un salto hacia el piso, me despido de la foto con una mirada. Ya en el aire una frase me da la bienvenida a un nuevo día.
Gracias por aparecer.
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